viernes, 8 de marzo de 2013

ars amandi


De un tiempo a esta parte veo y oigo hablar de la princesa Corinna –Corinna zu Sayn Wittgenstein, nada menos–, a la que se alude con toda naturalidad como ‘la amiga íntima’ o, directamente, ‘la amante’ del rey. Y eso se da por hecho tanto en los medios  como en las barras de los bares, el autobús o la pescadería. La cosa es muy sencilla: el rey tiene o ha tenido una amante y se llama Corinna. Y ya está. Hay personas a las que eso les parece mal, o muy mal, incluso escandaloso. Pero también es cierto que a otra mucha gente, por lo que veo, no le parece ni bien ni mal: es así y punto. Yo no voy a hacer aquí valoraciones de índole moral ni me voy a meter en jardines, reales o no, pero sí una mínima reflexión sobre las relaciones personales. Por cierto, ¿habría la misma actitud si fuese la reina quien tuviera por ahí un príncipe Corinno? No lo sé. A lo que iba. Con la cantidad de problemas gravísimos que ha ocasionado y sigue haciéndolo el tema de la ‘infidelidad’, me pregunto por qué, cuando se han solucionado otras cuestiones no menores, seguimos sin resolver este viejo asunto. Dicho de otro modo, ¿por qué el sexo sigue estando ‘sacralizado’ y las relaciones sexuales son admitidas exclusivamente en el ámbito de la pareja? Fuera de él, cualquier relación amorosa o sexual es considerada, aun en el mejor de los casos, algo reprobable, o infame, cuando no motivo de ruptura inmediata, muchas veces con drama familiar incluido. ¿Tan desestabilizadora ha de ser cualquier relación de, digamos, ‘amistad amorosa’ que pueda convivir en armonía (o al menos sin conflicto) con la propia relación estable y madura de pareja? Yo dudo que eso tenga que ser así necesariamente. Si a los hombres y a las mujeres se nos permite tener amigos o amigas del alma fuera de la pareja, ¿por qué no se admite el amor o el sexo (ocasional o frecuente) con esos mismos amigos, amigas, cuando es un hecho sabido que muchas veces el sexo es una prolongación de la amistad? Es aquí donde entra el sempiterno tabú: la exclusividad; tu cuerpo me pertenece por entero a mí y solo a mí. Me pregunto que ocurriría si se ‘despenalizara’ socialmente la amistad amorosa paralela o complementaria. La caricatura nos llevaría, claro, al escenario del atracón, de la promiscuidad absoluta, de la orgía continua y el desmadre generalizado. Vale, bien, pero ya sabemos que eso no tiene mucho sentido, entre otras cosas porque la experiencia y el saber nos dicen que no hay fiesta que cien años dure ni cuerpo que lo resista. Vamos a situarnos por un momento en un supuesto indemostrable: ¿Y si resulta que la cosa funciona? ¿Si esa manera abierta de entender las relaciones personales trajera más beneficios que perjuicios? ¿Si al cabo de un tiempo de su puesta en práctica las estadísticas dijeran que el ‘nuevo escenario’ ha favorecido el entendimiento, la igualdad entre hombres y mujeres, la calidad de vida de los ciudadanos, incluso la estabilidad social y familiar? ¿Qué? ¿Qué pasa si la cosa funciona? Y ya puestos, ¿qué ocurriría si un programa informático súper megaavanzado demostrara de manera virtual pero categórica que la abolición de la EAO –Exclusividad  Amorosa Obligatoria– traería a las sociedades abolicionistas toda suerte de benéficas consecuencias? Pues qué iba a pasar, que Rouco Varela excomulgaría a todo aquel protervo que osara..., y el Gobierno negaría toda validez a las conclusiones del programa prospectivo, por más que estas vinieran avaladas por la comunidad científica y por millones de amantes. En fin. No sé si para entonces quedarán (quedarían) reyes o princesas en ejercicio, pero la revista ¡Hola! nos regalaría cada semana portadas y reportajes de alto valor humano, protagonizados por los grandes pioneros de sangre azul que lucharon denodadamente, aquí o en Botswana, o en el exilio dorado, para hacer posible el milagro de los leales y generosos amadores, con los que siempre estaremos en deuda.