viernes, 16 de enero de 2015

la herida del tiempo

     Como decía la gran Linda Evangelista en el anuncio de Aura, el perfume de Loewe, "lo tienesss... o no lo tienesss." Pues bien, con la herida del tiempo pasa algo parecido, aunque no es ningún privilegio, ni nada de lo que pueda uno presumir o alardear: es una desgracia que, cuando se tiene, se tiene para siempre. La mayor parte del tiempo, claro está, esa herida se encuentra en estado... digamos que durmiente; lo contrario sería del todo insufrible, enloquecedor, y no habría quien lo soportara. Pero el hecho de que permanezca silente o adormecida no es más que una estrategia, la pausa que se toma para dejarnos respirar y reaparecer con dolor, ese dolor antiguo y conocido. Cualquier disculpa le vale a la herida del tiempo. A veces se sirve de algo tan inocente o rutinario como pueda ser retirar los adornos navideños, las bolas del árbol, las figuritas del belén. Y de pronto, ay, reaparece, reaparece... Es esa marea que invade, que inunda por dentro, y como que nos faltara el aire. Guardar en las cajas el espumillón, la vaca y la mula, los tres Reyes Magos, los Papá Noel, etc, reabre por sorpresa la herida del tiempo, y es entonces cuando uno necesita tener a alguien cerca, muy cerca, a quien abrazar; o mejor dicho: a quien abrazarse. El abrazo alivia, sí, es un consuelo. Ese abrazarnos en silencio a la mujer amada, a la persona amada, es el único consuelo que conozco para esos momentos (y también para otros). Pero la pregunta surge inevitable: ¿por qué nos pasa esto a algunos? ¿Por qué a unos sí y a otros no, o no de igual modo ni con la misma intensidad? Disponemos de unidades de medida, de peso, temperatura, densidad, potencia, velocidad, etc, pero ¿cómo se mide o calcula la angustia, el aire que nos falta, esa marea, esa cosa para la que no tenemos nombre, o al menos yo no sé cómo nombrar? No recuerdo ahora quién decía que las cuestiones graves o dramáticas funcionan mejor en clave de comedia. Quizá por eso siempre me pareció un hallazgo, un acierto definitivo, que Enrique Morente vertiera en tangos (ese palo flamenco tan festero y gaditano, tan rico de compás) su terrible "Aaay, mi vida, / que se me va, /que se me vaaa..." Aunque, bien mirado, es posible que toda esta desgracia, esta calamidad doliente, sea la contrafigura o el peaje a pagar por esos otros momentos de inmerecido júbilo, por la emoción veraz, la carcajada indómita, los instantes de placer que el amor nos depara. No, no me da miedo la tristeza: me da miedo lo que viene después.