viernes, 15 de enero de 2016

pentimento

     "La antigua pintura al óleo, al correr del tiempo, en ocasiones pasa a ser transparente. Cuando esto sucede, es posible, en algunos cuadros, ver los trazos originales: aparecerá un árbol a través del vestido de una mujer, un niño abre paso a un perro, un barco grande ya no se ve en un mar abierto. A esto se le llama 'pentimento' porque el pintor se arrepintió, cambió de idea." Con estas palabras tan sugerentes comienza la novela de Lillian Hellman titulada precisamente así: PentimentoPero eso no sólo sucede en la antigua pintura al óleo. Al correr del tiempo, sí, la memoria trasluce olvidos, deja ver cosas que se nos habían despintado. Y en efecto, a través del vestido de una mujer aparece algo, alguien, quizá la propia mujer. O tal vez otra. La memoria tiene muchas veladuras, y hay recuerdos que con los años se difuminan hasta desvanecerse en ese mar abierto. Es un vaivén que lleva de la memoria al olvido, y del olvido a no se sabe dónde, y de ese desconocido más allá al más acá de nuevo, regresado, pero ya no es lo mismo, no, aunque tampoco enteramente otro. Lo que le ocurre al recuerdo en ese viaje de ida y vuelta es un misterio. La memoria trabaja mucho por su cuenta, y hay cosas de las que se arrepiente y abandona; a cambio incorpora otras dudosamente ciertas que recoge al pasar. Pero arrepentirse forma parte del juego, incluso diría que en el vivir de cada uno hay siempre un cupo destinado al arrepentimiento. Y quizá eso constituya una forma de soltar lastre y mantener un cierto equilibrio interior. Aunque no tengo claro si el hecho en sí de arrepentirse limpia o envenena. Es posible que haya un fondo de masoquismo en ello, en el dolor que nos infligimos al arrepentirnos de algo. Y qué decir de esos pentimenti que aparecen antes incluso de cometer el fatídico acto; o al contrario, los que se producen por no intervenir a su debido tiempo, por rehusar o abstenerse uno. Estos últimos son los peores, los que más atormentan. Si fuésemos más sabios, más estoicos, no practicaríamos el ejercicio del arrepentimiento: nos entregaríamos a la fatalidad de los hechos, a la indolencia ante lo inevitable de lo acontecido. Seríamos cínicos y elegantes. ¿Estaremos aún a tiempo de rectificar? Demasiado tarde, creo yo. Y además, ¿cómo hacerlo? ¿Arrepintiéndonos de habernos arrepentido? ¿O no arrepintiéndonos ni siquiera de nuestros más penosos o innecesarios arrepentimientos? Complicado asunto. Voy a dejarlo aquí, antes de que me arrepienta de haberme metido en este jardín, y eso me lleve a borrar todo lo escrito y empezar de nuevo. Sería el cuento de nunca acabar.