viernes, 22 de enero de 2016

dice Vicente Verdú

     Dice Vicente Verdú en uno de sus pensamientos breves: "He notado, desde hace años, que cuando espero con anhelo una noticia buena llega una mala. Pero, también, cuando temo la mala, aparece la buena." Y añade: "Prueba del revés y los reveses de que se alimenta lo real. ¿Cierto? ¿Falso? ¿Retórica del deseo?" Certezas aparte, parece como si un principio invisible aplicara la ley del péndulo a las expectativas y a los temores. Da un poco de miedo hacer pronósticos optimistas o confiar en que habrá buenas noticias en relación con esto o aquello. Casi es mejor hacerse el distraído y mirar para otro lado como el que nada espera. O incluso ponerse fatalista y parecer cenizo. De lo contrario, diríase que va uno pidiendo guerra, desafiando a las potestades. Se trata de no ponernos estupendos y evitar así el llamar la atención de los dioses, siempre dispuestos a cortar de raíz la menor veleidad de los humanos. Quizá esto tenga que ver con lo de la mala salud de hierro y otras aparentes paradojas, pero también con los ciclos (siempre que llueve escampa), y con las leyes de la física (todo lo que sube baja), y con eso que rara vez sucede y que llamamos justicia poética (donde las dan las toman). Así las cosas, ¿quién se atreve a arriesgar un pronóstico alegre y confiado para la actual legislatura apenas estrenada? Con esa diabólica aritmética parlamentaria, ¿quién se anima a susurrar siquiera un deseo, a mostrar en público una ilusión razonable en favor del buen sentido que inspire al nuevo Gobierno, sea este el que sea? Conociendo las destrezas del infortunio, no me atrevo a hacerme ilusiones, por más que en algún momento pudiera parecer que, aunque remota, hay alguna posibilidad de no salir mal del todo. No. Es preferible temerse uno lo peor y esperar al telediario para que nos anuncie la mala nueva una vez más. Luego vendrán 'los mercados' a confirmar los peores augurios. A ver si de ese modo, con la cabeza agachada y la cerviz ofrecida al sacrificio, el fatum nos ve tan sumisos que se apiada de nosotros y nos concede una tregua, una dádiva. No olvidemos que las muestras de alegría son toda una provocación para el aciago demiurgo. Nunca lo admitiré de viva voz, pero confieso que, en los devaneos del duermevela, le doy tiza al taco, compongo la postura más barroca del billar y permito que la fantasía acaricie insospechadas carambolas de la aritmética parlamentaria y de la geometría variable. Aunque todo ello sucede al amparo de la noche ciega, allí donde es posible la impunidad de los secretos más inconfesables, y aun de los deseos más nobles y desacostumbrados. Pero, por favor, silencio, no despertemos a la fiera.