viernes, 15 de abril de 2016

topónimos

     Ella me pide topónimos, y yo, marido complaciente, no soy capaz de negárselos. Podría pedirme cosas más sencillas, pero no. Las profesoras de Lengua y las musas primordiales tienen estas cosas arbitrarias, que igual pueden pedirte perfectos endecasílabos como paseos al atardecer a la orilla del mar. Dicho de otro modo: por la noche te proponen lujosas hipérboles e hiperestesias y al día siguiente, al desayuno, prosas profanas. Así pues, retomemos ese paseo a la orilla del mar... de Mármara, por ejemplo, un "mar que encierra tres veces el mar", como dice la canción. Y navegando por ahí llegamos a Estambul, la palabra mágica que desprende ensueños y evoca serrallos y sultanes. No existe en la toponimia ciudad más fragante que Estambul, pero de una fragancia nocturna y algo narcótica. Muy cerca en ese imaginario está Sebastopol, la capital más enérgica del mapamundi. Su carácter militar salta al oído; en ella se cruzan sables y galopan caballerías que unas veces son cosacas y otras del Imperio Austrohúngaro. Directamente emparentado con Sebastopol está Pernambuco, donde, por una extraña transposición cultural, se habla el ruso en lugar del luso, y por sus avenidas circulan carruajes a la manera del San Petersburgo zarista, aunque los cocheros son mulatos nativos que lucen libreas color azafrán. En la misma área de fabulación se encuentra Bucaramanga, ciudad festiva y parrandera como ninguna, donde se practica un parloteo chisporroteante de palabras hechas pedazos y vueltas a reconstruir, pero ya con las sílabas cambiadas de orden, como si las letras hubieran sido volteadas en el bombo de la lotería y salieran patas arriba, creando así un caleidoscopio de sonidos rompecabezas: el bucaramango. Algo muy semejante sucede en Kipingamarangi -paraíso de los loros y las pastelerías- que, aunque parezca un nombre traído de la región de Bóbilis-Bóbilis, en realidad es una de las miles de islas que salpican el Pacífico Sur; allí los nativos se inventan las palabras al tuntún, como si introdujeran todos los fonemas en una especie de maracas del habla y, tras una buena agitación, saliera un idioma inusitado y jitanjáforo. Y tras la juerga polinésica de los palíndromos y los daikiris, regresamos a la sensatez, volvemos a casa, a esos topónimos que nos son tan familiares. Pero por muy alto y muy limpio que apunten las agujas de Madrigal de las Altas Torres, yo prefiero ver caer la tarde en la llanura que se extiende a ojos vista desde Villalba de los Alcores. Qué bien se está mirando desde ahí, desde ese nombre con sus cinco eles, qué buen silencio... apenas pespunteado por el tintineo de las esquilas de un rebaño de ovejas. En fin, que se nos ha echado la noche encima. Otro día, querida, te traeré Islamabad, toda de ámbar y sedas de oriente; los tambores lejanos de Tombuctú a la luz de la luna; la apetitosa Antananaribo, con su intenso olor a plátanos maduros... Y para recuperarnos de tan exóticos excesos: Marienbad.