viernes, 11 de septiembre de 2015

la siesta

                                                                                                                       a Diego Fernández Magdaleno

     Haciendo limpieza de papeles, aparece un sobre que contiene un tesoro. En él puede leerse en letras verde pistacho: 'Van Gogh/en de kleuren van de nacht/13.02 - 07.06. 2009.' Firmado: 'Van Gogh Museum, Amsterdam'. Dentro del sobre hay fotos y postales adquiridas en las tiendas de los museos, en galerías de arte, incluso en mercadillos o en puestos callejeros a lo largo de los años. Y así, junto a una bellísima Santa Cecilia de Burne-Jones, que puede verse en una de las vidrieras de la catedral de Oxford, aparece una mujer con alas negras junto a un dragón, arrodillada, consternada, cubriéndose el rostro con las manos mientras alguien observa la escena desde la puerta entreabierta del gabinete; se trata de un conocido collage de Max Ernst que lleva por título La cour du dragon 10. Pero después de esa pesadilla surrealista aparece una postal que yo he mirado mucho: La siesta, de Julio Romero de Torres, óleo sobre tabla, fechado en 1900. Vemos en él a una mujer joven, sin duda esbelta, que aspira el aire de verano a la hora de la siesta en el jardín de su casa, en el sur. Está sentada, de perfil, en una mecedora modernista o art nouveau. Su vestido blanco de gasa o muselina flota en el aire cálido de primera hora de la tarde. Aprovechando la disculpa de las flores, mira para el otro lado. Ha renunciado a la sombrilla, roja, de la que se ha desprendido hace un minuto con más indolencia que desdén. Un minuto que ya parece una eternidad a eso de las cuatro de la tarde. Huele a azaleas y a magnolias que esa mujer escucha con los ojos cerrados. Quizá espera una carta de ultramar. Aunque la mayor duda está en saber si es una mujer recién casada o a punto de serlo. Incluso es posible que esa manera de mirar hacia allá, de volver el rostro al otro lado, sea debido a que espera la llegada de un barco, y que un novio descienda con su traje color vainilla y busque con la mirada a la novia más bella del puerto y del mundo, la que no duerme la siesta y espera en silencio, balanceándose en la mecedora del jardín fragante. Creo que el mayor acierto del pintor está en ocultarnos el rostro de esa mujer; aunque también su pie derecho -ese apenas visible zapato gris- tiene su aquel. El cabello recogido en la nuca sin esfuerzo, el calor que se acumula en la tapia, el vaivén de esa mecedora que recuerda el compás de las habaneras... Si uno cierra los ojos oye el zumbido de un moscardón. Sería faltar a la verdad si yo hiciera sonar ahí una música; no hay tal. El silencio de las cuatro de la tarde a primeros de agosto es inequívoco, se le reconoce siempre, ya sea aquí o en Camagüey. Pero yo quiero hacer sonar ahora una música, no dentro de ese cuadro sino en la mente del observador, y si fuera posible en la de esa esbelta mujer que espera y mira hacia otro lado. Quiero que suene ahora, sí, la 'Evocación' de la Suite Iberia, de Albéniz. Es un capricho, lo sé, pero estoy en mi derecho de hacer que suene. Y está sonando, está sonando...

Isaac Albeniz, Suite Iberia: Evocación - YouTube
Cuadro de La siesta de Julio Romero de Torres | - Cuadros famosos, Cuadros de Julio Romero de Torres - ARTEFAMOSO