viernes, 23 de enero de 2015

ni nos despedimos

     Un amigo poeta y de Valladolid, Luis Santana, tiene una novela bien traída que se lee muy a gusto: Al final ni nos despedimos. Por otro lado, una amiga que vive en Roma y a la que quiero bastante, me escribe un correo que empieza diciendo: "Qué forma más fea de despedirnos. Bueno, más que fea inexistente." Doy a 'responder' y escribo: "Lo bueno de no despedirse es que todo continúa como si nada." Y a partir de ahí me dejo llevar por un tobogán de imágenes y palabras que tienen más que ver con el cine y la literatura que con la amistad de carne y hueso. Pero de ello no me doy cuenta hasta varias líneas después. En ellas le confieso a mi amiga que yo no soy bueno despidiéndome, que en esos momentos suelo quedarme titubeante, sin saber bien qué decir, porque mis adioses siempre me suenan poco creíbles, como si estuviera reproduciendo un guión recurrente y mal memorizado. Sucede que en el instante de despedirme de alguien... es como si pasara o se interpusiera un tren. Ya sé que esta es una imagen muy cinematográfica, y más bien antigua, como de viejos inviernos y estaciones con niebla en las que una megafonía sucia anuncia que el expreso Madrid-Irún-Hendaya, estacionado en vía 1, andén primero, va a efectuar su salida. Y ahí el mundo se divide en dos hemisferios: el despedido y el que despide; el que se sube al tren y el que dice adiós con la mano desde el frío... Bueno, pues así estaban las cosas en la sexta línea de gmail cuando decidí que no podía seguir literaturizando a costa de una buena amiga, ya casi mezzo-romana, que no se merece todo ese trasiego sombrío y ferroviario de llegadas y salidas, maletas y paraguas, pasajeros anónimos. Pero lo cierto es que, literaturas aparte, yo no manejo bien el registro de las despedidas, y en esos momentos de torpeza y balbuceo, a menudo percibo una especie de zozobra que me lleva a callar. Y entonces, tratando de hacer de la necesidad virtud, me limito a mirar como pidiendo perdón. Perdón por todo lo no dicho en el último momento; por los pequeños actos no cometidos; por lo que queda en suspenso y dificulta el discurrir del aire o de las agujas del reloj. Ahora entiendo que en cada despedida hay una solicitud no declarada de perdón. Y ya de paso, en cada perdón un intento de alegría incipiente, algo semejante a este "no me quites tu risa porque me moriría" que ahora está sonando por tercera o cuarta vez. De acuerdo que todo el recorrido no ha sido sino la pausa que se toma el expreso del norte entre dos párrafos, las palabras necesarias para alargar el viaje y retrasar así la despedida. Vale, bien, admito que al final ni nos despedimos, ¿pero qué tal si renunciamos a despedirnos para siempre? De acuerdo que es una propuesta demagógica, interesada, pero ¿y si a partir de ahora celebramos solo los reencuentros, los momentos en que alguien aparece de pronto y ríe con esa risa recién llegada, "como una espada fresca en las horas oscuras"? Que así sea.