viernes, 14 de noviembre de 2014

los objetos

     Los hay que casi no nos atrevemos ni a tocarlos. Son esos objetos que por algún motivo han ido adquiriendo la categoría de poco menos que sagrados. Puede ser un Omega de oro, heredado, que solo me he puesto una vez, en una boda en Venecia, o una cubertería de plata muy antigua que descansa desde siempre en el silencio de una caja de seguridad, en el banco, y que ni mis hermanos ni yo recordamos haber visto nunca. Aunque no hace falta ir tan lejos. En el armario alto del pasillo cuelga el pantalón negro incomparable que compré sin dudarlo un anochecer de invierno, hace 22 años, en una tienda de la calle Mayor de Madrid. Ese pantalón es tan perfecto y cálido, tan hecho a mi medida, con un tacto tan especial... que no me lo he puesto más de media docena de veces. En ocasiones, de tarde en tarde, abro ese armario y compruebo que sigue colgado ahí, vertical, irreprochable, de una pieza. Creo que llevo veinte años sin engordar ni perder cintura solo para seguir mereciendo ese pantalón. Cada uno se las arregla como puede. Pero también están esos otros objetos... intangibles, digamos. No necesito hacer memoria para estar viendo ahora, casi rozar con la yema de los dedos, el oro dormido en aquel vientre plano en la piscina -era el verano del 1980-, o la luz que se filtraba como una ensoñación entre los muslos de una bañista esbelta, o la mirada verde y deslumbrante de por vida que me miró entonces, cuando empezó todo. El temor a perder la memoria es equiparable al que pueda sentir el muy supersticioso ante la pérdida de su talismán; o mejor aún, al miedo del coleccionista que atesora valiosos relojes, plumas estilográficas, monedas antiguas... Cada uno de esos objetos de culto que todos conservamos tiene algo como de fuego robado a los dioses. Qué responsabilidad la nuestra: estamos obligados a que esos fuegos no se apaguen ni de día ni de noche. Porque, si se nos apagaran, además del frío que vendría, estaríamos perdidos en la oscuridad. Hay que permanecer pues alerta, y no consentir que los ladrones o el olvido se lleven la luz o el brillo de las cosas. En fin, dejemos eso ahora. Pero no hay tahúr que no se guarde un as en la manga para sacarlo al final de la partida. Allá va. En el mismo armario donde cuelga mi mejor pantalón descansa 'el chaleco de Espronceda': negro azabache parecido al terciopelo, romántico como el estuche del collar de una zarina, o como una pistola con cachas de nácar azuladas. Así es mi chaleco de Espronceda: 27 años de vida. Lo compré una mañana de sábado en una tienda del Barrio de Salamanca, junto con una gabardina amplia y desestructurada, así como de pintor años 30 en Montmartre. No sé qué fue de ella. Como tampoco sé qué fue de tantas otras cosas o momentos desaparecidos. ¿Adónde fueron? No me consuela el vacío que dejaron.Todo lo que fue, y lo que se fue, tiene que estar en algún sitio. O debería estarlo. Mira que es lástima. Nunca sabremos en qué momento se echaron a perder algunas cosas buenas o queridas.

