viernes, 17 de octubre de 2014

resquicios

     Una moneda se nos escapa de los dedos y echa a rodar calle abajo como si conociera el recorrido al milímetro y la huida hubiera sido minuciosamente programada; de pronto se cuela por un resquicio apenas visible y desaparece. No lo puedo ocultar, me fascinan las grietas, los desfiladeros, los pasadizos, esas angosturas que prometen una salida secreta al otro lado. Pero hace falta ser muy persistente para detectar esas mínimas ranuras o intersticios que pasan desapercibidos pero que conducen a tierras de nadie... entre el final de la noche y el inicio del alba, ese balbuceo. También hay fisuras entre horas, entre pliegues, por donde apenas se desliza el aire de perfil, y ángeles que se cruzan contigo alguna vez en un paso de cebra, y el tiempo se ralentiza hasta el pasmo, hasta la exasperación, entre las franjas amarillas que surcan el suelo y las líneas negras que subrayan los ojos del ángel, que no es hembra ni hombre sino otra cosa, otra cosa... Es entonces cuando los descreídos nos vemos obligados a creer en los prodigios: porque entre dos miradas coincidentes se abre un escenario nuevo, exento, como una playa no estrenada, solo para dos cuerpos que se miran en silencio. Me pregunto por qué será que el deseo desea mejor en silencio. Quizá sea debido a que en silencio cunde más la alevosía. Pero esa es otra historia. Los intersticios, las fisuras, andan por ahí, apareciendo por sorpresa y ocultándose, como escamoteados por la mano de un trilero. Un susto puede introducir un soplo en el corazón, y en un mero soplo caben varias dudas seguidas de las que quitan el sueño para introducir en su lugar desvelo. Como aquella noche, hace veinticuatro años, al despertar sobresaltado mientras cruzábamos el Estrecho de Corinto. Pero veinticuatro años pasan en un abrir y cerrar de ojos, que es la verdadera unidad para medir el tiempo que nos lleva pasar de un resquicio a otro: un abrir y cerrar de ojos. También el amor anhela resquicios por los que introducirse, igual que el espeleólogo busca una grieta en la roca por la que adentrarse hasta el centro mismo de la Tierra, si ello fuera posible. Dos labios apenas entreabiertos dejan pasar una palabra como un salvoconducto que nos permite volar a otros mundos, otros estados, habitaciones separadas por un tabique de papel. Quizá a lo que se refería Ricardo III al final de la batalla no era exactamente un caballo -"¡mi reino por un caballo!"- sino un resquicio por el que salir huyendo y aparecer en... en otra obra de Shakespeare, o en las playas de Cornualles, minutos antes de la amanecida. Los resquicios nos han permitido siempre escondernos, o fugarnos, o desaparecer -como la moneda que que echó a rodar al inicio de este post- y aparecer por sorpresa en otra parte, donde nadie se lo espera. Aquí el tamaño es casi lo de menos: basta que por ese resquicio pueda pasar una aguja o el cabello de un ángel para que, al descubrirlo, veamos los cielos abiertos.