sábado, 25 de abril de 2015

premio Dardos

Confesiones de un mirón ha recibido el Premio Dardos 2015. Supongo que es el fruto de mis muchos sobornos, chantages y y corrupciones de diversa índole repartidos generosamente por la blogosfera. No digo que los medios empleados para su obtención hayan sido éticos, pero sí perfectamente legales. Todo un honor. Muchas gracias.




premio es otorgado en reconocimiento a valores personales, culturales, éticos y literarios que son transmitidos a través de una forma creativa y original mediante la escritura. La insignia fue creada con el afán de promover la hermandad entre bloggers, mostrar cariño y gratitud por añadir valor a la blogosfera”.
Normas

  1. Incluir la fotografía del premio.
  2. Mencionar y enlazar al blog que te lo otorga
  3. Entregar el galardón a otros blogs merecedores de nuestro reconocimiento.
El Blog del Amor, de María Rodríguez, me ha otorgado un premio Dardos 2015.  
El que yo propongo es: Entra caminante, y descansa..., de María Jesús Prieto.




viernes, 24 de abril de 2015

digamos que fue un sueño

     Mi mujer se levanta algunas mañanas con un gesto de reproche venial hacia mí, aunque enseguida suavizado por un asomo de sonrisa que le surge a su pesar. Conozco bien esa expresión: viene a decirme que en algún momento de la noche me he portado mal, que he sido 'malo' en sus sueños. Aunque, claro está, ella sabe que no soy responsable de los actos que haya podido cometer en su mente; si acaso, más bien sería yo quien podría pedirle explicaciones por hacerme aparecer en sus sueños sin mi consentimiento, pero, como soy tolerante y más bien tirando a generoso, siempre le perdono esas ensoñaciones en las que al parecer me comporto de manera inadecuada. Ahora bien, yo sospecho que cuando el río de los sueños suena... Dicho a la brava: creo que cada uno induce sueños a quien tiene más cerca o duerme a su lado. A ver si me explico. Es como si entre uno y otro se produjera una especie de transferencia de datos por bluetooth. No voy a entrar en detalles personales, pero ¿qué pasa cuando lo soñado desde un lado de la cama coincide a la mañana siguiente con un extraño bienestar en la otra parte? Observo su mirada a las 7.45 en el cuarto de baño y deduzco que hace un par de horas o menos he propiciado algo excepcional y no del todo confesable: ¿quizá un trío con... Marion? ¿O tal vez hemos tenido un encuentro con los Pitt en su mansión de Beverly Hills, en plan swingers? Es entonces cuando, a la salida de la ducha, admito: no te voy negar que esta noche lo he pasado bien con Angelina, pero reconoce que lo tuyo con Brad... tampoco ha estado nada mal. Y ahí se impone un silencio, un cruce de silencios de al menos cinco segundos. Luego van apareciendo en el espejo las primeras sonrisas del día. Compruebo una vez más que siempre que sale este tema me acuerdo de aquello que escribió Luis Cernuda: "¿quién gobierna en el reino de los sueños?" Nadie. Si acaso, son los propios sueños quienes gobiernan o desgobiernan nuestras vidas. Pero me gusta la idea de incidir en los sueños de otro. Y no digamos ya cuando lo que uno sueña coincide -aunque sea solo en parte o de pasada- con aquello que está sucediendo en el sueño de quien duerme a su lado... o a miles de kilómetros. Si en un gran mosaico de pantallas pudiéramos ver todo cuanto está siendo soñado simultáneamente en un minuto de la madrugada... Si pudiéramos mover miles de sueños y de plasmas como los naipes de la baraja, veríamos que lo recién soñado por una muchacha en Singapur aparecería de pronto a la orilla de otro sueño que está teniendo lugar ahora mismo en un ático de la Plaza de Olavide, por ejemplo, en pleno barrio de Chamberí. Hace años -imposible saber cuántos años- sonó en mis sueños el Adiós Nonino de Astor Piazzola, y en el propio sueño una joven preciosa lo estaba escuchando en Buenos Aires, y los dos acabamos bailando muy juntos, muy apretados, Adiós Nonino, a diez mil kms de distancia.   

