viernes, 19 de diciembre de 2014

no se lo digas a nadie

     Tesoros escondidos, sirenas durmientes, silencios no escuchados, prodigios de la luz o momentos bajo la lluvia que suceden para nadie... Todo eso no alcanza ni siquiera una millonésima parte de cuanto permanece oculto bajo la capa invisible del secreto. Solo para reunir una mínima antología del secreto de confesión, habría que habilitar un nuevo Google multiplicado por sí mismo. YouTube quedaría colapsado con las imágenes de apenas dos noches de sueños que nadie reconocería como suyos. Los secretos del sumario, de los millones de sumarios no aclarados o sin resolver, requerirían de todos los jueces previstos en la Biblia para hacer frente al Juicio Final. Dicho de otro modo: si la Historia de la Humanidad pudiera reducirse a una gran enciclopedia, la Historia de los Secretos ocuparía bibliotecas enteras: sería el Archivo del Diablo. ¿Cuántas páginas requiere la confesión o el relato de un crimen deseado a conciencia aunque solo cometido en sueños? Cada uno de los individuos con los que nos cruzamos a diario, o coincidimos en el ascensor, en las escaleras mecánicas, el vagón del metro, la cola del supermercado..., cada uno de ellos es portador de decenas secretos. Y no todos previsibles ni veniales. De quien menos cabría esperar, resulta que tiene en su haber dos desfalcos y un estupro. O quien, valiéndose de malas artes, hizo cambiar un testamento a última hora, o cometió perjurio, con graves consecuencias y daños a terceros. Aunque tampoco falta entre esa multitud quien hace pequeñas donaciones anónimas a Médicos sin Fronteras, a Cáritas Diocesana, a Amnistía Internacional... Como soy mirón, con frecuencia aprovecho el viaje en autobús o en el metro para tratar de averiguar secretos bien guardados entre los silenciosos pasajeros. Es posible que a veces yo fantasee más de la cuenta, sí, pero hay rostros y actitudes que no pueden ocultar recién cometidos adulterios, mentiras en los labios, trampas en los naipes, odios que nadie se imagina. Hay pensamientos infames que, si uno se fija bien, discurren por la Línea 5 con absoluta naturalidad, como si desear con toda el alma la muerte de tu jefe o a la mujer de tu mejor amigo fuese algo perfectamente aceptado y soluble entre las estaciones de Núñez de Balboa y Alonso Martínez. Nadie sabe ni sospecha la cantidad de relatos que pueden desarrollarse entre dos estaciones. Hay tipos que cuando entran en el vagón y se cierran las puertas tras ellos no pueden reprimir una expresión de alivio inocultable, como si hubieran conseguido cruzar al fin la frontera y ponerse a salvo de los federales. Los comprendo bien, incluso en cierto modo me siento cómplice, o al menos encubridor de sus secretos y devaneos. No sé, pienso que debería existir un paraíso libre de culpa, exento de castigos, donde hallaran refugio los secretos que hombres y mujeres no revelaron ni revelarán jamás. Resultaría el espacio más deslumbrante que nadie pueda imaginar.
 

