viernes, 7 de junio de 2013

elogio del matrimonio

 Siempre he sentido predilección por esas escenas de las películas americanas de la edad de oro del cine –años 30 y 40– en que el matrimonio se dispone a salir a cenar, habitualmente en Delmonico, en la 5ª Avenida, con otra pareja o grupo de amigos. El marido suele estar ya irreprochablemente vestido de etiqueta –si acaso a falta de hacerse el lazo de la pajarita–, y mientras ella se da los penúltimos toques ante el espejo, él se sirve un dry martini con mucho estilo, o un whisky con soda; más que nada, por hacer tiempo y entonarse un poco. Es entonces cuando ella, poniéndose un pendiente o examinándose el rímel y el rouge, le dice, en un tono entre casual y como distraído, eso que tanto me gusta: “Cariño, ¿me ayudas a subirme la cremallera?” Él acude solícito, claro está, pero sin apresuramientos, y ella, en un gesto maravillosamente femenino, se recoge el cabello en la nuca y le ofrece la espalda, con la cremallera del vestido subida solo a medias. El caballero se aplica a la tarea, pero, un segundo antes o inmediatamente después, ambos se miran en silencio a través del gran espejo que tienen delante. De esas miradas cruzadas, y del modo en que él suba la cremallera, va a depender la situación de la pareja, su estado sentimental, el devenir de la película. Así pues, el espectador ha de estar muy atento al detalle, al gesto, al ritmo...  En eso pensaba yo el otro día, desde el interior del probador de Zara –sección chicas– mientras mi mujer se probaba un vestido negro y ajustado, de verano, sin mangas, diez centímetros por encima de la rodilla, con cremallera a la espalda. El hecho en sí de entrar en la ‘zona mujer’ de probadores, tiene su aquel para un hombre, y más aún tratándose de un mirón declarado. Luego, ya en el pequeño receptáculo, tras la cortina, esos instantes íntimos en que ella se desviste para probarse el modelo elegido (¡qué decir del sonoro ‘fru-frú’ que produce el vestido sin estrenar al recibir el cuerpo de una mujer!); a continuación llega esa secuencia incomparable: observar el momento intransferible de ajustárselo ella a sus líneas y a sus curvas, a sus volúmenes; de hacer que todo esté en su sitio; de alisarlo con la palma de sus manos y observar el efecto en el espejo de arriba abajo... Eso es impagable: de las mejores cosas que tiene el matrimonio. “¿Qué tal me sienta? ¿Cómo me ves?”, te pregunta ella, examinándose. Tras un silencio valorativo, respondes: “Divina de la muerte.” Por momentos, el mundo está más que bien hecho, las expectativas son de ensueño y hay que elegir el día y el lugar para estrenar ese vestido y cenar en Delmonico. Por si algo faltara, ella te dice en voz baja, con ese brillo inequívoco en los ojos: “¡Y está genial de precio!”