jueves, 4 de julio de 2013

ritos de verano

Un hombre solo en casa en verano tiene mucho peligro: se está demasiado bien. Yo siempre paso el mes de julio así, tal que un anacoreta. Como es lógico, uno va creando sus propios ritos. Para librarme en lo posible del calor de Madrid, las persianas permanecen bajadas casi por entero la mayor parte del día. Tras la caminata matutina,  el café con hielo no puede  faltar sobre la mesa de trabajo, a la derecha del ordenador. Durante casi toda la mañana hay en la casa un silencio navegable, solo interrumpido por alguna llamada de teléfono o por “el cartero del banco”, que toca el timbre desde la calle para que le abra y pueda hacer su trabajo. Bueno, a veces pasa la furgoneta del tapicero con su megafonía bien audible. A media mañana, aprovecho un viaje a la cocina para regar las plantas. Por cierto, yo no hablo con ellas: bastante tengo ya con lo que hablo conmigo mismo de viva voz. Pero no todo es silencio y ascetismo: a eso de la una y cuarto, suena el primer vinilo del día –los vinilos son para el verano–, a menudo mi canción favorita de todos los veranos: Felicità, de Lucio Dalla, en aquel long play que grabó con Gianni Morandi. “¡Aaaah, felicidad!, sobre qué tren en esta noche viajarás...” Aunque tampoco es raro que suene esa maravillosa invitación al viaje que es Vailima, del viejo Aute: “También pudiera ser / que huyéramos hacia el azul / con rumbo a un atolón / perdido en los mares des sur...”  Pero eso ya sucede con una lata bien fría de Mahou cinco estrellas al alcance de la mano. No lo niego, a veces me echo un bailecito y todo, desplazándome por el salón como un Fred Astaire de pacotilla. Pero, ¿y lo a gusto que se queda uno? Por supuesto que, tras la comida, la siesta es irrenunciable, y si hay suerte y va acompañada de alguna fantasía..., pues mejor que mejor. La tarde tiene ya otro ritmo. Son las horas de mayor calor. Más café con hielo (ahora descafeinado). Más cerrada la penumbra. Luego, si la cosa funciona y he escrito algo decente, ¿qué tal un gintónic bien servido, con ese escalofrío que sienten los hielos al recibir la visita de la reina ginebra? Y ahora sí, ladies & gentlemen, la bruja Joplin se desmelena y la casa se pone estupenda con la llegada de nada menos que Me and Bobby McGee. Y aquí sí que no queda otra que subir el volumen y celebrar la vida, qué coño. Después, ya más sosegado, es posible que uno piense en los años vividos y se ponga algo melancólico por un rato. Es el momento de buscar el elepé Between the lines, de la otra Janis, Janis Ian, y dejarse uno acariciar por aquella canción: At seventeen. Sé que no debo escucharla, no me hace bien. ¿Para qué la escucho, entonces? Para qué va a ser. Como diría Juan Ramón, “para darme tristeza”, y a continuación llamar a la novia y decirle que la quiero. En fin. Como habéis tenido el detalle de llegar hasta aquí, os voy a hacer un pequeño regalo, una rara joyita: Janis Joplin y Tom Jones en un directo insuperable. Qué manera de cantar. Y qué manera de moverse (ella). Así eran las cosas por entonces. Pero, ojo, en este blog está prohibida la nostalgia. Tan solo se permite tener nostalgia del futuro.