viernes, 22 de abril de 2016

el santo al cielo

     A veces ocurre que en medio de la lectura de un párrafo se abre un paréntesis con nada dentro, un espacio en blanco en el que se desvanecen las palabras recién leídas. Es algo semejante a una desconexión, a un sumidero por el que se nos va la luz y la lectura queda interrumpida, en suspenso. Aunque yo recuerdo que durante los apagones siempre pasaban cosas. Cuando se iba la luz, la repentina oscuridad nos traía un poco de miedo (del bueno, del que gusta), además de incertidumbre, expectación, suspense. A veces, en esa oscuridad recién llegada tenían lugar algunos juegos, risas nerviosas, sustos, creo recordar que también algún toqueteo adolescente. Pero todo aquello sucedía en ese intervalo, desde el momento en que se producía el apagón hasta que alguien encendía la primera vela o volvía la luz a las bombillas. Y ahí acababa todo: todo lo que había brillado en lo oscuro. Las cosas volvían a su ser y la normalidad se reanudaba. Bueno, pues algo parecido sucede cuando, tras esas desconexiones mentales, de pronto se hace la luz de las palabras y la lectura reanuda su curso. No tenemos la menor idea acerca de dónde hemos estado, ni cómo ni por cuánto tiempo: igual han podido transcurrir cinco segundos que cincuenta, o cien, incluso más. ¿Qué ocurre en ese limbo, ese estado aéreo en el que entra nuestra mente cuando se nos va la luz? Yo sospecho que ahí suceden maravillas no declaradas, fugaces brillos de metales insólitos, microsueños que escapan a los detectores de actividad, algo así como los ultrasonidos que el oído no percibe. Quizá ese espacio exento y libre de escrutinio sea territorio de ángeles, soleada azotea para las patinadoras del aire… Algo así. Qué bien se ha de estar ahí toda una tarde, una temporada sin tener que rendir cuentas ni dar frutos ni recogerlos. Esas interrupciones que a veces se abren en medio de un párrafo son como el anticipo de algo desconocido, aunque prometedor, que acaso esté por llegar: viajes insospechados que unos sensores sean capaces de descifrar y hacernos ver, sentir, vivir... como se viven las ensoñaciones, las películas de amor o de vampiros, los cuentos de hadas, de brujas, de princesas frías que sueñan con leopardos. Llegados a ese punto entenderemos al fin el significado de la expresión ‘se me ha ido el santo al cielo.’ Solo entonces sabremos si realmente en el cielo está el paraíso. Aunque si es un paraíso de ficción, también vale.