viernes, 26 de julio de 2013

sé que estás ahí

¿Quién no ha soñado alguna vez tener un admirador del que nadie conoce su existencia? Tener un admirador/a es como quien tiene un amante en un lugar remoto y a la vez muy próximo. Y quien dice un ‘admirador’ dice un ‘seguidor’. Pues bien, a día de hoy puedo afirmar que tengo un seguidor/a en Ucrania. Así, tal cual. Todas las semanas, tras publicar aquí el post de los viernes, veo en las estadísticas servidas por Blogspot que se ha producido en este blog una discreta, silenciosa visita desde algún lugar de Ucrania. Quién  será él o ella, me pregunto; cuál será su nombre, su edad, su profesión; cómo será su voz, el movimiento de sus manos, su mirada; qué habrá visto en este rincón para entrar en él semanalmente. ¿Será uno de los 18 ucranianos que entraron aquella mañana del miércoles, 20 de julio de 2011 (¡qué memoria la mía!), en mi blog de entonces, diario de un copy en crisis? Yo escribí que podían ser 18 ucranianos distintos, pero también uno solo que valiera por docena y media y se hiciera pasar por los 17 restantes. Sea él o ella quién sea, lo cierto es que la visita semanal procedente de Ucrania –gran potencia agrícola, como ya expliqué en aquel post– me llena de secreto orgullo y de curiosidad infinita. ¿Cuál será su lengua materna? ¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Cuántos metros cuadrados tiene su apartamento? ¿Qué ve por la ventana? ¿Es consciente de que cuando me está leyendo... yo (mirón) le estoy/la estoy mirando? Observar a alguien leyéndote en la intimidad es algo semejante a mirarlo a escondidas, y ver (sin ser visto) cómo te mira por el ojo de la cerradura. ¿Mirar... o ser mirado... mirando? ¿Mirar... o ser mirada? Ay de mí. Te estoy mirando mirándome y no te veo, hombre o mujer invisible, pero sé que estás ahí, en Ucrania, gran potencia cerealística, país de gente alta, guapa y rubia.

PD: En agosto nos concedemos una tregua para descansar la mirada hasta septiembre, que es el tiempo de la vendimia y de volver a empezar, ya con los frutos recogidos, y con la luz del membrillo posada en nuestros párpados, acariciándonos las yemas de los dedos.