viernes, 12 de diciembre de 2014

del inconveniente de ser siempre el mismo

     A pesar de las variaciones que lucimos y de los intentos de ser otro, al final siempre aparece el mismo en el espejo. Hace dos semanas publiqué aquí todos para uno, un post en el que divagaba acerca de las muchas variantes que todos llevamos dentro. Pero esa es la cosa, que por dentro somos legión, sí, pero por fuera somos sin remedio el mismo tipo de todas las mañanas. Sobre este tema versó parte de la conversación del pasado sábado al mediodía, entre vinos y tapas, con mis cuates el doctor Layna y el editor Higuera, sabios ambos, sin duda, aunque también algo gamberros y alegremente pesimistas. Pues bien, sin el menor esfuerzo coincidimos los tres en el drama cotidiano y persistente que supone el no poder cambiar de envase, de contenedor, de careto. Podemos cambiar de ideas, de gustos, de trabajo, de ciudad o de país, de pareja o de amores imposibles -de equipo de fútbol no, de eso no se cambia ni queriendo-, pero de cara y de cuerpo... no hay modo de llevarse una sorpresa, al menos una sorpresa agradable. Qué pesado nos resulta ese tipo que somos una y otra vez, y otra, y otras mil, y las que vendrán, querámoslo o no. ¿Quién no ha soñado alguna vez con despertarse siendo otro? Otro, sí, aunque de peor corazón pero de mejor aspecto, o al menos diferente. Yo he hecho castings de modelos tantas veces para elegir a quien iba a ser mañana al despertar... Y lo peor no es esa imposibilidad del empeño, lo peor es que aún no he conseguido descartar del todo la loca y vana idea de mejorar a ojos vista un día de estos, cualquier día. Sé que carece de sentido, pero hay noches en que antes de quedarme dormido me dejo acariciar por una suerte de pluma o abanico leve, un vaivén que no es una idea ni un propósito sino algo parecido a eso que nos mueve un instante a comprar lotería o a querer creer unos minutos en la vida eterna. '¿Y si ello fuera posible?', me susurro entre las fumarolas del duermevela. Aun en esos momentos de conciencia difusa, sé que me estoy haciendo -o 'consintiendo', que es un verbo que me gusta mucho- alguna trampa en el solitario. Aunque he de admitir que a veces echo de menos la posibilidad de tener en el desván o en el trastero un retrato de Dorian Gray; y no solo para endosarle culpas y vicios, crímenes horrendos, excesos, perversiones, sino para estar más bello con cada perpetración; y cuanto más canalla, más guapo y más incólume. Pero ya vamos viendo que nada de eso parece posible, y que les fleurs du mal solo florecen -y cada vez menos- en nuestras ensoñaciones o insomnios. Somos pues virtuosos a nuestro pesar, virtuosos por aburrimiento, de tanto insistir en ser el mismo. Y eso es lo que nos lleva a fantasear de madrugada con la idea de que unas pocas pastillas y acaso un buen masaje obrarían el milagro de  rejuvenecernos, de mejorarnos, y reaparecer con el cuerpo gentil y la belleza de otro. Amén.  

viernes, 5 de diciembre de 2014

la casa

     Nunca me cansaré de decirlo: qué importante es una buena calefacción. La famosa frase pronunciada por Escarlata O'Hara puño en alto -"¡A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!"- debería ir siempre acompañada en nuestra conciencia de un 'nunca permitiré que el frío entre mi casa'. Y quien dice 'mi casa' está diciendo 'mi vida'. De qué distinta manera se afronta el porvenir cuando contamos con una casa no necesariamente grande ni lujosa pero sí acogedora y con buena calefacción. El bienestar es una conquista irrenunciable, y también un derecho de todos. Ya sé que estoy al borde mismo de la demagogia, pero no puedo negar que cada vez que oigo la palabra 'desahucio' siento algo semejante a un escalofrío. Pienso que todo el mundo tiene el derecho y el deber de protegerse del invierno, de los inviernos venideros, que cada vez serán más crudos, me temo. ¡Pero se siente uno tan bien acogido por la calefacción de esta casa! A partir de ahí se va creando el espacio de confort. Es sencillo. Consta de algunos elementos básicos que no encarecen demasiado la factura a fin de mes: una buena luz natural a cualquier hora; algunas lámparas no estridentes y bien distribuidas para crear una atmósfera favorable a la conversación de sobremesa, tras la cena, pero también al silencio de la lectura o a la música de Bach, de Satie, de Bill Evans. Tampoco han de faltar los lugares idóneos donde las plantas y las flores puedan aspirar la luz y sentirse a gusto. No hace falta insistir en la importancia del triángulo amoroso formado por libros-discos-películas. De ello se desprende la conveniencia de que el salón de la casa no solo sea silencioso sino que acoja un silencio de calidad donde los pensamientos y los deseos discurran sin obstáculos ni interrupciones. Y algo fundamental: una cama amplia y bien vestida con sábanas y almohadas a gusto del usuario, siempre orientada a favor de los sueños -ya sean estos confesables o no- y sobre un colchón firme de altas prestaciones con el que te lleves bien desde el primer día o noche. Se trata de que tu cama sea realmente, como decía el anuncio, "el lugar más importante del mundo". En definitiva, una cama que invite a las visitas a probarla; y que quien la pruebe se quede con ganas de volver. El color de las paredes, los cuadros que cuelgan en ellas, las fotos enmarcadas, las cortinas, los estores, las gruesas y mullidas toallas, las botellas de buen tinto joven o crianza... Todo eso habla más de nosotros que el propio currículum o que la declaración de la renta de los cinco últimos años. La casa de cada uno deber ser y estar siempre como para recibir a la mujer de nuestros sueños o al hombre de los tuyos. Es preciso pues pasar la mopa cada mañana, queridos, y tener la casa ventilada y en orden, por si a Marion o a Charlize o a Carmen o a Jennifer Connelly se les ocurre llamar a nuestra puerta. Porque, como dice La Biblia, "no está escrito el día ni la hora" en que ella pueda aparecer con toda su luz y la musicalidad de sus andares avanzando por el pasillo de tu casa...
  

