viernes, 17 de junio de 2016

a propósito de Facebook (o el placer de callar)

       En Facebook caben todos los excesos y también lo contrario: el ascetismo extremo. Si existiera un manual del buen uso de las redes sociales, debería decirse en él que Facebook es algo semejante a un bufé donde cada cual se sirve a su gusto y medida. Por tanto, ha de tenerse en cuenta la hora y el apetito del usuario, pero también las posibles alergias, las intolerancias del propio organismo, las reacciones o ardores que a cada uno le provoca esto o aquello. En tiempos de hambrunas están justificados los banquetes de cinco horas, las grandes tracaladas de amigotes. Con Facebook sucede algo parecido: en caso de mucha necesidad, el usuario se puede dar un atracón y pasarse semanas enteras entrando a todos los trapos y comentando hasta la última tontuna que le salga al paso. Pero, superada esa fase, hay que elegir el tipo de relación que uno desea mantener, las amistades que está dispuesto a cultivar, aquello que descarta de antemano y lo que comparte con gusto. También tiene uno que decidir si va a ser miembro activo o pasivo, y en en qué medida. Yo mismo empecé adoptando una actitud generosa, un perfil expuesto y despreocupado. Pero lo cierto es que no se puede estar en todo y atender a todos todo el tiempo sin perder la compostura y el buen humor. Hace unos meses me enfadé y escribí una especie de 'hasta aquí hemos llegado'. A partir de entonces mis apariciones en fb se limitaron a colgar cada viernes este blog y poco más. Aunque de un tiempo a esta parte me muestro más relajado, menos ríspido, incluso me animo a compartir alguna foto, algún artículo, cosas de amigos. Pero en la distancia algo se aprende. Se aprende, por ejemplo, a no meterse uno en todos esos jardines que ahora eludo con gustosa displicencia. Qué placer tan insospechado el de abstenerse, el de no pronunciarse. Callar en ciertos casos puede ser de lo más voluptuoso, sobre todo si es en medio del griterío. Cuando los impacientes te interpelan para que te pronuncies, para que manifiestes dónde y de parte de quién estás, es un placer maravilloso dar por respuesta una sonrisa enigmática. Y más aún en tiempo de elecciones. Impacientar al adversario produce una secreta satisfacción que ha de ser necesariamente buena para la salud mental. Y es que hay quienes parece como si, tras arduos esfuerzos intelectuales, eligieran la majadería más gruesa de la mañana para colgarla a la vista de todos, algo así como diciendo: '¡Jódete, que te la he metido doblada!' Con estos es con los que más disfruto no respondiendo. Para ellos cultivo un silencio que viene a decir: 'Nada, chico, ni por esas vas a obtener el privilegio de alterarme, ni que te obsequie con un un merecido desplante.' En fin, sonrisas y bagatelas.