jueves, 30 de abril de 2015

obsolescencia programada

     La primera vez que oí esa expresión fue a través de la radio, hace ya bastantes años, en la voz de un psicoanalista argentino (no es broma). Pensé que se trataba de alguna milonga. Obsolescencia programada va más allá de una fecha de caducidad: me recuerda a Blade Runner, y en particular a la escena en que el replicante se presenta ante su creador, el 'dios de la biomecánica', a pedirle cuentas y exigirle un imposible rediseño. Es una escena con una tremenda carga dramática, pero también libertaria: el replicante no acepta su destino y se revela ante el gran ingeniero, el responsable de haber programado su existencia y su final, y, al ver que no hay salida, destruye a su creador. Romanticismo puro y duro. Pero, volviendo a la la realidad de ahora mismo, cabe preguntarse por el continuo acortamiento de los períodos de vigencia con que nacen nuestras creaciones, ya sea un teléfono móvil o un contrato de trabajo temporal. Mientras la vida se alarga, los fármacos caducan cada vez más pronto. Y la paciencia también. Ya no se sabe si el ordenador que compramos el año pasado va a resistir sin petar hasta después del verano o del librito que estamos escribiendo. Es verdad que todo en la vida es provisional y efímero, y no parece inteligente hacer planes a largo plazo. Aunque también cabe la pregunta acerca de lo que entendemos hoy por 'largo plazo'. Llegados a este punto, siempre me acuerdo de unos versos de Luis Rosales: "Tal vez es cierto y sin embargo es triste / que nuestro amor sólo puede durar mientras que dure un beso." Cuando leí ese poema -allá por los años 80-, bromeé diciéndome algo así como: "o sea, docenas de amores, miles de besos." Es una triste conclusión: todo está sometido a un plazo fijo, a un período de caducidad, a lo que dure un viaje, una banda sonora, una película. Cuanto más hermoso el viaje o más inolvidable la película, más triste su final. El hecho en sí mismo del final, aunque sea un final feliz, un happy end, es de una crueldad inaceptable. Pensar que hay sonrisas y miradas vivas que se perderán en el tiempo como... (mejor ni decirlo) es algo tan doloroso, tan cruel, que más vale ni insinuarlo. Frente a la obsolescencia programada en todos los órdenes de la vida, cabe la pregunta latente en Blade Runner: ¿alguien tenía derecho a crearnos... con fecha y hora de llegada y de salida, como trenes en la noche? No. No lo tenía. Pero aún así alguien nos creó, nos atribuyó un horario. Ya es tarde para no revelarnos. Para no desafiar al dios de la biomecánica, para no leer, no haber leído, el poema de Rosales. Tarde, tarde, tarde. De igual modo que al final de la película ¿Quién teme a Virginia Woolf? Liz Taylor dice aquello de "triste, triste, triste." Vale, de acuerdo, la suerte está echada, pero no nos resignamos, no nos resignamos...