viernes, 27 de febrero de 2015

loco por ella

     Se arregla para salir cada día como si al cruzar la calle o al volver una esquina pudiera encontrarse por sorpresa con la mujer de sus sueños, el amor imposible con quien solamente una vez... Él sabe que ese encuentro anhelado es más que improbable que se produzca. ¿Que cantidad de coincidencias y azares -se dice ante el espejo, mientras se acicala despacio- tendrían que producirse para que dos personas en una ciudad de cuatro millones de habitantes coincidan el mismo día en el mismo punto y a la misma hora? Y eso en el supuesto de que ella viva actualmente en la misma ciudad que él, o que venga de vez en cuando a pasar unos días, a asistir a algún evento... Pese a ello, él no sale de casa sin haberle dedicado antes una hora a su aseo y cuidado personal, así como no pocos minutos a elegir minuciosamente camisa, pantalón, zapatos, jersey o americana, abrigo y bufanda en invierno. No, Ginés Barbadillo no sale jamás sin antes haberse dado el exigente visto bueno ante el espejo, pues se aferra a la posibilidad, aunque remota, de que ella, Coral 22 -que habrá cumplido ya los 36-, se encuentre en la ciudad, y nunca puede uno descartar que un ángel vestido de Armani se le aparezca incluso al más descreído de los mortales, se dice a sí mismo. Pero eso sucede no sin antes haber dejado su casa tal como él imagina que hoy, catorce años después de aquella noche, le gustaría encontrársela a Coral. Y ello exige no solo limpieza y orden, también buen ambiente, una luz acogedora, el vino de crianza a su temperatura idónea, el mejor juego de toallas en el cuarto de baño, las velas aromáticas, las sábanas limpias y como recién planchadas. Todo eso y más lo deja dispuesto Ginés antes de arreglarse para salir cada anochecer. Y así vienen siendo las cosas durante los últimos catorce años. Catorce años de fidelidad al recuerdo de alguien con quien apenas pasó veinticuatro horas. Es casi seguro que Ginés no encontrará a Coral, pero él ya no puede ni sabe renunciar a esa esperanza remota, esa quimera: ella es su razón de ser, su camino de perfección (después de haberlo sido de perdición). Gines ya solo va al cine para ver las películas que, según cree, le gustarían a Coral; solo escucha la música que podría gustarle a Coral; ha aprendido a leer y a mirarlo todo a través de los ojos de Coral. Nunca se sabe, pero tampoco podemos descartar que uno de estos años, cuando haya perdido la cabeza definitivamente, Gines descubra de pronto ante el espejo que se ha convertido en... en la mujer de su vida, en Coral 22. Y ahora sí, mientras suenan las Variaciones Goldberg, se pintará de noir la línea de los ojos, estrenará ropa interior de Women'Secret y saldrá de casa con determinación y altos tacones en busca de Ginés Barbadillo.

