viernes, 10 de octubre de 2014

certezas y desaciertos

     Si todo lo que no es acierto es error, lo tenemos complicado. Hay muchos más errores que aciertos donde elegir, de igual modo que en la lotería hay muchos más números vacíos que premiados. O en las apuestas. En general podría decirse que allí donde interviene el azar llevamos las de perder. ¿Y dónde no interviene el azar, en mayor o menor medida? Ya lo decía Marisol en aquella canción: "la vida es una tómbola." Cada vez que elegimos algo descartamos todo lo demás. Y ahí está el drama: en los descartes. Pero lo cierto es que nos pasamos el día y la vida entera eligiendo y descartando, optando a cada paso por algo, por alguien, y renunciando a los 99 restantes. O a los 999. Las probabilidades de acertar son pues escasas. Vistas así las cosas, quizá sería más razonable quedarnos quietos, adoptar como propio el lema de Bartleby el escribiente: "preferiría no hacerlo". Pero esa pasividad también sería una opción, y con ella descartaríamos todas las demás acciones, intervenciones, posibilidades... y estaríamos en las mismas. Recientemente he leído que un individuo de Colorado, USA, se pasó siete años visitando a diario la tumba de su hijito -que al parecer nació muerto, valga el oxímoron-, llevándole "ositos de peluche, ramos de flores" y hablando con él cada día. Sin duda es un caso conmovedor, pero, por un azar, nuestro hombre se enteró de que durante todos esos años había estado hablando y rezando en el lugar equivocado, en la tumba que no era, pues su pequeño se hallaba enterrado bastantes metros más allá. Ya sé que cuesta no hacer algún sarcasmo al respecto, pero también puede uno levantar un poco el vuelo, a ser posible, y especular acerca de las veces que hemos sido la persona errónea, o que elegimos a quien no era, o que dimos por buena una mala oferta, o nos equivocamos de fecha o de ciudad o de familia. Porque también es cierto que hay quien nace en la familia equivocada. O cien años antes, o unos meses después. Complicado asunto este de elegir y de acertar. A veces, cuando no me apetece hacerme responsable de mis actos, tiendo a querer creer que no soy yo quien elige, sino que son las propias cosas las que me eligen a mí. No es mal recurso: donde esté un buen sofisma... que se quiten las malas verdades más incómodas. Pero es cierto que a veces se siente uno la persona equivocada, alguien que no está a su propia altura. Aunque también lo es que casi todos tenemos nuestros buenos momentos y algún gesto noble, con estilo, incluso brillante. ¿Pero qué ocurre cuando la verdad es un error? ¿Qué haríamos sin esos silencios mantenidos, esos secretos nunca revelados, gracias a los cuales la convivencia funciona y el amor perdura? Habría mucho de qué hablar en ese aspecto. Y sobre todo, habría algunas cosas -pocas- que callar.