viernes, 23 de mayo de 2014

elogio de la tristeza

     Ese encantador de sirenas que es Gustavo Martín Garzo defendió la tristeza el pasado lunes en la presentación de su libro La puerta de los pájaros en la librería Alberti de Madrid. Allí se habló de encantamientos y prodigios, de ensoñaciones, de hadas vivientes y vampiros enamorados, se habló de los silencios que convoca el unicornio en el corazón del bosque o en la urdimbre de los tapices. Se habló pues de la otra realidad, no menos cierta. En fin, que pasamos una hora de oro entre libros y criaturas fabulosas. En algún momento de su intervención, Gustavo dijo algo semejante a esto: ¿por qué renunciar a la tristeza, cuando en ella y gracias a ella vivimos paisajes y experiencias que no encontraríamos en ningún otro lugar? ¿Por qué esa alegría obligatoria -muchas veces bobalicona y vacua- que confunde la felicidad con la risa tonta? Y es cierto. Sin la tristeza no habría manera de acceder a una parte sensible, sustancial, de nosotros mismos. Empezando por la propia alegría. ¿Alguien se imagina un agosto perpetuo, invariable, sin posibilidad ninguna de alcanzar el otoño, las nieves de enero, la salida que conduce de marzo a abril? Sin tristeza no podríamos ver ni presentir siquiera la zona de sombra, el idioma de los sueños, la fiebre de las cosas, el rumor de fondo, la lucidez que nos deja el dolor en calma... No sabríamos de la belleza que nos hiere ni del envés de la trama de ese tapiz donde pasta el unicornio. En aquel momento, mientras el novelista reivindicaba el derecho a existir de la tristeza, me acordé de aquella portada tan poética y sombría del cultural Babelia -obra de El Roto, ¿de quién si no?- que nos recibía, a comienzos de octubre, con estas palabras: "Bienvenido a la tristeza". Tristeza es algo semejante a una gran metrópolis a salvo de festividades y desfiles, una nacionalidad sin nación, un territorio exento de celebraciones ruidosas, discursos patrióticos, fuegos de artificio. Tristeza sería lugar de acogida, país de asilo, refugio. Y también, una benévola enfermedad protectora que nos evita quedar a la intemperie, expuestos a males mayores. Me tranquiliza saber que existe ese lugar llamado Tristeza. Que sigue existiendo. Entrar en él es emprender un viaje, aventurarse en algo intransferible. No sé adónde le llevó la imaginación a Antonio Vega, pero estoy casi seguro de que en Tristeza habría sido recibido de la mejor manera posible: sin todos los honores. Porque en ella siempre somos bien acogidos. ¿Y qué decir de sus despedidas? De Tristeza salimos con gratitud y afecto, aliviados, recompensados, como quien regresa del país de las lluvias perpetuas, o como nos sucede después de una de esas películas de amores imposibles, cuando, a la salida del cine, parece que la calle y el invierno nos reciben como a héroes de la resistencia.