viernes, 7 de noviembre de 2014

los abrazos

     Una amiga me cuenta que ha asistido a un concierto envidiable para solo 20 personas, aunque, eso sí, de mucha espiritualidad. Pero mi amiga me deslumbra con una revelación insospechada: uno de esos devotos melómanos imparte al parecer 'cursos sobre milagros'. Y es ahí donde se me han encendido todas las velas, todas las lámparas. Hay momentos de miedo y momentos de vuelo. Para poder volar es preciso vencer el miedo. Pero el miedo está por todas partes, nos acompaña como la propia sombra. Necesitamos que suceda un milagro para desprendernos de él durante unas horas o días, alguna vez semanas enteras. Al final de la película Hook, hay una frase reveladora: "Garfio tiene miedo al tiempo, al tiempo que se va." Es ahí  donde debe aparecer el milagro. Pero, mientras aparece o no aparece, ¿qué? Para responder a esa cuestión central, cada uno se las arregla como puede: hay quien recurre a Dios bendito, o al estudio de la Metafísica, al subidón de adrenalina en deportes de alto riesgo, o bien directamente a la botella de bourbon de Kentucky. Láudano, morfina, cocaína, opio, absenta, drogas de diseño, éxtasis... Casi todo está justificado (perdonado) frente al miedo. Y lo sabemos, aunque ya sea un poco tarde para algunas cosas. Está bien, seamos realistas por una vez y rebajemos el nivel de exigencia: pasemos pues de los milagros a los prodigios, y de los prodigios a los abrazos. A los meros abrazos: algo tan simple, tan elemental, como es el estrecharse con alguien cuerpo a cuerpo y cerrar los ojos. Son esos momentos en que la temperatura de uno pasa al otro, y viceversa, y el miedo de Garfio se interrumpe, se suspende, queda neutralizado. Pero, claro, si echamos cuentas, ¿cuántos abrazos se requieren para combatir el frío de una noche entera, o un despertar desapacible? Y luego está la variedad, la diversidad. ¿Cuántas maneras de abrazarnos o de ser abrazados? Vale, demos por bueno que cada hombre y mujer tienen su propia letra y firma, y también su manera de andar y sus huellas dactilares. Así las cosas, doy por hecho que los abrazos dados o recibidos han tenido siempre un estilo propio, un sello personal, son y fueron alivio para el desasosiego. Porque es verdad que los abrazos nos alivian de algo. Aunque los hay que abrasan; y también lo hay que al deshacerse duelen de por vida. Yo no sé. El desconsuelo requiere un abrazo muy concreto. Y el desamparo, también. Llegar a la amanecida, tras dos o más horas desvelado, está pidiendo a gritos mudos un abrazo de pies a cabeza. Quedarse uno dormido abrazado a un cuerpo cálido y fragante de mujer es un regalo de Afrodita, no siempre merecido. Todo cuanto sucede sin remedio, el tiempo que nos lleva, el brillo de un instante, la belleza que nos sale al paso y nos deja temblando... Toda esa calamidad solo se alivia mientras dura el abrazo. Es  hermosa la vida, no hay duda, casi un milagro. Pero, sí, es cierto: a veces Garfio tiene miedo, y necesita que lo abracen.

viernes, 31 de octubre de 2014

centinela, ¿qué has visto en la noche?

     Hoy, viernes 31 de octubre, ya desde primera hora, seguimos en medio de un paréntesis o compás de espera en el que no es otoño ni verano ni la suma de ambos dividida entre dos. Estamos en tierra de nadie; o sea, res nullius, si no recuerdo mal. Pero no voy a negar que me atraen los territorios sin nombre, las mansiones abandonadas, los jardines echados a perder, los caballos que andan sueltos por el monte. Por eso, estos días fuera de lugar o de estación en los que no sabemos a qué atenernos, yo me siento extrañamente cómodo y bien recibido desde primera hora. Me ocurre otro tanto con las comedias dramáticas, las amistades amorosas, la moda de entretiempo. Y siempre me gustó aquello tan célebre de "Asia a un lado, al otro Europa..." Las obras sin género, las terrazas abandonadas después de la lluvia en septiembre, los tiempos de subjuntivo, lo que sucede o no sucede entre dos luces, o fuera de guión, o en ese ángulo muerto que no recogen las cámaras... Todos esos espacios sin una jurisdicción precisa y terminante me atraen como puertos francos o repúblicas corsarias donde sentirse uno a salvo... temporalmente. Esas tierras sin dueño, minas abandonadas, templos tomados por la selva, clubes clandestinos que no dejan huella ninguna (y hasta te fabrican una coartada ad hoc llegado el caso) son siempre algo así como un lugar de acogida. ¡Y estamos tan necesitados de lugares de acogida! Dicho esto, quizá venga a cuento preguntarse ¿qué hay, qué puede haber "entre azul y buenas noches"? Cuando lo que nos rodea es apremiante y urge o o atosiga más de lo debido, hay algo en mí -en cada uno de nosotros, supongo- que se subleva, y a la memoria acuden aquellas imágenes tan luminosas de Pépé Le Moko en la kasbah de Argel, con Jean Gabin moviéndose, desplazándose por las azoteas. Aunque, si bien se mira, esa kasbah enlaberintada viene a ser el refugio que alguna vez todos hemos soñado o merecido. La kasbah del fugitivo Pépé Le Moko es el territorio comanche que todos anhelamos de tarde en tarde, una vez al mes, un rato a la semana o diez segundos de luz a la hora del ángelus. Pero, volviendo al principio: comprendo que a la gente recta y limpia esta connivencia mía con la ambigüedad pueda llegar a sacarle de sus casillas. Pido pues disculpas por mis vaivenes y mis reservas morales. A veces, no ya de noche enteramente, pero tampoco del todo amanecido, me despierto en esa hora tan propicia donde las fantasías discurren en silencio a pleno rendimiento. Y con qué gustosa impunidad. Tras el vuelo, la luz de la amanecida me recuerda la cita tan hermosa de Praxímenes que abre el poemario de Blanca Andreu Los archivos griegos: "Centinela, ¿qué has visto en la noche?" Y el centinela responde: "He visto llegar la mañana."