 André Rieu - Adiós Nonino (Farewell father) - YouTube

viernes, 17 de abril de 2015

dime cómo andas...

     Los andares son la caligrafía del cuerpo. Dicho de otro modo, una manera de andar implica una manera de ser. Me gusta observar cómo camina cada uno: con timidez o despreocupación, con pesimismo, arrogancia, inseguridad, premura. Hay quien camina como volviendo la cabeza -sin volverla- por si alguien le estuviera siguiendo los pasos; también los hay que pasean tal que silbando por la vereda y dejándose ver muy a gusto; otros avanzan como si llevaran años cabalgando por el lejano Oeste, con los codos hacia fuera y las manos listas para desenfundar el colt 45. Padres que caminan como abuelos; madres como hijas; camareros como meteorólogos de televisión ante las cámaras. A veces me cruzo con individuos que parecen caminar como si pretendieran pasar desapercibidos, y así no levantar sospechas ni ser tomados por evasores fiscales. De ello se desprende la pregunta: ¿caminamos como somos... o como queremos hacer creer que somos? Hace unos días, concretamente el miércoles 8 de abril, a las 14.15, en el parking del Museo Reina Sofía, vi a un tipo que se dirigía hacia su coche con la determinación y el gesto inequívoco de un psicópata. Esta misma mañana, a la puerta del colegio de mi hijo, he visto a la madre de un alumno (se supone que era la madre) regresar sin prisa, con la cabeza levantada, los párpados con sueño y los andares de una cortesana de Shanghai hacia 1930. Qué maravilla. Sí, es verdad que hay andares que matan, como los de aquella Dragon Lady, en Bélver Yin, que "indolente caminaba entre toda la canalla de zapatos finos." Y qué decir de quienes van por la vida así como meciéndose del puente a la alameda, encantados de haberse conocido. Claro que también están quienes por su forma de moverse, de colocarse siempre de perfil, diríase que aspiran a convertirse en invisibles. En el extremo opuesto se sitúan los que lucen andares de banderillero legítimo, y también quienes caminan como influidos por la Pasarela Cibeles, sintiéndose el centro de todas las miradas. Ver andar a algunas mujeres, verlas venir, es quizá el mayor espectáculo del mundo, y ello -su musicalidad, sus maneras fluyentes- tiene alguna secreta relación con el vaivén de las olas y con el compás de las habaneras. En el vestíbulo de un hotel de Madrid -junto a la Plaza de Santa Ana- hay una pantalla de plasma donde una silueta de mujer camina incesantemente hacia el observador, pero sin dirigirse a ninguna parte, solo por el placer de dejarse mirar. Cada vez que paso por allí no puedo evitar detenerme un minuto -a veces dos- para darme el gusto de contemplar esa imagen en movimiento tan adictiva. Y mientras me dejo llevar por sus andares, me pregunto de quién habrá tomado el videoartista esa silueta que fluye como tocada por la gracia de un arcángel. No sé, quizá el Paraíso fuera eso: sentarse a la sombra del manzano y ver venir a Eva caminando... como la silueta de esa mujer en la pantalla de plasma.





