viernes, 14 de marzo de 2014

declaración de bienes

        No sé si es algo personal o está muy extendido, pero a mí me tranquiliza tener la despensa bien surtida, con leche para un mes, conservas, legumbres, fiambres, quesos variados, alimentos no perecederos para pasar un tiempo de encierro domiciliario... por si vienen mal dadas. Sea por una u otra razón, en esta casa siempre tenemos el congelador repleto y los armarios de la cocina llenos de altos y bien ordenados tarros con macarrones, arroz, lentejas, garbanzos; también, cómo no, latas de espárragos, de sardinas, de chipirones en su tinta, de fabada, así como patatas para dar y tomar, galletas, cereales, café y y aceite de oliva para un trimestre. Aunque ese tic tan de posguerra, sin duda improcedente, no se limita a la cocina. Sabemos por experiencia que a todo se acaba adaptando uno, qué remedio, pero yo no me imagino una temporada otoño-invierno sin la compañía de mis libros, incluso de aquellos (los más) que no fuese a leer ni consultar en ningún caso. Todos esos volúmenes constituyen una muralla protectora, un revestimiento contra el frío, contra los fríos de toda condición que siempre están ahí, al acecho. Ya sé que a medio plazo no voy a hacer uso de la mayoría de esos libros, pero su mera presencia me tranquiliza tanto como tener a mano a cualquier hora del día o de la noche válium, nolotil, ibuprufeno, omeprazol, el teléfono de urgencias o una botella de whisky sin estrenar. Con la música me ocurre algo parecido. Hay unos... cuarenta discos que manejo asiduamente: del Kind of Blue de Miles Davis a las Variaciones Goldberg, de Morente a John Coltrane, Jacques Loussier, Billie Holiday, Satie, Callas, Samuel Barber, Melody Gardot, Poveda... entre otros. Sumados los vinilos a los compactos, tengo varios cientos. Para las noches de los sábados están ahí esas películas que nunca fallan; me las llevaría todas a un exilio forzoso (dorado, por supuesto). Historias de Filadelfia, La fiera de mi niña, Shanghai ExpressEl sueño eterno, Encadenados, Sed de mal, Breve encuentro, El Gatopardo, Blade Runner, Mejor... imposible y otras cincuenta o más que constituyen el último refugio donde pasar el crudo invierno a salvo de inclemencias. Necesito pues espacio, estanterías nuevas, tardes enteras y largas horas en fila. Dicho de otro modo: necesito todo lo vivido para seguir viviendo. Y sí, echo de menos viajar más, lo confieso, aunque, si fuera ello posible, llevándome esta casa a Nueva York, este salón tal cual al barrio mejor de Berlín o Buenos Aires, el dormitorio completo, con su armario y su cómoda (y toda la ropa dentro) a Estambul de nuevo, o a orillas del lago Como. Necesito más viajes y más tiempo. ¿Manaos, Katmandú, Cambridge, San Petersburgo y los puertos del Báltico? Por supuesto, pero además y a la vez El jardín de los Finzi-Contini, El siglo de las luces, Suave es la noche, El cuarteto de Alejandría, Bomarzo... Y para todo eso hace falta espacio y tiempo, pero también esta luz que ahora entra, la rosa fresca que tengo delante, este silencio limpio, navegable, el aroma del café que está a punto de llegarme desde la cocina. Digan lo que digan, lo superfluo es para algunos -para mí, sin ir más lejos- un lujo irrenunciable.