viernes, 9 de octubre de 2015

sin palabras

    'Noto que a veces me faltan las palabras', me confesó el otro día una buena amiga, como sorprendida por ello. Le respondí, medio en broma, que a mí me pasa eso mismo y lo contrario, que a veces me sobran las palabras. De modo que, en unos casos por exceso y en otros por defecto, con demasiada frecuencia no encuentra uno la palabra precisa a su debido tiempo. Aunque lo peor no es ese vacío, ese espacio en blanco que la palabra deja en medio de la frase, de la conversación; no, lo peor es cuando la desaparecida reaparece, pero ya tarde y fuera de lugar. Entran ganas de retirarla para siempre de la circulación. ¿De dónde sales tú, y a qué vienes ahora, deslenguada? ¿Dónde estabas cuando te necesité y no acudiste, arruinándome de ese modo la frase mejor construida, la idea más brillante del jueves? Estoy convencido de que por culpa de esas palabras inconstantes he perdido en gran medida el prestigio de buen orador que no tengo, la excelencia que no han alcanzado mis escritos. Mi escasa capacidad de persuasión también se la atribuyo a ellas, las muy volátiles. Y como todo está relacionado, resulta inevitable asociar esos pequeños pero irreparables vacíos con las citas incumplidas, con los 'plantones'. Nadie sabe lo que una incomparecencia puede llegar a traernos. Y a quitarnos. "Si tú me dices ven, lo dejo todo", vale, de acuerdo, ¿pero qué ocurre cuando atendemos ese requerimiento -ven- y allí no hay quien nos reciba? Existen mil razones o motivos por los que han podido darnos plantón. Confieso que a mí -como a todo el mundo, supongo- me han dejado plantado varias veces, aunque tampoco demasiadas. Claro que también yo he dado algún que otro plantón... sin saberlo, sin enterarme de ello hasta varias horas o incluso días después. Pero puedo asegurar que jamás he faltado a una cita deliberadamente, ni por pereza o mero antojo (si acaso, por causa mayor: taquicardia aguda, crisis de ansiedad...) En todos esos encuentros que no tuvieron lugar se abre un vacío, una expectativa fallida que ya no podrá cumplirse nunca. Mira que es triste. Las incomparecencias dejan siempre a su paso un rictus de suave tristeza que, con el tiempo, deviene en resignación. Ya sabemos aquello de que 'todo lo que pasa es porque tiene que pasar', pero, ¿eso incluye 'lo que no pasa'? Si nos atenemos al tamaño, la respuesta sería no. Porque 'lo que no pasa' no es la otra mitad, el hemisferio opuesto a 'lo que sí pasa': lo no sucedido es por definición (o por indefinición) infinitamente más amplio y numeroso que su contrario. Así pues, las palabras que no comparecieron, los encuentros malogrados, las frustradas tentativas, todo aquello que queda en suspenso se convierte en materia volátil -aire, nube, deseo, aroma-, en ese espacio inhabitado donde pueden discurrir o perpetuarse los sueños, las sombras... de cuanto no sucedió.