Jacques Loussier - Variaciones Goldberg, Jazz (Var. 1-9) - YouTube

viernes, 20 de febrero de 2015

vivir para ver

     A esa hora de la tarde los termómetros marcaban cero grados en la calle Goya de Madrid y los escaparates de las tiendas de moda exhibían sin compasión a los ateridos maniquíes luciendo a contratiempo las colecciones de primavera/verano. Daba grima ver a esas criaturas de interminables piernas y figura andrógina apenas vestidas con unas blusas livianas y poco más, y ello sucedía coincidiendo con la ola de frío más cruda de los últimos inviernos. Días como ese invitan a comprar bufandas, guantes, gorros de lana, castañas asadas, prendas de abrigo, pero nunca muselinas y pareos. Semejante discordancia entre climatología y moda tiene algo de crueldad, o de sadomasoquismo, y suscita en el caballero andante de las aceras la loca idea -como en aquella canción de Serrat- de romper la luna del escaparate y llevarse a una de esas pobres chicas a casa, arropada bajo el propio abrigo (pero ahí empezaría otra historia, puede que el inicio de un relato). Otras veces son las diez de la mañana y, aunque luce un sol de primavera, las farolas de la calle siguen encendidas. Es una sensación extraña. ¿Qué hacer con esa luz superflua tan fuera de lugar, ese excedente sin motivo que ni alumbra ni decora ni cumple función alguna? Aunque la naturaleza tampoco está libre de pecado y tiene sus desarreglos. Por ejemplo, ¿qué demonios hace la Luna en todo lo alto ya bien entrado el día, tal como sucede a veces? Es algo semejante a ese trasnochador que a media mañana te lo encuentras en un banco de la plaza o del parque, fumando despacio, ajeno a todo afán, con una sonrisa floja de efecto retardado; esa sonrisa puede proceder por igual de una despedida de soltero que ha durado 24 horas... o de una timba en la que su dueño ha perdido al póker hasta la corbata. Nada nos desconcierta tanto como aquello que está fuera de lugar, que aparece a destiempo donde nadie lo espera. Es como si la realidad nos mintiera con verdades. ¿Qué hacemos con esas piezas de más que no encajan, que no nos encajan? ¿Cómo hacer soluble o al menos navegable un arrepentimiento? A menudo nos salen al paso cosas y hechos, vestigios, como restos de naufragio de otro tiempo, de otras latitudes, que nos interrumpen y nos desconciertan, y sin embargo hay belleza en esas apariciones súbitas, insospechadas. Todo aquello que excede, que aparece como recién llegado de otro mundo, de otros mundos, tiene un sesgo de belleza, acaso inmerecida, sí, pero cierta. "Escribir, por ejemplo, la noche está estrellada y titilan azules..." Ya sé que es un lugar común, un recurso fácil para poetas en declive o blogueros perezosos, pero esa luz que nos conmueve en la alta noche es probable que proceda de astros apagados hace siglos... O la semana pasada. Sin embargo, aunque llegue con demora o a destiempo, esa luz no es ilusoria: es verdadera luz de estrellas que ardieron en silencio para nadie, como las pasiones sin objeto. No, para nadie no: ardieron para que miles de años después lo vieran nuestros ojos. Y brillaran un instante. Vivir para ver.

viernes, 13 de febrero de 2015

¿cuántos amores caben en una vida?

     Ya sé que esa pregunta es semejante a la de los escolásticos acerca de los ángeles que caben en la punta de un alfiler. Recientemente, en la presentación de su último libro, Gustavo Martín Garzo citaba una vez más Las mil y una noches: "toda la verdad no cabe en un solo sueño." No hay duda de que eso es cierto, y también lo es que hay amores más grandes que la propia vida. ¿Quién no ha sufrido alguno de esos amores excesivos que todo lo desbordan como una pesadilla recurrente? Por supuesto que nadie le disputa el trono al gran amor; sin embargo, el amor grande es generoso y arbitrario, como un dios, y consiente los pequeños amores de entretiempo. Vuelve uno a casa al final día y en un paso de cebra se produce algo imprevisto que le quita el sueño. ¿Para qué dormir pudiendo soñar? Entre el verde y el rojo, el ámbar está siempre dispuesto a acoger algún secreto improbable que se quede a vivir entre dos parpadeos. Por ejemplo, una mirada en el metro desde el asiento de enfrente; una llamada telefónica que se produce por error o por sorpresa; una desconocida que se hace tu amiga íntima en el facebook; la invitación a un evento donde conoces a alguien; un día tonto a cualquier hora, en cualquier sitio; una fisioterapeuta que te descontractura el alma; esa copa de más que te lleva a decirle a la camarera: 'una mirada tuya bastaría para sanarme'. Dicho de otro modo: si acudiéramos a todas las posibles historias o episodios amorosos, ¿cuántos días y noches de más necesitaríamos cada semana? ¿Cuántos complejos vitamínicos, ginseng y jalea real, por no decir viagra, levitra o cialis? Si nos dejáramos llevar, podríamos vivir ocho o diez amores al mismo tiempo, y perder así la cabeza definitivamente. En ese sentido, bastaría con repasar nuestra lista de 'contactos' en el móvil para hacer un cálculo de posibles relatos (o microrrelatos) amorosos. Ese sería un magnífico experimento para una investigación acerca de la naturaleza humana y sus límites. No sé. Me faltan conocimientos y experiencia, pero puede que fuese más fácil simultanear siete amantes que dos. Porque con dos amores a la vez te vuelves esquizoide, sí, pero a partir de tres... ya es pura filantropía. Siempre he tenido la duda -aunque yo sea un monógamo irreductible- acerca de si la poligamia y la poliandria deberían subvencionarse, al igual que la creación de empleo o el apoyo a la biodiversidad. Recuerdo ahora un eslogan que escuché en un documental sobre Berlín: "la ciudad con más museos que días de lluvia." Pues bien, aprovechando el Pisuerga, ¿cuántos amores surgen a lo ancho de una tarde de lluvia en la gran ciudad? Si ello pudiera visualizarse mediante rayos láser que se encienden y entrecruzan, veríamos un gran espectáculo de luz y color. Horas después, ya de madrugada, se haría el silencio en la oscuridad. Pero siempre quedarían las luces de los insomnes, los amores de guardia, los after hours... La ciudad nunca duerme.

