viernes, 1 de abril de 2016

¡alegría, alegría!

     Hay días que parecen diseñados para acogerse a la tristeza desde primera hora. Tan es así que no hace falta estar triste para ingresar casi que gustosamente en ella. Echas un vistazo desde la ventana y percibes la luz gris mate, la humedad del aire; los escasos individuos que caminan por las aceras llevan la mirada baja, las solapas levantadas, los andares... como dando la espalda al porvenir. No se requiere un gran esfuerzo para traer a la memoria un solo de trompeta de Miles Davis o algo de Chet Baker. Pero esa es la tristeza cinematográfica, blue, la tristeza como un territorio de acogida donde refugiarse. No se está mal en ella, especialmente algunas tardes sin objeto en que predomina la desgana. Y además hay que admitir que goza de gran prestigio literario y posee abundante bibliografía. Hasta tal punto es así que puede uno pasarse, creo yo, largos y crudos inviernos sin sentir la necesidad acuciante de salir de ella. ¿Salir al exterior en busca de alegría? No, por favor, nada de esa hortera y estridente alegría -murmura desdeñoso el refugiado-, mejor que dure la temporada otoño-invierno con su pálida esbeltez. Vale, de acuerdo. Pero eso no es tristeza propiamente, es más bien melancolía, ese estado que alguien definió como "el placer de estar triste." Hace unas semanas leí una entrevista con el cantante y compositor italiano Paolo Conte en la que afirmaba que "la melancolía es nuestro antídoto contra la tristeza." No está mal vista esa idea de la melancolía como cortafuegos que nos deja a salvo de males mayores. Es curioso, al leer esa frase me acordé de El cielo protector de Paul Bowles. Simplificando mucho, mucho, la melancolía de Conte pudiera ser algo semejante al firmamento que nos protege; la tristeza equivaldría aquí a la nada que hay detrás de ese cielo protector. En fin, dejémoslo; para qué meterse uno en jardines celestes. Lo cierto es que la tristeza severa lleva al abatimiento, al desconsuelo, al dolor insufrible. Sin llegar a esos extremos, la tristeza serena tiene algo como de fiebre fría, de ceniza en los labios. Las personas que la padecen, que conviven con ella, poseen una especie de sonrisa reconocible, como un rictus ahumado de abandono y resignación. Yo la he visto de cerca, sí. Quizá por eso, cuando percibo que ella no anda lejos, que se desliza por aquí como la sombra de Nosferatu, me armo de valores y organizo la resistencia. ¡No pasarás!, le advierto, mientras hago acopio de canciones infalibles, canciones prozac con las que levantar las barricadas. The Rolling Stones, la Creedence, Janis Joplin, Tina Turner, Queen, Led Zeppelin y toda la artillería de los 60, 70, 80... hasta llegar a Tino Casal con su insuperable Eloise y a los Sex Pistols, con Sid Vicious perpetrando genialmente My Way. Y así, mientras vemos el modo de pararle los pies a la tristeza, nos hacemos fuertes en la melancolía.