viernes, 4 de abril de 2014

distinto y junto

      En este tarjetero semejante a un álbum de fotos conviven teléfonos y direcciones de operarios, restaurantes, diseñadores gráficos, hoteles, amistades, masajes, reparaciones diversas, bares de copas, tiendas de moda, agencias de publicidad, personas desconocidas o a las que solo he visto una vez, no recuerdo dónde ni cuándo. Si a cada una de esas tarjetas le dedicara unas líneas o un par de minutos, la suma de todo ello daría una suerte de collage o retrato cubista de una parte de mi vida. Y no digamos ya lo que un avezado detective sería capaz de reconstruir o averiguar si este tarjetero (como cualquier otro) cayera en sus manos, ¡no lo quieran los dioses! Pero esa sucesión de tarjetas variadas también podría ser metáfora de algo reciente, inmediato. Por ejemplo, de lo que leo. Además de lo que comemos, también somos lo que leemos, y en estos días, semanas, últimos meses, no he leído grandes historias de 800 o más páginas sino decenas de pequeños y casi simultáneos relatos, microrrelatos, poemas sueltos, aforismos, misceláneas, fragmentos, blogs, haikus, miniaturas, apenas suspiros articulados. Por el camino que voy, acabaré leyendo silencios, aunque de muy diversa índole o procedencia. Pienso que si se hacen catas de agua clara, ¿por qué no hacer catas de silencio? Sería apasionante, o casi. Si bien, pese a mi buen oído, ese es un tema inabarcable que excede las dimensiones de este blog. Veamos solo unos pocos ejemplos de silencios dispares y oceánicos: antes que nada, el silencio de Dios; o el silencio tan dulce de Tierra de Campos a la caída de la tarde, en sementera; o el que se establece en el aire tras una detonación; el silencio intransitable del amante cuando da la callada por respuesta; el de Garcilaso en la Égloga III: "en el silencio solo se escuchaba / un susurro de abejas que sonaba." Pero, aparte de la Égloga III, ¿qué he leído en estos días, en esta última semana? Pues todo un archipiélago, una micronesia de textos sin ninguna relación aparente. Entre otros -además de las viñetas de El Roto y las columnas de Vicent y de Millás-, confieso que llevo disfrutadas 70 páginas del manifiesto de Nuccio Ordine La utilidad de lo inútil; también la introducción y algunos de los ya clásicos Ejercicios de estilo de Raymond Queneau; varios desasosiegos de Pessoa; una conferencia inédita de Octavio Paz, dictada en 1975, donde afirma que el hombre es un ser que desea, y por tanto, que imagina. "Su imaginar es el presentir", dice, "un presentir que es un recordar"; también y con gusto llevo leída la mitad de una biografía de Garcilaso, obra de Esperanza Ortega; un poemario de Luis Ángel Lobato, Dónde estabas el día del fin del mundo, así como picoteos diversos, aforismos sueltos de José Luis Morante, un grafiti de Epicuro: "La amistad va recorriendo la Tierra como un heraldo que nos invita a la felicidad." Pienso que acaso la madurez bien entendida consista en pasar la mirada por un álbum de fotos, un centenar de cartas (o de emails recibidos), una baraja de tarjetas heterogéneas... y conseguir que todo eso nos invite a la felicidad. O a algo que se le parezca bastante.