viernes, 12 de junio de 2015

dios salve a la reina

     "Sirmione, el retiro de Maria Callas", leí hace unos días en un reportaje donde se contaba que durante los años 50 la gran diva solía retirarse a una villa en lo alto de esa localidad, situada junto al lago de Garda. Confieso que a mí siempre me han atraído esos lugares elegidos por algunos para retirarse por una temporada o indefinidamente. En los tiempos del Imperio Romano, cuando venían mal dadas o fracasaba alguna conjura en el Capitolio, los patricios y senadores implicados solían retirarse prudentemente al Aventino, donde tenían sus villas bien atendidas y dispuestas, ya fuese para un tiempo de silencio o para una bacanal como mandan los dioses. En Davos, en Sils Maria, Baden-Baden, Karlovy Vary, Marienbad... se han 'retirado' personalidades como Goethe o Freud, Rilke, Nietzche, Proust, Lou Andreas Salomé, Thomas Mann... En España, a ese respecto, siempre hemos tenido Yuste, Valdemosa, Caldas de Reis, Cestona y otros lugares apacibles donde tomar las aguas o reponerse de unos amores contrariados. Pero no todo el mundo requiere o está a la altura de una retirada al Aventino. Sólo algunas almas sensibles, hiperestésicas, merecen realmente largas sesiones de talasoterapia en Buçaco o el Grande Hotel da Curia, una convalecencia del espíritu en Lucerna o en Locarno, frente al lago, un dulce otoño en la Toscana o en una casita con jardín en la campiña de Oxfordshire...Y aunque es verdad que todo eso está muy bien, y goza de un gran prestigio literario, lo que me ha traído hasta aquí ha sido el hecho en sí de 'retirarse' por un tiempo... o de por vida. Qué tentadora ha de ser esa idea: una oportuna retirada en el momento idóneo y al lugar adecuado donde refugiarse y ponerse uno a salvo: con buena calefacción y chimenea en invierno; sombra y frescura en los meses de estío; libros, amor y buenos vinos durante todo el año. Allí las prisas quedarían abolidas; la codicia, retirada de la circulación; el perro conviviría sin problemas con la gata; la propiedad sería compartida con los amigos; las noticias llegarían con sordina y con retraso. Pero es preciso haber hecho un largo y provechoso viaje para alcanzar esa disposición de ánimo, y también, por qué no decirlo, esa sabiduría: aprender a renunciar a algunas cosas que no valen lo que pesan y ocupan, para, de ese modo, dejar espacio a otras, acaso más modestas, pero también más agradecidas y mejores compañeras de viaje. "Somos el tiempo que nos queda", dice Caballero Bonald. ¿No deberíamos pararnos a contemplar nuestro estado y sacar alguna conclusión? Yo no digo que haya que dejarlo todo ya mismo y retirarnos tres o cuatro meses -qué menos- a un hotelito con encanto a orillas del lago Como, lo que digo es que hay que aprender a soltar lastre, a distinguir lo prescindible, lo renunciable, de lo que no lo es. Hay que elegir, no queda otra. Es como estar en una partida de ajedrez: si queremos salvar la reina, tenemos que renunciar al alfil, al caballo, es posible que incluso a la torre. De lo contrario... habremos perdido el tiempo que nos queda.