viernes, 6 de febrero de 2015

roba algo para mí

     Nada es ya lo mismo cuando alguien ha pasado por allí. La mera presencia, el leve roce de un mano, transforman lo que había, alteran el estado de las cosas. Si alguien se asoma a un espejo un instante, ya nunca será el mismo espejo que un segundo antes de que esa mirada sucediera. Una mirada modifica siempre lo mirado, y se lleva algo al retirarse, pero también deja algo suyo. Quizá por eso las obras de arte que han sido muy observadas adquieren algo con el tiempo que parece como incorporado; aunque también percibimos en ellas la sensación de que hubieran sido erosionadas por millones de ojos. A ver cómo lo digo. Una mirada que se demora en lo mirado, es una caricia, sí, pero también tiene un sesgo como de apoderamiento, es posible que de apropiación indebida. Está comprobado que cuando volvemos de un viaje traemos en la expresión algo intangible que antes no teníamos. En esos casos, siempre hay quien se nos queda mirando unos segundos y no acierta a decir lo que ve, pero no puede negarse que ha visto algo que antes no estaba ahí. Nadie cruza la bahía de Estambul sin que algo indeleble se le quede en la mirada de por vida. Nadie sale del cine igual que entró, tras haber visto Encadenados, Sed de mal, Breve encuentro, El hombre tranquilo, Blade runner... Eso en el supuesto de que quedaran cines donde poder ver estas películas y otras semejantes. Pero no quiero distraerme. Decía, o iba a decir, que el viajero es un ladrón de joyas que luego regala a quien se las merece. Tengo una amiga a la que, cuando va a hacer algún viaje, le digo: 'roba algo para mi'. Ella sabe a lo que me refiero. A menudo se trata de cosas mínimas, apenas entrevistas, unos pocos segundos de contemplación o asombro. Qué sé yo... Una mujer leopardo caminando con swing por Madison Aveneu; un reflejo de oro candente arrancado a la cúpula de San Marco; un graffiti sutil o misterioso; algo que apenas sucedió durante un paso de cebra o ante un cuadro de Rothko, de Caravaggio... Esas cosas. Y eso es lo que traemos en los ojos y en las yemas de los dedos tras un paseo por el bosque. Y a propósito de miradas: hará como ¿25 años? triunfaba en el Teatro Español que dirigía Miguel Narros la obra de O'Neill Largo viaje hacia la noche, con Alberto Closas y Margarita Lozano. Pues bien, aquella noche, en un pequeño bar de copas cercano al Español, coincidí, a unos pocos metros de distancia, con la gran Margarita Lozano, rodeada de jóvenes faranduleros. Yo miraba su rostro amplio y despejado como quien mira un paisaje. De pronto, su mirada y la mía se encontraron. Dos, tres, cuatro segundos... Suficientes para no olvidarlo nunca. Aquella mujer de belleza madura y pelo gris recogido  me miró a los ojos con el color de la madera y de los muchos otoños vividos por ella en La Toscana. Así fue, o así recuerdo, aquella mirada cálida, acaso algo irónica, que me acogió durante unos segundos para siempre.
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viernes, 30 de enero de 2015

