viernes, 18 de noviembre de 2016

ni pena ni miedo

     Esa divisa del poeta chileno Raúl Zurita -"ni pena ni miedo"-, excavada en el salitre del desierto de Atacama, con una longitud de más de tres mil metros, quisiera yo hacerla mía en estos tiempos de tribulación en que el retroceso avanza por todas partes, en todos los órdenes. La semana pasada, tras conocerse los resultados electorales en EE.UU, el Nobel de Economía Paul Krugman escribió: "Resulta tentador llegar a la conclusión de que el mundo se va al infierno, pero como no se puede hacer nada al respecto, ¿por qué no limitarse a cuidar del jardín?" Y en verdad es tentadora esa idea de la renuncia (que el propio Krugman rechaza), del abandono ante lo inevitable. Después de todo, si la suerte está echada... para qué librar esa batalla perdida de antemano. Incluso tendría su estética. No sé si estaremos aún a tiempo de reaccionar frente a ese mundo de pesadilla que ya se deja ver sin recato ni disimulos. Los patrocinadores de esa irresistible ascensión se sienten fuertes, seguros de su empresa, y mientras aquí nosotros languidecemos de melancolía, hace tiempo que ellos están entrando a saco en el templo. Y además con todas las de la ley. En una escena de esa maravillosa película que todo aficionado al cine debería ver ya mismo, Historia de una pasión -A Quiet Passion-, Emily Dickinson se lamenta amargamente ante su hermana: "Vinnie, ¿por qué el mundo se ha vuelto tan feo?" Y más feo que se va a poner. Si las cosas son lo que parecen, la que se nos avecina es de una fealdad intolerable. Pero, mira por dónde, quizá esa necesidad de defender un mínimo de elegancia estética, y por tanto moral, nos lleve a algunos diletantes estetas hedonistas a tener al fin un gesto teatral y hermosamente inútil (o no) frente la barbarie. Me estoy poniendo estupendo, lo sé, y me encanta, casi que me excita la libido de este jueves 17. Es mediodía y el cielo de Madrid que veo a mi izquierda, tras la ventana, resulta un escándalo de puro azul limpísimo, guilleniano. Mientras escribo, suena una vez más Marin Marais, la banda sonora de Tous les matins du monde. Nada que ver pues con esa basura, con esa distopía tan amenazadora. Y bien mirado, quizá este post haya sido un malentendido por mi parte, una falsa alarma. Y además, ¿quién dijo miedo? Ni pena ni miedo. Así las cosas, si hay que elegir una canción, qué mejor en estos días que una de Leonard Cohen recreada en Omega por el gran Morente: "Primero conquistaremos Manhattan / después conquistaremos Berlín."