viernes, 24 de octubre de 2014

momentos

          ¿Cuántos momentos caben en un día, en un cuarto de hora o en un mes de octubre?  ¿Y cuánto dura un momento, esa unidad de tiempo subjetivo tan variable? Un momento no coincide del todo con ese 'abrir y cerrar de ojos' de que hablaba aquí la semana pasada. Tampoco es un instante, aunque un momento puede verse al trasluz como una secuencia de instantes. Pero el instante tiene más relación con el milímetro, el segundo, el flash; las revelaciones, como los cruces de miradas, se producen en apenas un instante. Los momentos son más horizontales: abren un paréntesis y desarrollan su contenido, con sus oraciones subordinadas, pausas, puntos suspensivos, su final de párrafo y cierre de paréntesis. Todo ha sucedido en el interior de ese momento. Y tanto en duración como en textura, espacio, densidad, ritmo interior, puesta en escena... no hay dos momentos iguales. Un déjà vu no es más que un buen imitador del original, incluso un eficaz falsificador, aunque a veces se dan las falsificaciones de copias, o de copias de copias. Pero no es lo mismo, por más que nos gustaría en algún caso. Los momentos nunca se repiten tal cual. En realidad, dos momentos son siempre incomparables, aunque a primera vista puedan parecerse como dos gotas de agua. Si no hay dos rostros idénticos, dos tardes de lluvia con el mismo número de gotas... tampoco los momentos se repiten en sus ilimitadas combinaciones, variaciones, permutaciones. O al menos, una vida entera no es suficientemente larga para que puedan darse en ella dos momentos iguales. Una vida acoge apenas unos cuantos miles o decenas de miles de momentos singulares. Cien mil es una bonita cifra redonda, aunque también es cierto que bastarían cien, cien momentos inconfesables y bien aprovechados, para escribir unas memorias suculentas, de esas que solo se publican no sé cuántos años después de desaparecido el autor y sus... acompañantes. Más que años o libros leídos, acumulamos momentos en la memoria y en la piel. Casi podría decirse que estamos hechos de momentos vividos, y aun por vivir. No estoy seguro, pero quizá los mejores momentos, o los más nuestros al menos, son aquellos que hemos perseguido con obstinada insistencia, aunque infructuosamente. Esos momentos tan deseados nos definen mejor que nada, pues bien sabemos que los sueños constituyen biografía, son parte fundamental de nuestro currículum no declarado. Es más, si yo trabajara en algún departamento de recursos humanos incluiría el epígrafe 'momentos no vividos / sueños no confesados'. Y en función de las respuestas, crearía una secreta sociedad, un club de intercambios de momentos gozosos. Punto y aparte. Pienso que todos deberíamos tener los últimos momentos bien elegidos y reservados, y asegurarnos así un final de trayecto a la medida de nuestros deseos. O de nuestros sueños. Algo así como quien elige un paisaje que sobrevolar, un color en el que disolverse despacio  y quedarse dormido.


