viernes, 21 de octubre de 2016

mientras los demás duermen

     Si damos por bueno que lo que no se recuerda es como si no hubiera existido, y que no todo lo recordado existió realmente, entonces ¿dónde empieza y acaba la responsabilidad de cada uno? Y eso nos lleva a una cuestión que antes o después nos sale al paso: ¿cuándo prescriben los actos (y las omisiones) en la conciencia? Si la pena máxima son 30 años de prisión, no parece justificado mortificarse por algo que sucedió hace una eternidad. Quizá deberíamos ser más compasivos con nosotros mismos y perdonarnos aquello cuya penitencia ya cumplida exceda al daño causado. Una mala noche la tiene cualquiera. Y unas copas de más, también. ¿Quién, en la alta madrugada, no ha apuñalado por la espalda a su mejor amigo? ¿Quién, en la fiesta de Navidad de la empresa, aprovechando la confusión, no ha besado apasionadamente a la mujer de su jefe y le ha propuesto una fuga loca a la Riviera Maya? Si cada uno tuviese que responder de sus deseos más inconfesables, habría que establecer de inmediato el infierno en la Tierra. Aunque, si bien se mira, ¿qué otra cosa son las pesadillas sino el castigo a nuestros secretos anhelos movidos por la codicia, la envidia, la lujuria, el rencor? Por otra parte, cómo no sentir desasosiego al saber que cada cierto tiempo aparece alguien que ha pasado la juventud en la cárcel por un delito que no cometió. Pero también, ¿por qué pecados ajenos cumplo yo penitencia con mis horas insomnes? El mundo no está bien hecho: mis desvelos nocturnos están pagando el karma de otro, de otros. Al principio me resignaba a ello como algo inevitable; pasado un tiempo, para resarcirme un poco, me aficioné a dejarme llevar por fantasías que, de conocerse, perjudicarían seriamente mi reputación. Así pues, ante un castigo que no responde a delito ninguno, mi justicia poética consiste en fantasear con atrocidades y perversiones que sonrojarían al más desvergonzado de los libertinos. No voy a entrar en detalles escabrosos, claro está, pero confieso que mangoneo a mi antojo en los escrutinios electorales, hago saltar la banca de los casinos, vacío cuentas en paraísos fiscales, arruino de la noche a la mañana a los Donald Trump del mundo. A cambio, financio causas justas y lleno las arcas de Médicos sin Fronteras, Amnistía Internacional, Acnur, Save the Children, Greenpeace... Aunque también, ay, convertido en el hombre invisible, me deslizo como una sombra trémula en las alcobas de las bellezas más deseadas. Y de ese modo tan grato, tan dulce, espero a que el sueño me llegue mirando a las estrellas.