viernes, 9 de enero de 2015

período de permanencia

     Si bien se mira, todo tiene un período de permanencia, y no solo los teléfonos móviles. Lo que pasa es que no sabemos con claridad la duración de cada permanencia. Y creo que es mejor no saberlo; aunque una cosa es segura: la vida sería muy distinta si conociéramos de antemano las fechas de caducidad, la extensión de cada período. ¿Cómo de distinta? Lo ignoro, pero, por una vez, casi que prefiero no saber. Si supiéramos las semanas y los días de una pasión cegadora, los minutos y segundos de una espera interminable, el tamaño preciso de una sonrisa o de un placer muy concretos, la fecha y la hora exacta en que dejaremos de ser... Si lo supiéramos, ¿seríamos capaces de llegar hasta el final de cada ciclo, de cada período de permanencia? Ni idea. En algún caso, quizá se incrementara la densidad de nuestros procesos al comprimir el espacio y el tiempo. ¿Para qué tener que llegar al final, a ningún triste final, pudiendo acortar el metraje a nuestro gusto o conveniencia? Tanto el Creador como la genética o el ADN practican con nosotros la 'obsolescencia programada', lo mismo que hacen Siemens, Apple o Nespresso con sus productos. Aunque siempre se nos concede un margen de maniobra, un intervalo de cortesía en el que movernos. Por ejemplo, una semana más de vacaciones para ir despidiéndonos con elegancia de ese amor de verano; cinco minutos que pueden ser el paraíso, pues bien sabemos que a veces 'la vida es eterna en cinco minutos'; un año o dos de buen vivir regalados por los dioses contra todo pronóstico... En las negociaciones de los grandes tratados internacionales -del Clima, del Comercio, etc- hay ocasiones en que en el último minuto las partes acuerdan 'parar los relojes', y así poder seguir negociando after hours, más allá del cierre establecido. Y eso es lo que a menudo nos gustaría poder hacer con nuestras pequeñas cosas no resueltas o en curso: parar los relojes. Viejo asunto este, tan presente en la tradición de la poesía amatoria y en los mejores boleros: "Detén el tiempo en tus manos / (...) / para que nunca amanezca." ¡Cuántas veces hubiéramos bajado las persianas por completo para que el amanecer no llegue hasta bien entrado mañana... o más allá! Se trata pues de ganarle en esos casos una hora al día, un día al año, un minuto al minutero... y conseguir así que los períodos de permanencia se dilaten en la medida de sus posibilidades, que son las nuestras. Nos movemos de continuo entre dos márgenes, en una horquilla que puede oscilar del cuatro al siete o de la sota al rey. Y ahí, en ese azaroso territorio tan exiguo, es donde nos la jugamos. La cosa no da para más. Pero algo es algo.