viernes, 8 de noviembre de 2013

fondo de armario

    Guardar la ropa de primavera/verano y sacar la de otoño/invierno es un ejercicio ritual que da para alguna divagación acerca del paso del tiempo o del eterno retorno. Como soy un tipo cuidadoso para algunas cosas (la ropa es una de ellas), conservo en buen estado aún algunas prendas muy vividas. A veces, mientras devuelvo a su percha un tres cuartos, o plancho una camisa que sabe más de mí que casi todo el mundo, pienso en lo que esas prendas dirían... si las prendas hablaran. Abro el armario del pasillo –a fin de decidir qué dejo en él y qué bajo al trastero– y mantengo un breve diálogo en silencio con una americana impecable, muy primaveral, estrenada hace 19 años, el día del bautizo de mi hijo mayor, la cual debo retirar por seis o siete meses, como cada otoño, y dejar sitio a otras prendas más abrigadas. O bien, las yemas de mis dedos repasan el tacto aterciopelado del pantalón negro que en 23 años de casado apenas me habré puesto en media docena de ocasiones. ¿Por qué esa reserva tan fuera de lugar? Cuando me lo probé en la tienda, aquel anochecer, supe de inmediato que ese pantalón iba a ser mío para siempre: no necesité mirarme al espejo para saber que ‘ni hecho a medida’. Tal cual. La ropa hecha a medida no queda nunca tan a la medida, tan bien traída a la cintura, con tan buena caída de arriba abajo. Es un pantalón tan perfecto que casi me ha dado miedo ponérmelo, mancharlo, profanarlo, echarlo a perder. Conste que estoy en contra de eso a todos los efectos, pero su tacto aterciopelado es algo aparte. Sé que está siempre ahí, colgado enteramente, de una pieza, aunque rara vez lo miro o lo acaricio, no vaya a ser que lo desgaste. A propósito: ¿Alguien duda a estas alturas que la mirada desgasta? Luego están los jerseys cómodos, acogedores, mullidos. Jerseys de hace una década algunos de ellos, o estrenados la mañana en que vi la retrospectiva de Cristina García Rodero, o la de Horacio Coppola, en el Círculo de Bellas Artes. Durante muchos años conservé una bufanda del mejor paño inglés que alguien me pidió una amanecida con niebla, hace un millón de años, como recuerdo de aquella noche, y yo se la negué, oh, miserabile, retirándola de su cuello perfumado cuando nos despedimos. Pasado el tiempo, la bufanda desapareció sin yo advertirlo; años después, quizá tras algún cambio de domicilio, alguna mudanza, volvió a aparecer por sorpresa, como resurgen a veces los olvidos mejor guardados y los arrepentimientos. Me acordé de aquella noche, y de mi gesto mezquino, tan impropio. Sigo aquí, delante del armario abierto: ese chaquetón de paño –así como de marinero en Rotterdam– me ha acompañado los últimos doce inviernos; junto a él, esta americana color arboleda en Tierra de Campos a finales de octubre, primeros de noviembre, ha estado en tres o cuatro teatros, varios encuentros, algunas cenas memorables con amigos, con personas queridas. Un poco más allá, hacia la izquierda, ¿qué me dicen estos vaqueros colgados? Bien claro está: habíamos ido al cine aquella noche. Marion Cotillard paseaba como nadie por la pantalla cuando, hora y media después, Carmen y yo caminábamos sin prisa a la salida de Midnigth in Paris. ¿O fue al revés: Carmen y Marion paseaban a la orilla del Sena mientras yo intentaba prolongar aquel sueño hasta dar con un final feliz? Hoy la mañana está de un gris mate en Madrid, de un gris edimburgo elegantoso como de película inglesa de espías. O como para empezar una novela de John Le Carré. Buen momento para consultar con el fondo de armario. O para mirar escaparates y hacer frente a una disyuntiva dramática: ¿Zara o Armani? ¿Sensatez o... la Visa por la ventana? Cierro el armario y me preparo una infusión de tila.