viernes, 18 de septiembre de 2015

hay que cambiarlo todo

     No es fácil escribir, no lo es, aunque a veces pueda parecerlo. Más aún: creo que la mayor dificultad está en hacer creer al lector que las palabras escritas han surgido con la misma naturalidad que él percibe ahora al leer esa frase, ese párrafo que fluye sin obstáculos ni arrepentimientos como agua que mana y corre. Pero las palabras a menudo se nos ocultan, se camuflan, se hacen pasar por otras. Sí, las palabras precisas -que son las más preciadas- presentan resistencia. No se conquista una oración definitiva así por las buenas: antes hay que entrar a saco en el idioma, asediar la ciudadela de los sustantivos, cortarle la cabeza sin misericordia a los primeros adjetivos que nos salgan al paso, admitir que, en efecto, "no hay adverbio que te venga bien". Bueno, también las caricias suelen ser persuasivas. En el trato con las palabras, sólo cuando uno admite que no es propietario de nada, que todo es prestado y provisional, sólo entonces está en condiciones de empezar a hablar. O a escribir. Pero es verdad que hay días en que las palabras solicitadas dan la callada por respuesta. Aunque siempre será preferible, o al menos más honesto, una incomparecencia a una suplantación. Escribir 'gato' cuando se debería haber escrito 'liebre' puede resultar incluso divertido por momentos, pero al cabo deja un cierto amargor, entristece en secreto. Los que escribimos -bien, mal o regular, o todo ello revuelto y junto- sabemos que más nos vale que las palabras acudan, que nos asistan, porque sin las palabras precisas no hay ideas claras, no discurre el pensamiento. Y bien, ¿adónde pretendo llegar con todo esto? Eso quisiera yo saber. Pero si uno echa un vistazo al panorama de la actualidad, quizá en aquello que ve, y en lo que entrevé -en lo que aparece y en lo que no aparece ni por asomo en los medios-, encuentre la respuesta a esa pregunta. Yo no pretendo fastidiar el día a nadie (soy hedonista, ya es sabido), pero desde hace varias semanas me acuerdo con frecuencia de la última frase de una serie televisiva de mediados los años 70: La señora García se confiesa, protagonizada por Lucía Bosé, escrita y dirigida por Adolfo Marsillach (ver Wikipedia). Esa frase, mecanografiada letra a letra en el último plano de la serie, decía así: "hay que cambiarlo todo." Se refería, claro está, a la situación del país y de la sociedad española de entonces. Pues bien, 40 años después, la realidad y las noticias de cada mañana me reafirman en la idea de que, efectivamente: "hay que cambiarlo todo". O casi todo. Y sí, ahora lo sé: esas eran las cuatro sencillas palabras que yo venía buscando, sin saberlo, desde hace tiempo.