viernes, 10 de abril de 2015

el tormento y el éxtasis

     Yo tuve un compañero muy vertiginoso en el primer departamento creativo del que formé parte. Utilizaba una táctica temeraria: dejaba pasar el tiempo mirando el humo del cigarrillo sin decidirse por ninguna línea creativa, sin acercarse siquiera a ninguna idea o concepto publicitario; casi que prefería, creo yo, que no se le ocurriera nada, para de ese modo llegar en blanco al momento dramático de los últimos minutos, previos a que sonara el gong. Y no hay cosa más humillante (y más temida) para un creativo de publicidad que presentarse con las manos vacías, sin nada que mostrar. Su táctica era semejante a la de aquella escena de Rebelde sin causa en que los alocados jóvenes arriesgaban la vida compitiendo por ver quién frenaba el coche más cerca del precipicio. Pues bien, mi compañero y amigo dejaba correr el reloj hasta casi el borde del abismo. Él era por igual la víctima y el verdugo, pues consentía en ponerse contra las cuerdas de la inminente presentación ante el director y los ejecutivos... para, de ese modo, ya casi desahuciado, entrar a la desesperada en una especie de ebullición, de trance, de rapto, de locura creativa. Le sudaban las manos, las frente, la nuca, la cabeza entera; se retorcía, apretaba las mandíbulas, rompía violentamente el folio con apenas media línea escrita, y luego otro, y otro, y otro más. Era desgarrador verle sufrir y mortificarse de ese modo. Y cuando todo parecía indicar que esta vez no se le iba a aparecer la Virgen..., pues resulta que en los últimos segundos de la cuenta atrás, cuando  más semejaba un condenado camino del cadalso, sucedía que garabateaba de un tirón unas cuantas palabras murmuradas entre dientes, soltaba el bolígrafo, agarraba el folio como si fuera una antorcha y, puesto repentinamente en pie, proclamaba, como desafiando al abismo: '¡¡¡Lo tengo, hostias, lo tengo!!!' Y sin saber qué demonios había escrito en ese papel arrugado, todos nosotros teníamos la certeza de que, una vez más, 'lo tenía'. La campaña estaba ahí, concentrada en dos líneas y media. Estábamos salvados. De milagro, pero salvados. O sea, el tormento y el éxtasis. Temerario, sí, y nada recomendable, lo sé, pero José Ignacio Morera, aunque al borde del abismo o del ataque de nervios, siempre llegaba in extremis con una idea potente, audaz, insospechada. Era un creativo de raza. Supongo que seguirá siéndolo. Todo esto viene al caso porque, salvando las distancias, yo he dejado pasar los días confiando en que antes o después la idea de este post se me posaría en el hombro, sin preocuparme por su tardanza ni por mi capacidad para desarrollarla de buena manera. Y al igual que los estudiantes perezosos recurren al rincón del vago, yo he confiado en esa cosa supuestamente romántica que llamamos 'inspiración'. Sí, la he esperado hasta casi el último minuto con una alegría despreocupada del todo improcedente. Y bien, en vista de que la inspiración ya no es lo que era, he tenido que recurrir a la memoria para salir del paso, y hacer de la necesidad virtud. O como se diga.



