viernes, 3 de octubre de 2014

ante el espejo

     El pasmo inicial se transformó en rechazo, en no aceptación de esa nueva realidad insospechada. Lo que estaban viendo mis ojos no lo aceptaba mi mente, y en ese viaje instantáneo se producía un cortocircuito, algo que impedía el natural discurrir que va de las causas a los efectos. Parece un poco complicado, lo sé, pero, en realidad, lo fue mucho más. Tras un tenso minuto de silencio, yo oscilaba entre el 'no me lo puedo creer' y el 'no me lo quiero creer'. Pero el estado de shock es muy revelador, nos aporta una rara lucidez casi insoportable. Aunque todo había empezado meses atrás, cuando comencé a coquetear con la tonta ocurrencia de quitarme la barba y rejuvenecer al punto varias décadas. Claro que ni mi mujer ni mis hijos se tomaban en serio semejante baladronada. Pero, según los tópicos más acreditados, la venganza es un plato que se sirve frío. Y así llegamos a la escena culminante del domingo, 28 de septiembre, a las 10.30 h: un hombre de mediana edad (?) está a punto de cometer un grave error. Y lo comete. Tengo la certidumbre de que, en situaciones así, medio segundo antes de pulsar play hay un ángel que nos avisa, alguien que nos dice 'no por ahí.' Pero ya voy viendo la atracción fatal de caer en el error para arrepentirse uno después y atormentarse a conciencia. ¿Y bien? Pues sucedió que del otro lado del espejo apareció un extraño. No el 'topo' que se escondió en el desván tras la guerra y sale a la luz tantos años después "con la piel blanquísima, perpleja y asustada." No. Ante mis ojos apareció un tipo irreconocible, pasmado, como hervido. Yo me miraba y no me atrevía a decir ni mu. Solo varios minutos después, con apenas un hilo de voz avisé a mi mujer: "Veeen..." Tras 24 años de matrimonio, jamás había visto en ella esa expresión, esa mirada, esa risa entre nerviosa y atónita, incrédula. De pronto, toda su belleza explotó en una frase: "¡Pero... si no eres tú! ¡Qué morbazo!" Y rió, sensual, con mucho brillo en los ojos. Así pues, aunque yo seguía atribulado, no todo estaba perdido: al menos -me decía-, podremos disfrutar de una especie de adulterio consentido durante el tiempo que tarde en regresar el esposo con su barba crecida. O sea, carnestolenda a primeros de octubre, mientas el sol del membrillo acaricia los párpados. Bueno, el que no se consuela es porque no quiere, pero lo cierto es que estoy anulando citas, almuerzos, encuentros; y no solo por coquetería, también por coherencia: si alguien ha quedado conmigo, yo no puedo presentarme siendo otro. Aunque, bien mirado... dispongo de tres semanas, más o menos, de interregno, de tierra de nadie, de no-identidad. Tres semanas, ay, para la suspensión de conciencia, el anonimato, la impunidad. Se me ocurren tales tropelías, perpetraciones... Pero también suculentos actos de justicia poética que no voy a describir aquí, más que nada para no dar ideas de las que luego tener que rendir cuentas como 'autor intelectual'. Tres semanas, ese es el plazo. Entre tanto, se puede cambiar el mundo, escribir un relato memorable, descolgar el teléfono y que sea Monica Bellucci invitándonos a su fiesta de cumpleaños en Portofino. Veremos.