viernes, 20 de noviembre de 2015

de lo que (no) quiero hablar

    "En mi vida han chocado al menos dos tensiones siempre: la necesidad de estar y de no estar al mismo tiempo, y también la necesidad de escribir y a la vez la de dejar de hacerlo." Dicho sea con toda modestia, comparto enteramente estas palabras de Enrique Vila-Matas. Y algo de eso había, creo yo, en el post que publiqué aquí el pasado viernes. Es la tensión entre dos impulsos contrarios: 1) hablar por no callar; 2) dar la callada por respuesta. El problema de callar está, como es sabido, en que quien calla otorga, aunque también cuenta a su favor con la conocida sentencia de que uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Sin embargo, a eso cabría darle la vuelta y afirmar que seremos juzgados por cuanto no denunciamos en su día ni advertimos ni dejamos constancia de ello. De modo que si uno habla, puede meterse en líos y buscarse enemistades; si calla, la mala conciencia no le dejará dormir tranquilo. Así las cosas, nos vemos avocados a equivocarnos doblemente: por lo que decimos y por lo que dejamos sin decir. Pero pudiendo complicar, para qué simplificar. Hay una manera aún más completa de equivocarse: es aquella que podríamos denominar 'tercera vía'. Consiste en tratar de salvar los muebles mediante un recurso formal, una salvaguarda a la que acogernos como el que a buen árbol se arrima. Pongamos por caso que yo recurriese aquí a una fórmula retórica, algo así como 'cosas de las que no quiero hablar', y a continuación escribiera un listado meramente enunciativo de aquello con lo que no quiero enfangarme. Por ejemplo, no quiero hablar de... de lo que está en boca de todos desde hace una semana. Ni de lo que arrojaría cada noche al fuego frío de la papelera de reciclaje. Ni tampoco acerca de algo no descartable: que el 20-D las urnas no hagan justicia. No quiero hablar de los cines que se cierran, de los fondos buitre, de los tristes tigres, de "que la vida iba en serio..." Y así podríamos seguir de mal en peor hasta completar el post de hoy. Pero no, no le daré gusto al malhumor ni al desaliento. Por el contrario, hay oros este otoño a partir de las cinco de la tarde que no tienen precio; también hay silencios muy limpios, de una elegancia vertical, como de línea recta, y versos de Tomás Salvador -"hay algo que se escapa, que se guarda / a oscuras en un tiempo que ha prescrito"- que podré releer esta noche y cualquier noche. Ya ve el lector, la lectriz, que no me privo de nada, que el lujo va conmigo incluso en las mañanas más austeras. Con razón dice mi compañero de letras Mario Pérez Antolín en su Oscura lucidez: "El temor a perder la vida hace que los hedonistas la disfruten y los afligidos la padezcan." Amén.