viernes, 24 de enero de 2014

oír para ver

Es como meter en la trituradora las Páginas Amarillas y luego tirar por la ventana o aventar desde la azotea los papelillos resultantes, cada uno con sus palabras sueltas, sus entrecortadas direcciones, restos de actividades, fragmentados anuncios, números de teléfono, urgencias, reparaciones, servicios de mantenimiento, peluquerías, instaladores, suministros, farmacias, restaurantes, bazares, academias, distritos... Se podría reconstruir la vida, el día a día, recogiendo uno a uno y juntando los miles, los cientos de miles de minúsculos papelitos lanzados al aire. Algo así podría hacerse con las frases aisladas oídas al azar, con los restos de conversaciones cogidos al vuelo que cada día se producen en los autobuses, en las barras de los bares, en las salas de espera. A poco que uno se mueva por ahí, oye cosas que producen estupor, o que ruborizarían al más desahogado, o ante las que resulta casi heroico no soltar la carcajada. Nadie sabe las confidencias que pueden llegar a hacerse dos amas de casa muy normales mientras esperan su turno en la pescadería del AhorraMás. Ayer mismo mi mujer llegó vivamente impresionada tras haber escuchado (sin pretenderlo) la frase tremenda que un marido de avanzada edad y clase media le espetó a su esposa a la salida del súper: "No sé cómo te he podido aguantar. Tú has sido mi ruina. Me has destrozado la vida." Claro que, eso no es lo más fuerte, comparado con lo que se oye por ahí. Y es que a poco que se sea mirón de oído (sin necesidad de ser cotilla), se encuentra uno a diario con retales de conversaciones y frases tan abrasadoras que podrían dar lugar a una nueva Comedia humana. Pero es que, además, la conversación subidísima de tono que mantienen en el autobús tres adolescentes bien desenvueltas, aún con el uniforme del colegio, tiene su réplíca horas después en un vagón del metro en el que un muchacho de unos diecisiete años habla por el móvil con voz trémula, todavía un poco aflautada, y quienes están cerca de él oyen inevitablemente, no sin cierto pudor, las palabras más dulces y estremecedoras que se hayan pronunciado nunca en la Linea 5 del metro. En las esperas de los ambulatorios se cuentan como si tal cosa (y se oyen, quieras o no) secretos de familia qué nadie sospecharía, relatos de enfermedades y experiencias quirúrgicas atroces, odios africanos entre pacíficos vecinos de toda la vida, amores apasionados (¡y celos turbulentos!) surgidos en las residencias de ancianos y en los viajes del Inserso a Benidorm, esa nueva Babilonia de la tercera edad... En fin, que vaya uno donde vaya le salen al paso -le asaltan, más bien- palabras mayores, insospechadas frases sueltas, deslumbrantes hallazgos expresivos, retazos de conversaciones que, reunidas y bien hilvanadas unas con otras -a la manera de las colchas de patchwork-, darían unas obras completas más grandes que la vida.