impostoreando

     También yo me he sentido un impostor. Durante mucho tiempo viví con el temor de ser descubierto en mi impostura, de que cualquier día me iban a pillar y todo saltaría por los aires. Veamos. Aquel verano del ¿83? empecé a trabajar, no muy en serio y solo por dos meses, en el departamento creativo de una agencia de publicidad que dirigía un amigo mío. Yo no tenía entonces la menor idea ni fundamento alguno de publicidad o marketing, aunque en principio solo se trataba de redactar pequeños textos y poco más. Pero llegó septiembre y me dijeron 'quédate con nosotros; te hacemos contrato: cien mil al mes'. Y ahí empezó todo. Cada lunes, al salir de casa me decía: 'no llego al viernes; esta vez me pillan.' Entraba en la agencia cada mañana como quien se ha colado sin pagar en el metro. Sin embargo, pasaban las semanas, los meses, llegó la primavera y, al parecer, solo yo me daba cuenta de la impostura. No había transcurrido un año y se me confirma en el puesto, incluso con subida de sueldo. Pero todo eso no hacía sino empeorar las cosas: más dura iba a ser la caída cuando se descubriera la verdad, o sea, la mentira: que yo no era ni creativo ni publicitario ni cosa semejante. Tres, cinco, diez años después seguía temiéndome que en la siguiente campaña iba a quedarme en blanco: al fin me iban a descubrir. Qué ridículo para mi currículo. Y así estaban las cosas hasta que un buen día hice el gran descubrimiento de mi vida: que contra lo que se nos ha dicho y hemos creído, el hábito sí hace al monje. Ahora, tantos años después, lo confirmo aquí: sí, el hábito hace al monje. En consecuencia, el impostor deja de serlo con el tiempo, y uno acaba siendo lo que fingía ser; todo es cuestión de insistir, de persistir. Aun así, hay algo por ahí que ronronea de vez en cuando en relación con el ser y el no ser. Durante décadas yo tuve un sueño recurrente: soñaba que me hacía pasar por torero, nada menos, incluso presumía de haber cortado orejas en Quito, en Cali, en Bogotá... Tan convincente resultaba mi relato que de buenas a primeras me veía vestido de luces en Las Ventas. Aquella tarde de mis sueños, el paseíllo lo hacía con seriedad torera, y el despliegue del capote... desmayao, con las manos bajas, el compás abierto, como quien acaba de llegar del barrio Santiago de Jerez o de El Puerto de Santa María. Pero a partir de ahí daba comienzo un espanto: tras el burladero de matadores, yo mordía la esclavina del capote por última vez en mi vida. Iba a morir sin remedio, claro está; pero no era eso lo peor: lo más terrible era que toda la afición de Las Ventas iba a descubrir que yo no era torero ni nada que se le parezca: era un impostor vestido de luces. No quiero ni acordarme de aquel morlaco negro azabache, corniveleto, astifino, saliendo como un huracán por la puerta de toriles... En fin, que si es cierto eso de que "los amores que matan nunca mueren", también lo es que en la mentira (cuando es buena) hay mucha verdad, y que en el infierno, si llegas al fondo y giras a la izquierda, es posible que encuentres la entrada al paraíso.  


