viernes, 15 de marzo de 2013

hablar para ocultar


Ni siquiera es hablar por no callar. No, lo que hacen muchos de nuestros gobernantes es hablar para ocultar. Ese es el fin último de toda esa hojarasca que lanzan al aire a la menor ocasión. Algunos de ellos han depurado hasta extremos  de auténtico virtuosismo el arte de hablar sin decir nada. O decir lo contrario de lo que la realidad revela. Lo que oímos un telediario sí y otro también en boca de ministros y dirigentes diversos no son meros eufemismos, ni vaselina retórica, ni siquiera las recurrentes mentiras piadosas (tan necesarias a veces). Es algo mucho más ambicioso: el intento de negar la realidad y suplantarla por otra más amable y acorde con sus intereses. El arte de birlibirloque: nada por aquí, nada por allá, y de pronto... ¡zas!, la chistera ha desaparecido con el conejo dentro. Lo cual tiene su mérito, nadie lo discute. Por ejemplo, ¿cómo acabar con el drama insufrible de los desahucios? Muy sencillo: retirando de la circulación la palabra ‘desahucio’, como se ha hecho en Castilla-La Mancha. Es solo un ejemplo. Recientemente, en un reportaje publicado en El País, se asombraba Soledad Puértolas al ver cómo algunos niegan la evidencia “con una rotundidad que te quedas perpleja", dice, "porque quieren que no veamos lo que vemos.” Esa es la cuestión: que no veamos lo que vemos. Y que veamos lo que no hay. Siempre recuerdo lo que decía un compañero mío de trabajo, en una mezcla de cinismo y desfachatez: “A mi me pilla in fraganti mi mujer con otra en la cama... y le digo sin pestañear que está viendo visiones, que allí no hay nadie, que está tan obsesionada... que eso le hace ver lo que no pasa más que en su imaginación.” Y dicho esto, añadía: “¿Qué vas a hacer? ¡Pues negarlo! ¡No te queda otra!” La anécdota es bastante chusca, sí, pero ilustra a las mil maravillas ese afán de suplantar la realidad mediante la perversión del lenguaje. Y cuando esa práctica se generaliza y se repite una y mil veces por todos los medios (y son muchos los medios), nos encontramos ante una realidad paralela que  pretende hacerse pasar por la genuina realidad, y como nos descuidemos un poco, nos dan el cambiazo sin que nos demos cuenta. Aunque la inquietud (o algo más) que nos suscita esa suplantación... se desvanece por momentos ante hallazgos tan insuperables como el ya histórico: “La indemnización que se pactó fue una indemnización en diferido. Y como fue una indemnización en diferido, en forma efectivamente de simulación...” El gran Mario Moreno, Cantinflas, no lo hubiera hecho mejor.