viernes, 28 de noviembre de 2014

todos para uno

     Cuando me arreglo para ir al teatro o a una exposición soy alguien distinto a cuando lo hago para ir a comer con una amiga. Cada mañana, cuando me calzo las deportivas y salgo a caminar, no me parezco en nada a cuando voy al médico o a la cita con los amigos los sábados al mediodía. Dependiendo de cómo me vista, del lugar al que acuda y de la hora o la estación del año, actúo de diferentes maneras. Supongo que eso le ocurre a todo el mundo. Me pregunto cuántas variaciones, combinaciones, permutaciones son posibles en un mismo individuo. Quizá tantas como indumentarias permite su guardarropa. Tiendo a creer que cada hombre, mujer o anfibio constituye unas obras completas, un festival de cine. El problema surge cuando creemos haber elegido el trayecto adecuado y de pronto advertimos que vamos en dirección contraria a los deseos, y en lugar de estar viajando con destino a Chamartín -pongamos por caso- resulta que vamos camino de la estación de Atocha. O cuando en un arrebato de imprudencia temeraria creemos estar llamando a alguien del pasado y, tras unos segundos de emocionada espera, nos enteramos de que ese número no existe. Qué problema cuando nos cambian los tiempos o la numeración, cuando vamos camino de algo o de alguien y descubrimos de pronto que esa cita era para ayer a esta misma hora. O para el viernes de la semana que viene. Y en ese caso, llegado el momento, lo mejor será volver a vestirse uno exactamente igual que hoy, y repetirlo todo de igual manera, tratando de ser el mismo que fuimos hace una semana, aunque sea haciéndole trampas al solitario. Lo cierto es que tratamos de aparentar seguir siendo el de siempre, y a veces la simulación sale bastante bien. Nos imitamos a nosotros mismos, nos plagiamos incluso, para convencernos de que somos el que decimos ser, y no volvernos locos de remate. Pero en el fondo sabemos que el que despierta cada mañana ya es otro diferente del que apagó la luz anoche. La oscuridad, el sueño, los sueños... nos han transformado. Quizá por ese temor a ser otro, lo primero que hacemos al levantarnos es entrar en el cuarto de baño y mirarnos al espejo, no sin cierta desconfianza. Hacemos como si todo estuviera en orden y nada hubiera sucedido a lo largo de la noche, pero sabemos que el que se acostó ayer no es el que ha amanecido hoy en su lugar. Eso sí: la memoria pasa de uno a otro íntegramente. O casi. Cada uno se sucede a sí mismo día a día, pero ya siendo otro distinto al de la víspera. "Presentes sucesiones de difunto", escribió Quevedo en un soneto célebre. ¿Quién, tras varias semanas o días sin ver a la persona amada, no ha tenido la sensación en el reencuentro como de estar mirando o abrazando a otra persona, a alguien que se le parece mucho, sí, muchísimo, pero ya otra, otro? Es una sensación de extrañeza muy excitante. Quizá por ello -en parte al menos- los reencuentros suelen ser fogosos, festivos, pasionales, y tienen siempre un algo inaugural, así como de estreno, como de expectación ante una entrega de premios... Hoy he quedado a las 12 en el jardín del museo Thyssen. ¿Cómo habré de vestirme? ¿Quién quiero ser esta vez?



