viernes, 16 de octubre de 2015

malhumorados

     Hace algunos años le oí contar a Serrat en una entrevista que, recién llegado a Buenos Aires, ya en el propio aeropuerto percibió algo raro, difuso, desagradable, y así se lo hizo saber a unos amigos porteños. '¿Como un cierto malestar?', le preguntaron. 'Sí, una especie de malestar', respondió. La sentencia de sus amigos fue unánime: 'Esa es la señal inequívoca de que has llegado a la Argentina.' Cuento esto porque acá, en la madre patria, se percibe en el ambiente un malhumor cada vez más extendido. Y no digamos ya en las redes sociales, que al malhumor se le suman, además del cabreo puntual y justificado de cada día, de cada telediario, la mala baba, el encono, el encabronamiento perenne de algunos..., en fin, todo ese magma confuso y desapacible que llaman 'estado de malestar'. Es algo que ya forma parte del paisaje, como la contaminación en las grandes ciudades. Tan es así que a veces tiene uno la sensación casi culpable de que si no está encabronado de remate se debe a que es un frívolo sin arreglo, o a que nada en la abundancia y no se entera (no se quiere enterar) de la la misa la media. En ese sentido, vaya en mi descargo que me desagradan no pocas cosas que están ahí; algunas otras me irritan de veras, incluso me indignan o enfurecen por momentos. Nos sobran los motivos para apedrear farolas y escupir después con desprecio. Pero yo sé que eso no me sienta bien, ni me hace más lúcido ni mejor ciudadano. Por ello, trato de evitar en lo posible riesgos innecesarios, y no frecuento sitios ni individuos ni ciertos programas o tertulias que -bien lo sé- no me van a traer nada bueno para mi salud mental y de la otra. Claro que no ignoro que hay personas (conozco a algunas: sensatas, honestas, en absoluto depravadas) a las que les da morbo -o eso dicen- ver, leer o escuchar asiduamente a acreditados traficantes de odio, profesionales del embuste o la conspiración, enardecidos fanáticos, etc. Me cuesta entenderlo, sí, pero admito que tales prácticas sadomasoquistas puedan llegar a constituir algo así como una parafilia de lo más excitante. Aunque he de confesar aquí que esas sugestivas depravaciones nunca me han atraído lo suficiente; supongo que se trata de un artefacto intelectual demasiado sofisticado para mí. Tengo que ser, pues, autocrítico y aplicarme las palabras de Andreotti: manca finezza. Pero, en fin, llegada la edad madura, debe uno conocer sus propios límites, y aceptar sus limitaciones. Dicho sea con toda humildad: yo no estoy capacitado para gozar con el dolor, para aplicarme tormentos que me pongan la carne de gallina y los pelos de punta. No. Yo: Bill Evans, martini rosso, Ennio Flaiano (¡gracias, Máximo!), las tardes de octubre, el chocolate negro, este cielo ilimitado de Madrid, esta luz bendecida... Ahora lo entiendo: no es admisible tanto bienestar. Mientras ahí fuera el mundo se derrumba, la mala leche se desborda, aquí, en esta casa, en este blog, después de la mejor música se deja oír el silencio más limpio. En todo este rato no ha sonado el teléfono. Me acuerdo inevitablemente de aquel grafiti: "si no suena el teléfono, soy yo."