viernes, 2 de diciembre de 2016

el misterio del guante rojo

     En el capítulo anterior alguien me había enviado por whatsapp la foto de un guante rojo de mujer abandonado a la entrada del metro. Hechas la averiguaciones pertinentes, sabemos que dicha foto fue tomada el martes 16 de noviembre a hora temprana en la entrada de la estación de metro de Chueca, en Madrid. Teniendo en cuenta que el metro abre sus puertas a las 6.00 h, la pérdida de ese guante hubo de producirse ese mismo día entre las 6 y las 7.45 de la mañana, y por tanto entre el final de la noche y la amanecida. ¿Y quién anda a esas horas por esas calles? Gente borrosa y apresurada que mira al suelo camino del trabajo. También están los que salen del turno de noche -seguratas, camareros, reponedores, policías-, cansados pero ya sin prisa, deseosos quizá de tomar un buen café caliente y un croisant en algún bar madrugador. Aunque también hay que tener en cuenta que esa hora indecisa coincide con el cierre y salida de los cuartos oscuros, de los clubes más o menos secretos, y hay ángeles aún no desvanecidos que fulguran, anfibias criaturas de carne y sueño, de sonrisa dulce y azulados párpados que van de retirada en busca de un resquicio por el que desaparecer. Pero antes de desvanecerse como hilo de humo, esas hadas de larguísimas piernas caminan por las calles mojadas con sus andares musicales tocados por la gracia. Qué misteriosas criaturas, transgénicas orquídeas, lujo efímero que excede a la noche. Yo las veía fugazmente algunas veces, cuando trabajaba por allí, en Fuencarral, junto a la Gran Vía. Son seres como de otro mundo, más allá de Orión. Hay que admitirlo: cuántas cosas suceden para nadie, cuántos prodigios desapercibidos en el ámbar de un semáforo, minutos antes del amanecer. Entre dos parpadeos aparece y desaparece un ángel. Visto y no visto. Pero una mirada suya, lo sé, tiene algo que intimida, como un fulgor frío que hiere, que te hace bajar la vista al cruzarse contigo en la calle. Y es ahí, en ese incierto espacio, donde pudo tener lugar el misterio del guante rojo, quizá arrojado con desdén a la boca del metro, o quizá regalado con dulzura a un mendigo, a un borracho... que ya no estaba allí.