viernes, 14 de octubre de 2016

musas

     Es curioso, en lo que va de semana he escrito suficientes posts como para irme un mes a Isla Mauricio sin tener que ocuparme de la confesión de los viernes en este blog. ¿Afán acaparador, síndrome de la despensa llena? No, no lo creo; soy más cigarra que hormiga. ¿Laboriosidad japonesa? Eso sería algo contra natura en mí. ¿Entonces? Supongo que las musas andan sueltas y vienen a rondarme todas a un tiempo. Las musas de otoño son las preferidas de la madurez, las más voluptuosas y tentadoras, como tardías chicas de Ipanema que viniesen a sugerirnos ideas un poco locas, desacostumbradas, o nos soplaran al oído melodías muy dulces que a veces, ay, son cantos de sirenas. Pero ¿a quién no le tientan los cantos de sirenas? Y más aún a estas edades del hombre. ¿No es de una gozosa promiscuidad juvenil escuchar seis u ocho cantos a la vez y tratar de transcribirlos? Aunque también, en este caso, pudiera tratarse de un recurso para mirar hacia otro lado y evitar así la mala conciencia por las cosas dejadas en blanco, a medio hacer, abandonadas... Recuerdo haber leído que el prolífico Vázquez Montalbán escribía de pie, y que tenía en su estudio varias máquinas de escribir en otros tantos atriles por las que iba pasando de una a otra con toda naturalidad. Por ejemplo, dejaba a Pepe Carvalho haciendo la compra a media mañana en el mercado de La Boquería y en la olivetti más próxima completaba un artículo para la revista Por Favor; en la siguiente, el compromiso semanal con Mundo Obrero; dos pasos más allá, le esperaba la columna de El País. No sé si su poesía también entraba en ese trasiego. Habrá quien considere que así no se puede escribir, que no es serio, pero yo pienso todo lo contrario: claro que se puede, y además, esa manera alterna y discontinua, ese escribir a brincos, da mucha agilidad y a menudo produce sinergias insospechadas. Pasar de rosa al amarillo, o de las musas al teatro en horas veinticuatro, aviva el seso tanto como (supongo) tener activos tres amores a la vez, varios domicilios, cuatro o cinco pasaportes, distintas dedicaciones. Si de escribir hablamos, nada me resulta tan excitante como mantener abiertos en el ordenador media docena documentos e ir pasando de uno a otro con esa desenvoltura de quien entra y sale alegremente de los bares. Qué gozo interrumpir un largo correo de mucha complicidad para contestar a otro recién entrado, o añadir algunos versos al borrador de un poema, o rematar este post, o empezar uno nuevo. ¿No es este vaivén un regodeo en la concupiscencia? Y si además llegan de pronto todas las musas del otoño... Entonces esto se convierte en una orgía.