viernes, 15 de julio de 2016

hazme un favor: búscame un libro

     "¡Hazme un favor: búscame un libro para el viaje, anda!", levantó la voz mi mujer, mientras se arreglaba ante el espejo del cuarto de baño, con ese apresuramiento típico de última hora. Me tomé un par de minutos de reflexión.Viajar a Londres por placer y sin marido marca las coordenadas de la búsqueda. Tras descartar los dos o tres primeros títulos que me salieron al paso, sonreí con calma y un puntito de suficiencia. Lo tenía; había dado con él. Acudí sin prisa al estante ocupado por la letra H. Y en efecto, allí estaba Helene Hanff con su maravilloso 84, Charing Cross Road. Extraje el delgado volumen, lo miré despacio, con gratitud, me tomé como unos veinte o treinta segundos y, sabedor de mi hallazgo, me dirigí con parsimonia al cuarto de baño. "Este es el libro", afirmé con seguridad irrefutable, mostrándoselo a ella y moviéndolo un poco, como quien esgrime el pasaporte o los salvoconductos, y con la autoridad moral que da el no pedir nada a cambio. Mi mujer asintió con una sonrisa de conformidad no exenta de admiración, casi elogiosa. "¡Hay que ver qué bien se te dan estas cosas! Para esto eres único", admitió, concesiva. La frase podía interpretarse en un sentido halagador, sí, aunque también en el contrario, como esos elogios irónicos que llevan dentro un cierto reproche. Es aquello tan sabido de: 'no, si cuando quieres...' Aprovechando el clima favorable, me permití ponerme estupendo y, mirándola a través del espejo, aventuré: "¿Sabes? Creo que yo podría dedicarme a elegir los libros idóneos en cada caso para mujeres ricas o atractivas, o ambas cosas. ¿No te parece?" Con el brillo en los labios recién pintados de rouge, la sonrisa que me llegó desde el espejo fue perturbadora; la viva mirada oblicua, también. Pero no había tiempo que perder y enseguida convinimos que ese era un buen tema para este blog. Puestos a fantasear, trato de imaginarme ahora cómo sería la mujer para la que yo eligiera, por ejemplo, Verano, de J.M. Coetzee, o Diario de invierno, de Paul Auster, Último encuentro, de Sandor Marai, Los enamoramientos, de Javier Marías, El segador de cañas, esa pequeña joya de Junichiro Tanizaki, o, en fin, la poesía reunida de Wislawa Szymborska. Cada libro escogido requiere de la persona idónea -mujer en este caso, en este juego- que lo merezca en cada momento. La cuestión sería: ¿estamos a la altura de los libros que nos regalan, o que regalamos? Por la parte que me toca, hago lo que puedo para no desentonar, para no desmerecer en exceso la inolvidable 84, Charing Cross Road, regalo de una amiga generosa y muy querida. Ahora lo entiendo: creo que ella me regaló ese libro, no porque yo lo mereciera entonces, sino para que intentara hacerme merecedor de él. Y en esas estamos: se hace lo que se puede, Chus.