viernes, 18 de diciembre de 2015

suena el teléfono

     ...Tres, cuatro, cinco, seis veces suena el teléfono y nadie lo descuelga. ¿En cuántas películas hemos visto esa imagen? Un teléfono que suena y suena sin que nadie responda es angustioso. De esa llamada puede depender la vida del protagonista o el futuro de una historia de amor. Mientras suena el teléfono los espectadores contenemos la respiración, como para no interferir. Porque, aunque las posibilidades sean mínimas, mientras siga sonando habrá un hilo de esperanza. Siempre puede aparecer una mano que en la última décima de segundo levante el auricular y evite la catástrofe. O la tristeza infinita. Una variante de esa llamada infructuosa sería cuando sale una voz que dice "en este momento todas nuestras líneas están ocupadas; por favor, permanezca a la espera." Abusarán de nuestra paciencia, sin duda, y, como les ocurría en Casablanca a los que aún no habían conseguido un visado, tendremos que esperar, esperar, esperar... Le entran ganas a uno de dejarse de músicas celestiales y asaltar la centralita o tomar por las bravas el servicio de atención al cliente. No sucederá tal cosa. Envejeceremos esperando. Pero volvamos a esa llamada que suena sin que nadie la recoja. Desconocemos si descolgar ese teléfono será un error irreparable o, por el contrario, el no llegar a tiempo nos salvará de un cúmulo de calamidades que se habrían desencadenado fatalmente. Elegir es terrible. Y no elegir, también. Pongámonos en situación. La casa está vacía (o lo parece). Suena el teléfono. A partir del tercer tono, la esperanza de que alguien responda empieza a decrecer. A partir del quinto, se convierte en una angustiosa llamada de socorro. Sin embargo, hay algo de poético, aunque desolador, en ese teléfono que suena para nadie. O más dramático aún: en ese teléfono que tenemos al alcance de la mano y dejamos que suene sin mover un dedo. Eso mismo es lo que ha ocurrido aquí hace unos minutos: estaba tecleando "esperar..." cuando ha sonado mi móvil. Compruebo que es un número desconocido que no figura en mis contactos. Dudo si responder o seguir escribiendo. ¿Y si fuera la llamada de una joven y apasionada seguidora de este blog que quiere conocerme? El que no se consuela es porque no quiere. Pero también pudiera tratarse de uno de esos sucios bromistas que gozan escuchando en silencio al interlocutor que pregunta una y otra vez: '¿Síii?' '¿Quién es?' '¿Oiga?' A veces se les oye respirar, incluso sonreír. Aunque yo prefiero esas otras llamadas que no llegan a realizarse, pero que están ahí, latentes. Creo que ya he traído alguna vez aquel graffiti: "si no suena el teléfono, soy yo." Puede uno pasarse media vida haciendo esas no llamadas, dejando esos silencios, tan nuestros, a la caída de la tarde. Porque de igual modo que cada uno tiene su propia voz, también tiene su propio silencio. Sí, a veces casi es mejor que no suene el teléfono. O dejarlo sonar.