viernes, 4 de noviembre de 2016

rojo sobre negro

      En estos casos suelo contar lo de un compañero mío que tenía por norma dejar pasar el tiempo hasta que se acercara el momento de presentar la idea, el concepto creativo, la campaña. Si disponía de 48 horas, esperaba a los últimos 45 minutos para tomarse tres cafés dobles, fumar ansiosamente un cigarrillo tras otro y, con gesto atormentado, garabatear en el último momento unas pocas líneas definitivas. Recurro a esto para ir llenando el espacio en blanco y hacer como que escribo, antes de admitir la realidad: que hoy no tengo tema, ni ganas de salir a buscarlo. Podría acudir a borradores no publicados, o refugiarme en espacios de confort. También podría hablar de política y despacharme a gusto, pero hace tiempo que decidí no pisar más ese terreno, por las mismas razones que dejé de fumar: me sentaba mal y temía sus consecuencias. Con la política me ocurre otro tanto: si digo lo que realmente pienso, ello no me traería nada bueno, ni agradable. Mejor dejarlo estar y mirar hacia otro lado. Mirar, por ejemplo, hacia algún instante prodigioso, de esos que la vida nos depara ocasionalmente a los mirones. Pongamos por caso lo sucedido durante unos segundos el pasado lunes, a media tarde, en plena calle, junto al Café de La Paix, en París. Como quien ha salido de la pantalla de algún cine cercano -a la manera de La rosa púrpura de El Cairo-, aparece una figura portentosa de casi dos metros de estatura: un negro con traje negro, negro sombreo de ala ancha y algo así como un foulard rojo vivo anudado a la cintura. Una mezcla de atleta, modelo y bailarín de Broadway. Estacionado en la acera, levanta el brazo izquierdo en señal de aviso a un coche que se aproxima. Yo no había visto a nadie, lo juro, levantar un brazo de ese modo, con tal soberanía. El coche se detiene a su altura. Nuestro hombre abre una puerta suavemente y salen dos niños y una mujer, blanca, rubia, bien vestida. Mi mujer y yo observamos la escena desde la otra acera. Todo sucede como en un tempo diferente, en una atmósfera de irrealidad o ensueño. Acto seguido, los cuatro echan a andar. El hombre lleva de la mano a uno de los niños. Sus movimientos, sus andares, son a la vez elásticos y majestuosos, eurítmicos, coreográficos, como si en lugar de caminar se deslizara por la pista de baile o de hielo. Por dos veces volví la vista hacia él. A lo lejos, su alta cabeza, su sombrero, sobresalían aún entre la multitud.