viernes, 3 de abril de 2015

el primer descapotable de la primavera

     Mi coche y el suyo coquetearon un par de minutos en la autopista. Sucedió el pasado domingo, volviendo hacia Madrid. La tarde estaba limpia, de primavera declarada. El tráfico era más que fluido a esa hora y se conducía muy a gusto contemplando el panorama mientras sonaban canciones de Melody Gardot. Una de esas veces en que el sentir fluye acompasado con la música y con la orografía del paisaje. Iba pensando yo -a la altura de Nava de la Asunción, Segovia- que momentos así inspiran a los buenos creativos campañas como la inolvidable ¿te gusta conducir? Todo se estaba poniendo de mi parte cuando... a menos de cien metros veo un descapotable plateado de los que alegran el paisaje con su brillo de estrellas fugaces. Me acerco a él, me pongo a su altura y echo una miradita a mi derecha. Y en efecto, tal como mandan los cánones publicitarios, esa rubia media melena al viento es la de una mujer con gafas de sol y unos... cuarenta años. Ella se percató de la jugada, claro está, pero no entró al juego ni insinuó el menor ademán de mirarme. Una sonrisa suya, un mero asomo de sonrisa, hubiera sido devastador. Pero no. Lejos de dejarse mirar y querer, el bello descapotable dio un sonoro acelerón de alto poderío y dejó a mi coche atrás, un tanto desairado. Ni siquiera hice intención de seguirlo. Ese deportivo era demasiado para mi discreto BMW diesel. Lo perdí de vista en un suspiro, sí, pero su fugaz aparición me llevó a fantasear con una de mis ensoñaciones favoritas: esas imágenes tan de primavera/verano con esbeltas modelos de larguísimas piernas y rojos labios entreabiertos, a bordo de automóviles último grito en cabriolet con el turbo rugiendo entre curvas por la costa amalfitana... mientras suenan canciones en varios idiomas de Pink Martini y ellas sonríen, también en varios idiomas. Estamos pues en terrazas muy blancas frente al mar de los anuncios: es el momento de los boleros y los daikiris. Se quedaría uno a vivir allí, con ellas, hasta bien entrado el otoño, que nos llevaría a pasar unos día de vino y rosas en La Toscana y varios más en La Riviera francesa, previos a la temporada de París y el final de año en Long Island, como el gran Gatsby. Y así estaban las cosas casi una hora después, cuando, ya cruzado el túnel del Guadarrama, ¿quién aparece unos metros más allá? Daré alguna pista: deportivo, descapotable, plateado... Qué sobresalto al verlo de pronto, tan aerodinámico, con sus formas redondeadas, su belleza envolvente... Un diseño inspirado, por así decirlo, en una síntesis de Cate Blanchett y Sofía Vergara. La plata y el fuego. La voluptuosidad y la esbeltez. ¿Cómo amar la belleza y quedarse uno impávido en un momento así, ante algo tan hermoso y tan efímero? Fue entonces cuando mi coche y el suyo -un Honda OSM definitivo- coquetearon un par de minutos o algo menos. Era como una coreografía improvisada, un paso a dos, un vaivén de adelantamientos y fugaces encuentros en paralelo, de alejarse para volverse a encontrar... Pero he de admitir que ella no me sonrió ni cosa semejante, aunque creo que en una de esas llegó a medio mirarme, así como de pasada. Supongo que debió pensar que ni yo ni mi coche teníamos suficiente nivel para seguir jugando. Y aceleró. Ahora bien, ¡cómo aceleró!, con qué mezcla de swing y de potencia inapelable, adelantando a tres de golpe y dejándonos a todos boquiabiertos. Eso sí, me quedé con su matrícula, por si acaso, para un posible novela.    


viernes, 27 de marzo de 2015

secreta sociedad

     Crear una secreta sociedad con quienes ocultan en Facebook su verdadero rostro, nombre, edad, estado civil... Estaría bien. Aunque ya sé que todos escondemos algo. ¿Quién no tiene un teléfono oculto, una afición no declarada, una fantasía inconfesable? ¿Quién no ha soñado alguna vez con ser por unas horas o días un infame y genial impostor? Pero ahora me refiero a quienes se presentan en las redes sociales bajo la cobertura de una máscara, un pseudónimo, puede que tras una biografía ficticia o parcialmente inventada. No puedo negar que me fascinan las falsificaciones de documentos o de esos modigliani que 'superan' el original. Me fascinan, sí, esas breves imposturas inocuas que por momentos mejoran nuestros sueños. Es cierto que el mundo se divide entre quienes son transparentes y fluyen sin esfuerzo como "el agua suelta" de Borges, y aquellos que para sobrevivir necesitamos de la sombra y las fragancias y los frutos terrenales de este mundo. Soy impuro, lo admito, y si no cultivo la envidia como una enredadera es más por pereza o falta de codicia que por méritos propios. Admiro, cómo no, la despejada línea recta sin obstáculos, pero adoro el arco de una bahía o de un deseo. Puestos a divagar, me atrevo a decir que la recta es virtud, aspiración, concepto, exigencia, disciplina; sin embargo la curva es el resultado de someter la línea recta y rauda a la influencia del tiempo y del espacio, de la temperatura, de la luz y la sombra, la humedad..., de todo eso que condiciona y modifica los hechos que suceden, los acontecimientos, las pequeñas cosas. Pero decía que hay o podría haber algo así como una secreta sociedad de internautas semiclandestinos, de enmascarados online a los que me encantaría invitar a una fiesta. ¿Por qué no a un baile de máscaras donde cada uno acudiera debidamente disfrazado, disfrazada, siendo a todos los efectos quien dice ser, con la tranquilidad de quien sabe que han sido borrados del disco duro todos sus antecedentes penales? En ese baile, cada cual rendiría cuentas solo de su máscara, de su brillante o mediocre interpretación. Y así las cosas, todos nos acercaríamos unos a otros en función de las afinidades estéticas o de otro tipo. Confieso que en esa fiesta de inspiración veneciana me pasaría la velada recorriendo el palazzo y saludando a unas y a otros, pero buscando sin cesar a la Marquesa de Meteuil, pues no en vano yo sería el Vizconde de Valmont de Las amistades peligrosas. ¡Ay, qué música barroca de Scarlatti, qué pelucas y casacas y lunares rococó! ¡Que deliciosos artificios de sedas y de flores, flirteos, coqueteos, minuetos, espejos, cornucopias! Y lo mejor de todo: tras las perpetraciones y los homenajes al divino marqués..., a la mañana siguiente todo seguiría igual en Facebook, y nadie ajeno al convite sabría nada de lo sucedido esa noche con Madame de Tourvel y compañía. Porque todos respetaríamos el pacto de silencio, las reglas no escritas de una secreta sociedad. O dicho de otro modo: Eyes wide shut.