viernes, 21 de noviembre de 2014

por vos tengo la vida

      "Yo no nací sino para quereros", escribió Garcilaso en un soneto memorable, y ello me da pie a confesar que tampoco yo nací para otras proezas que no sean amar y ser amado, jugar, reír, soñar,  pasarlo bien en esta vida. No es por presumir, pero difícilmente encontraréis a alguien con mejor disposición para el ocio y los placeres. Si por mí fuera, aquí no habría obligaciones ni estrictas monogamias -tampoco monoandrias, qué bobada-, ni pecados ni penitencias; si de mí dependiera, esto sería un falansterio jubiloso, una fiesta continua o biblioteca de Alejandría abierta a todas horas, una juerga interminable en la que no habría lugar para el dolor ni la tristeza. Lo confieso, yo no nací sino para la broma y el juego y la verbena juvenil, los fuegos de artificio, los amores de verano, el vino rico y abundoso, en tributo a mi señor el dios Dionisos. Así las cosas, no es casual que cuando veo una película o escucho una canción en las que la felicidad o el placer parecen instalarse en el recorrido, me exalto, me dejo llevar por un fugaz arrebato y exclamo para mis adentros: '¡viva la vida loca y el martini rosso! Aun a sabiendas de que la canción dará paso al silencio, y es probable que la película no acabe tan bien como sería de desear. Pero mientras duran la canción feliz y las escenas más hermosas, el mundo está bien hecho por momentos. Y es en este punto cuando paso del Renacimiento al día de hoy. Aunque no es fácil pasar de los endecasílabos armoniosos a la fealdad definitiva que se ha instalado en el presente. ¿Cómo abandonar la Égloga III para ingresar en la primera página de los periódicos sin una buena dosis de analgésicos y tranquilizantes? Se habitúa uno a disfrutar de los placeres que nos depara la belleza, la elegancia, el swing, la mera contemplación de unos andares cadenciosos como el agua que fluye. Se habitúa uno a ello, sí, pese a que es un error en las actuales circunstancias, pues a la salida de los placeres no estamos en condiciones de hacer frente a la cochambrosa realidad. Pero la pregunta surge inevitable: ¿qué hacemos aquí y ahora con toda esta banda de estafadores y chulánganos que se han forrado impunemente, en buena medida favorecidos por nuestra pasividad o escasa beligerancia? ¿Qué hacemos con ello, frente a ellos? Visto lo visto, lo que ahora me apetece más que nada es dar un buen golpe y hallar refugio -como James Mason al final de Operación Cicerone- en algún país remoto sin tratado de extradición. Pero también pervive en mí algo antiguo y fuera de lugar que me incita a plantar cara a todo eso. Qué despropósito. Aunque quiero creer que los laboratorios suizos -¡en los que tengo tanta fe!- conseguirán sintetizar el principio activo que favorezca los estados de ánimo más proclives a la belleza y los placeres, a disfrutar del buen vivir, y hasta de un dulce buen morir, soñando con la película o mujer o endecasílabo que cada cual prefiera. Para entonces, dentro de muchísimos años y canciones, ya hablaremos de los mejores finales de película, y de esas miradas que por sí mismas indultan una vida, o invitan a empezar de nuevo. Miradas que cuando surgen hacen que suene Fly me too the moon, o algo así, para empezar la fiesta.    O para despedirla.    

Frank Sinatra - Fly Me To The Moon (Live 1964) - YouTube

viernes, 14 de noviembre de 2014

los objetos

     Los hay que casi no nos atrevemos ni a tocarlos. Son esos objetos que por algún motivo han ido adquiriendo la categoría de poco menos que sagrados. Puede ser un Omega de oro, heredado, que solo me he puesto una vez, en una boda en Venecia, o una cubertería de plata muy antigua que descansa desde siempre en el silencio de una caja de seguridad, en el banco, y que ni mis hermanos ni yo recordamos haber visto nunca. Aunque no hace falta ir tan lejos. En el armario alto del pasillo cuelga el pantalón negro incomparable que compré sin dudarlo un anochecer de invierno, hace 22 años, en una tienda de la calle Mayor de Madrid. Ese pantalón es tan perfecto y cálido, tan hecho a mi medida, con un tacto tan especial... que no me lo he puesto más de media docena de veces. En ocasiones, de tarde en tarde, abro ese armario y compruebo que sigue colgado ahí, vertical, irreprochable, de una pieza. Creo que llevo veinte años sin engordar ni perder cintura solo para seguir mereciendo ese pantalón. Cada uno se las arregla como puede. Pero también están esos otros objetos... intangibles, digamos. No necesito hacer memoria para estar viendo ahora, casi rozar con la yema de los dedos, el oro dormido en aquel vientre plano en la piscina -era el verano del 1980-, o la luz que se filtraba como una ensoñación entre los muslos de una bañista esbelta, o la mirada verde y deslumbrante de por vida que me miró entonces, cuando empezó todo. El temor a perder la memoria es equiparable al que pueda sentir el muy supersticioso ante la pérdida de su talismán; o mejor aún, al miedo del coleccionista que atesora valiosos relojes, plumas estilográficas, monedas antiguas... Cada uno de esos objetos de culto que todos conservamos tiene algo como de fuego robado a los dioses. Qué responsabilidad la nuestra: estamos obligados a que esos fuegos no se apaguen ni de día ni de noche. Porque, si se nos apagaran, además del frío que vendría, estaríamos perdidos en la oscuridad. Hay que permanecer pues alerta, y no consentir que los ladrones o el olvido se lleven la luz o el brillo de las cosas. En fin, dejemos eso ahora. Pero no hay tahúr que no se guarde un as en la manga para sacarlo al final de la partida. Allá va. En el mismo armario donde cuelga mi mejor pantalón descansa 'el chaleco de Espronceda': negro azabache parecido al terciopelo, romántico como el estuche del collar de una zarina, o como una pistola con cachas de nácar azuladas. Así es mi chaleco de Espronceda: 27 años de vida. Lo compré una mañana de sábado en una tienda del Barrio de Salamanca, junto con una gabardina amplia y desestructurada, así como de pintor años 30 en Montmartre. No sé qué fue de ella. Como tampoco sé qué fue de tantas otras cosas o momentos desaparecidos. ¿Adónde fueron? No me consuela el vacío que dejaron.Todo lo que fue, y lo que se fue, tiene que estar en algún sitio. O debería estarlo. Mira que es lástima. Nunca sabremos en qué momento se echaron a perder algunas cosas buenas o queridas.