viernes, 17 de octubre de 2014

resquicios

     Una moneda se nos escapa de los dedos y echa a rodar calle abajo como si conociera el recorrido al milímetro y la huida hubiera sido minuciosamente programada; de pronto se cuela por un resquicio apenas visible y desaparece. No lo puedo ocultar, me fascinan las grietas, los desfiladeros, los pasadizos, esas angosturas que prometen una salida secreta al otro lado. Pero hace falta ser muy persistente para detectar esas mínimas ranuras o intersticios que pasan desapercibidos pero que conducen a tierras de nadie... entre el final de la noche y el inicio del alba, ese balbuceo. También hay fisuras entre horas, entre pliegues, por donde apenas se desliza el aire de perfil, y ángeles que se cruzan contigo alguna vez en un paso de cebra, y el tiempo se ralentiza hasta el pasmo, hasta la exasperación, entre las franjas amarillas que surcan el suelo y las líneas negras que subrayan los ojos del ángel, que no es hembra ni hombre sino otra cosa, otra cosa... Es entonces cuando los descreídos nos vemos obligados a creer en los prodigios: porque entre dos miradas coincidentes se abre un escenario nuevo, exento, como una playa no estrenada, solo para dos cuerpos que se miran en silencio. Me pregunto por qué será que el deseo desea mejor en silencio. Quizá sea debido a que en silencio cunde más la alevosía. Pero esa es otra historia. Los intersticios, las fisuras, andan por ahí, apareciendo por sorpresa y ocultándose, como escamoteados por la mano de un trilero. Un susto puede introducir un soplo en el corazón, y en un mero soplo caben varias dudas seguidas de las que quitan el sueño para introducir en su lugar desvelo. Como aquella noche, hace veinticuatro años, al despertar sobresaltado mientras cruzábamos el Estrecho de Corinto. Pero veinticuatro años pasan en un abrir y cerrar de ojos, que es la verdadera unidad para medir el tiempo que nos lleva pasar de un resquicio a otro: un abrir y cerrar de ojos. También el amor anhela resquicios por los que introducirse, igual que el espeleólogo busca una grieta en la roca por la que adentrarse hasta el centro mismo de la Tierra, si ello fuera posible. Dos labios apenas entreabiertos dejan pasar una palabra como un salvoconducto que nos permite volar a otros mundos, otros estados, habitaciones separadas por un tabique de papel. Quizá a lo que se refería Ricardo III al final de la batalla no era exactamente un caballo -"¡mi reino por un caballo!"- sino un resquicio por el que salir huyendo y aparecer en... en otra obra de Shakespeare, o en las playas de Cornualles, minutos antes de la amanecida. Los resquicios nos han permitido siempre escondernos, o fugarnos, o desaparecer -como la moneda que que echó a rodar al inicio de este post- y aparecer por sorpresa en otra parte, donde nadie se lo espera. Aquí el tamaño es casi lo de menos: basta que por ese resquicio pueda pasar una aguja o el cabello de un ángel para que, al descubrirlo, veamos los cielos abiertos.

viernes, 10 de octubre de 2014

certezas y desaciertos

     Si todo lo que no es acierto es error, lo tenemos complicado. Hay muchos más errores que aciertos donde elegir, de igual modo que en la lotería hay muchos más números vacíos que premiados. O en las apuestas. En general podría decirse que allí donde interviene el azar llevamos las de perder. ¿Y dónde no interviene el azar, en mayor o menor medida? Ya lo decía Marisol en aquella canción: "la vida es una tómbola." Cada vez que elegimos algo descartamos todo lo demás. Y ahí está el drama: en los descartes. Pero lo cierto es que nos pasamos el día y la vida entera eligiendo y descartando, optando a cada paso por algo, por alguien, y renunciando a los 99 restantes. O a los 999. Las probabilidades de acertar son pues escasas. Vistas así las cosas, quizá sería más razonable quedarnos quietos, adoptar como propio el lema de Bartleby el escribiente: "preferiría no hacerlo". Pero esa pasividad también sería una opción, y con ella descartaríamos todas las demás acciones, intervenciones, posibilidades... y estaríamos en las mismas. Recientemente he leído que un individuo de Colorado, USA, se pasó siete años visitando a diario la tumba de su hijito -que al parecer nació muerto, valga el oxímoron-, llevándole "ositos de peluche, ramos de flores" y hablando con él cada día. Sin duda es un caso conmovedor, pero, por un azar, nuestro hombre se enteró de que durante todos esos años había estado hablando y rezando en el lugar equivocado, en la tumba que no era, pues su pequeño se hallaba enterrado bastantes metros más allá. Ya sé que cuesta no hacer algún sarcasmo al respecto, pero también puede uno levantar un poco el vuelo, a ser posible, y especular acerca de las veces que hemos sido la persona errónea, o que elegimos a quien no era, o que dimos por buena una mala oferta, o nos equivocamos de fecha o de ciudad o de familia. Porque también es cierto que hay quien nace en la familia equivocada. O cien años antes, o unos meses después. Complicado asunto este de elegir y de acertar. A veces, cuando no me apetece hacerme responsable de mis actos, tiendo a querer creer que no soy yo quien elige, sino que son las propias cosas las que me eligen a mí. No es mal recurso: donde esté un buen sofisma... que se quiten las malas verdades más incómodas. Pero es cierto que a veces se siente uno la persona equivocada, alguien que no está a su propia altura. Aunque también lo es que casi todos tenemos nuestros buenos momentos y algún gesto noble, con estilo, incluso brillante. ¿Pero qué ocurre cuando la verdad es un error? ¿Qué haríamos sin esos silencios mantenidos, esos secretos nunca revelados, gracias a los cuales la convivencia funciona y el amor perdura? Habría mucho de qué hablar en ese aspecto. Y sobre todo, habría algunas cosas -pocas- que callar.


