viernes, 7 de marzo de 2014

juegos de la edad tardía

     Todos los días, al abrir el correo electrónico, me da la bienvenida una sucesión de fotos de mujeres que al parecer quieren conocerme. Sus caras se sitúan a la derecha de la pantalla y se presentan como "solteras en tu ciudad". Me consta que mi mujer también recibe la visita diaria de atractivos solteros interesándose por ella. Cada una de esas mujeres (y de esos hombres) lleva implícita una posible historia, una relación por explorar. Las conozco a todas, y ya son casi de la familia. Bueno, tanto como de la familia no, pero sí de la pandilla virtual con la que mantengo relaciones desenfadadas e ilusorias. Ellas también forman parte de esa 'otra realidad' de que hablaba aquí el pasado viernes. Cada una tiene su estilo, su promesa de un posible, aunque improbable, encuentro entre nosotros. Yo las llamo por sus nombres (atribuidos por mí, claro está), y no confundo a Lola con Malena, ni mucho menos a la Hortensia de pómulos frutales con la sedosa Berenice. Es curioso, hay días románticos en que sólo se tienen ojos para la sutil Violeta de mirada huidiza y silencios delgados. Otras mañanas, sin embargo, está uno más proclive a fantasear con la voluptuosa Amaranta, que a buen seguro ha de tener unos andares musicales. Con Margot -más artista que intelectual- suelo quedar a desayunar los martes no lejos de aquí, junto al Parque Eva Perón. Nora ama el teatro y los zapatos caros, pero tiene algún problema de insomnio, a juzgar por esas ojeras tan sugerentes. Claudia y Lucrecia -siempre una tras otra en la secuencia fotográfica- me insinúan un posible trío de ensueño, ante lo cual me ruborizo un tanto, lo admito, pero si es viernes y tengo un buen día... pues no digo que no, aunque lo demoro un poco, me sirvo otro café y coqueteo unos minutos con Malula, la de los ojos almanzores que quiere echarme las cartas. ¿Y qué me auguran las cartas? "No te vayas, mi 'arma', / con esa francesa / que tanto te estresa / y que dice llamarse Chantal." En fin, que lo pasamos bien. De acuerdo que sólo son unos pocos minutos al día, cinco, diez minutos, rara vez cuarenta, pero lo pasamos bien, qué demonios. La expresión tan antigua 'señoritas de compañía' -¿y por qué no 'caballeros acompañantes'?- podría adquirir una acepción más online y acorde con nuestro tiempo. Si bien se mira, la llamada Ley de Dependencia (caída en desgracia, qué lástima) podría extenderse mucho más acá de la vejez o la enfermedad. Al fin y al cabo, todos somos dependientes, todos buscamos correspondencias en los otros, ya sea a los 17 o a los 77. Pero, ¿de qué dependemos? Yo creo que de todo cuanto nos falta algunas veces. Y también de aquello en que reinciden nuestras fantasías. Por ejemplo, una onza de chocolate negro muy puro podría evitar más de una crisis de ansiedad. Media tarde de noviazgo a destiempo -Paseo de Rosales, Parque del Oeste, puesta de sol- curaría no pocos males del alma. Una voz al teléfono (no cualquier voz: aquella por la que mataríamos dos o tres veces cada cuarto de hora), además de reducir el consumo de orfidal, evitaría decisiones equivocadas. ¿De qué dependemos pues? De todo, dependemos de todo. Y también, por qué no, de la pandilla que cada mañana nos saluda a la derecha de la pantalla. Buenos días, princesas. Hola, chicos.