viernes, 20 de marzo de 2015

¿cuándo apetece llorar?

     Apetece llorar cuando el aeroplano sobrevuela el desierto y el viento esparce o desordena el cabello de Kristin Scott Thomas. Apetece llorar -aunque ya sea un tópico- al final de Los puentes de Madison, cuando, tras una eternidad de espera mirando por el retrovisor, el semáforo en rojo da paso al verde, y con ello la vida continúa y se desvanecen todas nuestras esperanzas. Dan ganas de llorar muy a gusto, junto al whisky, cuando suena alguna canción de Billie Holiday, como esta que ahora está sonando, por ejemplo. También apetecía entonces, cuando llevábamos toda la tarde esperándolo y se hacía de noche, y el teléfono, lejos de sonar, daba la callada por respuesta. Apetece llorar en silencio y en calma tras repasar de memoria algún poema bien irónico, triste, de Jaime Gil de Biedma. La belleza irrebatible de Ava Gardner, ya madura, en ciertas escenas de La noche de la iguana, me emociona sin remedio. Cuando me río mucho con Cary Grant y Katharine Hepburn en La fiera de mi niña... acabo casi llorando de risa. También me sucedió eso mismo en algunas páginas de La vida exagerada de Martín Romaña. Ver cada mañana cómo se hace mayor mi hijo el pequeño... me obliga a un serio esfuerzo para no decirle: 'te prohíbo que sigas creciendo'. Escuchar At seventeen (Janin Ian) o Vincent (Don Mclean), o incluso la almibarada Honey  (Bobby Goldsboro), o Para vivir (Milanés), me pone un brillo líquido en los ojos. En La edad de la inocencia hay una escena que más que hacerme llorar me rompe el corazón: es cuando, treinta años después, Archer viaja de Nueva York a París para reencontrarse al fin con el amor imposible de su juventud, la maravillosa Ellen Olenska (Michelle Pfeiffer); todo va perfecto hasta que en el momento decisivo, el momento con el que ha estado soñando durante más de media vida, Archer se queda mirando desde la calle la ventana iluminada de madame Olenska y..., finalmente, renuncia a subir. Me mata esa escena. Entiendo a Archer -claro que lo entiendo-, pero no le perdonaré nunca esa renuncia. Llegados a este punto, quizá habría que distinguir entre lo que nos hace llorar y lo que hace que nos apetezca llorar, que no es exactamente lo mismo. Pero no voy a enredarme ahora en ese asunto: no dispongo aquí del espacio necesario, ni quizá de la necesaria finezza, para adentrarme en semejantes floristerías. A cambio, siempre tengo a mano recursos de tahúr con oficio, como pueda ser la memoria de viejas canciones. Probemos a ver si esta funciona: "...como un ladrón / te acechan detrás de la puerta, / te tienen tan / a su merced / como a hojas muertas / que el viento arrastra allá o aquí, / que nos sonríen triste y / nos hacen que... / lloremos cuando nadie nos ve." Vale, bien, aceptemos que a veces una pequeña lágrima es la única alternativa a la tristeza.

Billie Holiday - I'm a Fool to Want You (subtítulos en español) - YouTube