   

viernes, 3 de octubre de 2014

ante el espejo

     El pasmo inicial se transformó en rechazo, en no aceptación de esa nueva realidad insospechada. Lo que estaban viendo mis ojos no lo aceptaba mi mente, y en ese viaje instantáneo se producía un cortocircuito, algo que impedía el natural discurrir que va de las causas a los efectos. Parece un poco complicado, lo sé, pero, en realidad, lo fue mucho más. Tras un tenso minuto de silencio, yo oscilaba entre el 'no me lo puedo creer' y el 'no me lo quiero creer'. Pero el estado de shock es muy revelador, nos aporta una rara lucidez casi insoportable. Aunque todo había empezado meses atrás, cuando comencé a coquetear con la tonta ocurrencia de quitarme la barba y rejuvenecer al punto varias décadas. Claro que ni mi mujer ni mis hijos se tomaban en serio semejante baladronada. Pero, según los tópicos más acreditados, la venganza es un plato que se sirve frío. Y así llegamos a la escena culminante del domingo, 28 de septiembre, a las 10.30 h: un hombre de mediana edad (?) está a punto de cometer un grave error. Y lo comete. Tengo la certidumbre de que, en situaciones así, medio segundo antes de pulsar play hay un ángel que nos avisa, alguien que nos dice 'no por ahí.' Pero ya voy viendo la atracción fatal de caer en el error para arrepentirse uno después y atormentarse a conciencia. ¿Y bien? Pues sucedió que del otro lado del espejo apareció un extraño. No el 'topo' que se escondió en el desván tras la guerra y sale a la luz tantos años después "con la piel blanquísima, perpleja y asustada." No. Ante mis ojos apareció un tipo irreconocible, pasmado, como hervido. Yo me miraba y no me atrevía a decir ni mu. Solo varios minutos después, con apenas un hilo de voz avisé a mi mujer: "Veeen..." Tras 24 años de matrimonio, jamás había visto en ella esa expresión, esa mirada, esa risa entre nerviosa y atónita, incrédula. De pronto, toda su belleza explotó en una frase: "¡Pero... si no eres tú! ¡Qué morbazo!" Y rió, sensual, con mucho brillo en los ojos. Así pues, aunque yo seguía atribulado, no todo estaba perdido: al menos -me decía-, podremos disfrutar de una especie de adulterio consentido durante el tiempo que tarde en regresar el esposo con su barba crecida. O sea, carnestolenda a primeros de octubre, mientas el sol del membrillo acaricia los párpados. Bueno, el que no se consuela es porque no quiere, pero lo cierto es que estoy anulando citas, almuerzos, encuentros; y no solo por coquetería, también por coherencia: si alguien ha quedado conmigo, yo no puedo presentarme siendo otro. Aunque, bien mirado... dispongo de tres semanas, más o menos, de interregno, de tierra de nadie, de no-identidad. Tres semanas, ay, para la suspensión de conciencia, el anonimato, la impunidad. Se me ocurren tales tropelías, perpetraciones... Pero también suculentos actos de justicia poética que no voy a describir aquí, más que nada para no dar ideas de las que luego tener que rendir cuentas como 'autor intelectual'. Tres semanas, ese es el plazo. Entre tanto, se puede cambiar el mundo, escribir un relato memorable, descolgar el teléfono y que sea Monica Bellucci invitándonos a su fiesta de cumpleaños en Portofino. Veremos.