viernes, 7 de noviembre de 2014

los abrazos

     Una amiga me cuenta que ha asistido a un concierto envidiable para solo 20 personas, aunque, eso sí, de mucha espiritualidad. Pero mi amiga me deslumbra con una revelación insospechada: uno de esos devotos melómanos imparte al parecer 'cursos sobre milagros'. Y es ahí donde se me han encendido todas las velas, todas las lámparas. Hay momentos de miedo y momentos de vuelo. Para poder volar es preciso vencer el miedo. Pero el miedo está por todas partes, nos acompaña como la propia sombra. Necesitamos que suceda un milagro para desprendernos de él durante unas horas o días, alguna vez semanas enteras. Al final de la película Hook, hay una frase reveladora: "Garfio tiene miedo al tiempo, al tiempo que se va." Es ahí  donde debe aparecer el milagro. Pero, mientras aparece o no aparece, ¿qué? Para responder a esa cuestión central, cada uno se las arregla como puede: hay quien recurre a Dios bendito, o al estudio de la Metafísica, al subidón de adrenalina en deportes de alto riesgo, o bien directamente a la botella de bourbon de Kentucky. Láudano, morfina, cocaína, opio, absenta, drogas de diseño, éxtasis... Casi todo está justificado (perdonado) frente al miedo. Y lo sabemos, aunque ya sea un poco tarde para algunas cosas. Está bien, seamos realistas por una vez y rebajemos el nivel de exigencia: pasemos pues de los milagros a los prodigios, y de los prodigios a los abrazos. A los meros abrazos: algo tan simple, tan elemental, como es el estrecharse con alguien cuerpo a cuerpo y cerrar los ojos. Son esos momentos en que la temperatura de uno pasa al otro, y viceversa, y el miedo de Garfio se interrumpe, se suspende, queda neutralizado. Pero, claro, si echamos cuentas, ¿cuántos abrazos se requieren para combatir el frío de una noche entera, o un despertar desapacible? Y luego está la variedad, la diversidad. ¿Cuántas maneras de abrazarnos o de ser abrazados? Vale, demos por bueno que cada hombre y mujer tienen su propia letra y firma, y también su manera de andar y sus huellas dactilares. Así las cosas, doy por hecho que los abrazos dados o recibidos han tenido siempre un estilo propio, un sello personal, son y fueron alivio para el desasosiego. Porque es verdad que los abrazos nos alivian de algo. Aunque los hay que abrasan; y también lo hay que al deshacerse duelen de por vida. Yo no sé. El desconsuelo requiere un abrazo muy concreto. Y el desamparo, también. Llegar a la amanecida, tras dos o más horas desvelado, está pidiendo a gritos mudos un abrazo de pies a cabeza. Quedarse uno dormido abrazado a un cuerpo cálido y fragante de mujer es un regalo de Afrodita, no siempre merecido. Todo cuanto sucede sin remedio, el tiempo que nos lleva, el brillo de un instante, la belleza que nos sale al paso y nos deja temblando... Toda esa calamidad solo se alivia mientras dura el abrazo. Es  hermosa la vida, no hay duda, casi un milagro. Pero, sí, es cierto: a veces Garfio tiene miedo, y necesita que lo abracen.