viernes, 23 de octubre de 2015

de vita beata

     "En un viejo país ineficiente" situaba Jaime Gil de Biedma su imaginario retiro, "en un pueblo junto al mar" donde "poseer una casa y poca hacienda / y memoria ninguna." Supongo que todos hemos jugado a pensar alguna vez en un hipotético retiro a la medida de nuestro agrado. Yo, la verdad, no me veo haciendo mío el proyecto de vida que Gil de Biedma describe en ese poema memorable; demasiado dramático para mí, demasiado heroico. Por el contrario, situaría la acción en algún lugar apacible y algo aburrido a orillas de un lago, aunque no demasiado lejos de cines, museos y cafés. Estoy pensando en Lausana, Lucerna, Locarno... De un tiempo  a esta parte, Suiza me atrae en ese sentido de manera creciente. A veces fantaseo con ello, incluso alguna tarde navego por Internet en busca de localizaciones donde situar un ilusorio retiro espiritual, un exilio llevadero junto a alguno de esos limpios lagos muy azules: Leman, Constanza, Maggiore, Lugano... Pero, ¿por qué esa insistencia mía en Suiza, país tan (supuestamente) anodino y alejado de nuestro estilo de vida? Lo desconozco, aunque es posible que su encanto esté precisamente en eso, en la escasez de ruido y de sensacionalismo, en el dulce tedio -"la más benigna de las pasiones," según Mark Strand- de sus aguas serenas. Aunque hay algo más: quiero suponer que en tiempos tumultuosos o de tribulación podría sentirme a buen recaudo en el sosiego de esos laicos lugares. Y no ignoro que esa paz de balneario, esa amabilidad de ciudades impolutas y verdes valles está basada en el secreto mejor guardado y en las grandes fortunas evadidas de medio mundo: una especie de república corsaria, refugio de sátrapas, defraudadores de altos vuelos y otros pájaros de cuentas. De acuerdo, pero ¿qué puede uno hacer, además de firmar manifiestos y votar en consecuencia? En fin, dejemos eso ahora. En ese retiro fantasioso, yo sería un hombre discreto, un buen ciudadano que paga sus impuestos, respeta las costumbres y saluda educadamente a los vecinos. Nadie tendría queja de mi comportamiento. Lo demás sería leer no poco y escribir lo justo, pasear sin prisa, ir a comprar el pan cada mañana en bicicleta, viajar de vez en cuando en tren por el país, encender la chimenea en otoño a la caída de la tarde. En esa casa nunca faltarían buenos vinos del Véneto y del Duero, variados quesos, rica miel, así como los mejores chocolates negros de las más acreditadas marcas suizas. Una buena conexión a Internet y una pantalla de 72 pulgadas aportarían su calidad de vida en high definition. Luego, pasados los años -largos y bien cumplidos años-, los legendarios laboratorios suizos le brindarían al poema, al relato, un final de viaje no sólo digno sino casi elegante, como quien se va quedando dormido mansamente tras la cena, al amor de la lumbre, con un libro en el regazo. Afuera cae la nieve. Así las cosas, esta fantasía, mi particular de vita beata con vistas al lago, habría merecido la pena.