viernes, 23 de enero de 2015

ni nos despedimos

     Un amigo poeta y de Valladolid, Luis Santana, tiene una novela bien traída que se lee muy a gusto: Al final ni nos despedimos. Por otro lado, una amiga que vive en Roma y a la que quiero bastante, me escribe un correo que empieza diciendo: "Qué forma más fea de despedirnos. Bueno, más que fea inexistente." Doy a 'responder' y escribo: "Lo bueno de no despedirse es que todo continúa como si nada." Y a partir de ahí me dejo llevar por un tobogán de imágenes y palabras que tienen más que ver con el cine y la literatura que con la amistad de carne y hueso. Pero de ello no me doy cuenta hasta varias líneas después. En ellas le confieso a mi amiga que yo no soy bueno despidiéndome, que en esos momentos suelo quedarme titubeante, sin saber bien qué decir, porque mis adioses siempre me suenan poco creíbles, como si estuviera reproduciendo un guión recurrente y mal memorizado. Sucede que en el instante de despedirme de alguien... es como si pasara o se interpusiera un tren. Ya sé que esta es una imagen muy cinematográfica, y más bien antigua, como de viejos inviernos y estaciones con niebla en las que una megafonía sucia anuncia que el expreso Madrid-Irún-Hendaya, estacionado en vía 1, andén primero, va a efectuar su salida. Y ahí el mundo se divide en dos hemisferios: el despedido y el que despide; el que se sube al tren y el que dice adiós con la mano desde el frío... Bueno, pues así estaban las cosas en la sexta línea de gmail cuando decidí que no podía seguir literaturizando a costa de una buena amiga, ya casi mezzo-romana, que no se merece todo ese trasiego sombrío y ferroviario de llegadas y salidas, maletas y paraguas, pasajeros anónimos. Pero lo cierto es que, literaturas aparte, yo no manejo bien el registro de las despedidas, y en esos momentos de torpeza y balbuceo, a menudo percibo una especie de zozobra que me lleva a callar. Y entonces, tratando de hacer de la necesidad virtud, me limito a mirar como pidiendo perdón. Perdón por todo lo no dicho en el último momento; por los pequeños actos no cometidos; por lo que queda en suspenso y dificulta el discurrir del aire o de las agujas del reloj. Ahora entiendo que en cada despedida hay una solicitud no declarada de perdón. Y ya de paso, en cada perdón un intento de alegría incipiente, algo semejante a este "no me quites tu risa porque me moriría" que ahora está sonando por tercera o cuarta vez. De acuerdo que todo el recorrido no ha sido sino la pausa que se toma el expreso del norte entre dos párrafos, las palabras necesarias para alargar el viaje y retrasar así la despedida. Vale, bien, admito que al final ni nos despedimos, ¿pero qué tal si renunciamos a despedirnos para siempre? De acuerdo que es una propuesta demagógica, interesada, pero ¿y si a partir de ahora celebramos solo los reencuentros, los momentos en que alguien aparece de pronto y ríe con esa risa recién llegada, "como una espada fresca en las horas oscuras"? Que así sea.

viernes, 16 de enero de 2015

la herida del tiempo

     Como decía la gran Linda Evangelista en el anuncio de Aura, el perfume de Loewe, "lo tienesss... o no lo tienesss." Pues bien, con la herida del tiempo pasa algo parecido, aunque no es ningún privilegio, ni nada de lo que pueda uno presumir o alardear: es una desgracia que, cuando se tiene, se tiene para siempre. La mayor parte del tiempo, claro está, esa herida se encuentra en estado... digamos que durmiente; lo contrario sería del todo insufrible, enloquecedor, y no habría quien lo soportara. Pero el hecho de que permanezca silente o adormecida no es más que una estrategia, la pausa que se toma para dejarnos respirar y reaparecer con dolor, ese dolor antiguo y conocido. Cualquier disculpa le vale a la herida del tiempo. A veces se sirve de algo tan inocente o rutinario como pueda ser retirar los adornos navideños, las bolas del árbol, las figuritas del belén. Y de pronto, ay, reaparece, reaparece... Es esa marea que invade, que inunda por dentro, y como que nos faltara el aire. Guardar en las cajas el espumillón, la vaca y la mula, los tres Reyes Magos, los Papá Noel, etc, reabre por sorpresa la herida del tiempo, y es entonces cuando uno necesita tener a alguien cerca, muy cerca, a quien abrazar; o mejor dicho: a quien abrazarse. El abrazo alivia, sí, es un consuelo. Ese abrazarnos en silencio a la mujer amada, a la persona amada, es el único consuelo que conozco para esos momentos (y también para otros). Pero la pregunta surge inevitable: ¿por qué nos pasa esto a algunos? ¿Por qué a unos sí y a otros no, o no de igual modo ni con la misma intensidad? Disponemos de unidades de medida, de peso, temperatura, densidad, potencia, velocidad, etc, pero ¿cómo se mide o calcula la angustia, el aire que nos falta, esa marea, esa cosa para la que no tenemos nombre, o al menos yo no sé cómo nombrar? No recuerdo ahora quién decía que las cuestiones graves o dramáticas funcionan mejor en clave de comedia. Quizá por eso siempre me pareció un hallazgo, un acierto definitivo, que Enrique Morente vertiera en tangos (ese palo flamenco tan festero y gaditano, tan rico de compás) su terrible "Aaay, mi vida, / que se me va, /que se me vaaa..." Aunque, bien mirado, es posible que toda esta desgracia, esta calamidad doliente, sea la contrafigura o el peaje a pagar por esos otros momentos de inmerecido júbilo, por la emoción veraz, la carcajada indómita, los instantes de placer que el amor nos depara. No, no me da miedo la tristeza: me da miedo lo que viene después.