viernes, 10 de junio de 2016

cuando todo podía suceder aún

      Me ocurre lo mismo que al narrador y protagonista de la novela, que no quiero salir de las diez hectáreas y las trescientas páginas de El jardín de los Finzi-Contini. Se está demasiado bien allí, pasando las mañanas en la biblioteca del professore Ermanno, jugando al tenis con Alberto, conversando dulcemente con Micòl bajo los árboles centenarios. No hay duda: es el lugar perfecto para quedarse uno a vivir... largas temporadas. Tan es así que, a medida que se acerca fatalmente el final, retrocedo varios capítulos, avanzo hacia atrás, con ese gesto característico que tenía Micòl de avanzar volviendo la cabeza hacia el pasado. Todos tenemos nuestros refugios preferidos donde dejarnos llevar por la querencia en caso de peligro, exilio interior, enfermedad o melancolía incurable. Hay quien cabalga toda la noche hasta llegar a Camelot, donde reina la nobleza del Rey Arturo y sus caballeros cristianos. Otros preferirán quedarse con Justine -"Sabes que jamás cuento una historia dos veces de la misma manera. ¿Acaso eso significa que miento?"- en la Alejandría de El cuarteto. Tampoco faltará quien prefiera restablecerse de los males del alma en el Sanatorio Internacional de Berghof, en los Alpes suizos, donde se levantan las más de novecientas páginas de La montaña mágica. Y eso es, quizá, lo único que yo echo de menos en El jardín de los Finzi-Contini: novecientas páginas. Alguien, algún jardinero paciente -¿Alessandro Baricco?- debería hacerse cargo de Il giardino e ir recreando esas seiscientas páginas que yo echo en falta. Y ya de paso, ¿qué tal si le cambiamos el final, dejándolo de tal modo que quepa en él el beneficio de la duda? Quizá el propio autor, Giorgio Bassani, tuvo algún momento de vacilación cuando se vio ante la encrucijada de 'salvar' a los Finzi-Contini... o ser fiel a la memoria, a la historia reciente: "Entonces, cuando todo podía suceder aún, debí haberlo hecho." ¿Por qué no imaginar lo que pudo haber sido de ellos, de esa familia, si el autor hubiera alterado lo sucedido en apenas un párrafo? Basta con sustituir una ficha por otra, una sola, para cambiar el curso de los acontecimientos. Quizá Micòl y los demás podían haber burlado al destino en noviembre de 1943, y, en lugar de ser conducidos a ese tren que los llevó a Alemania, habrían tomado un barco que, tras un largo y azaroso periplo, los llevaría a... a la Argentina, por ejemplo. Y de ese modo sus vidas habrían continuado en otra novela, en la imaginación de otro autor. Así las cosas, ¿por qué no reaparecer -ya bajo otra identidad- en La historia del amor, de Nicole Krauss? Más aún: ¿Y si el propio Bassani hubiera dejado un manuscrito desconocido en el que contara qué fue de los Finzi-Contini tras evitar in extremis la deportación al campo de exterminio, desmintiendo así su Epílogo en la afamada novela?