viernes, 6 de marzo de 2015

¿y si lo dejamos?

     Yo suelo encontrar con facilidad razones o disculpas para abandonar algo, ya sea un libro, un viaje, un plan, una idea... Y no solo eso: con frecuencia lo que más me apetece es dar las buenas tardes y hacer un discreto mutis, a condición de que no pase del todo desapercibido. Quizá ello tenga que ver -no sé si como causa o efecto- con el hecho de que salir de escena me parece lo más elegante que pueda uno hacer la mayoría de las veces. Y dicho esto, por qué no un mutis por el foro de este blog, ahora que todavía estoy a tiempo de salir casi airoso, pues aún no ha caído en declive, o eso creo, aunque ya percibo en él algunos síntomas, algo así como una inercia que le invita al mirón a imitarse a sí mismo, a escribir aquello que cabe esperar de él. Ya sé que eso no es tan grave (por ahora), ni justificaría el cierre del colmado, pero sí pudiera ser un primer paso en esa dirección. Abandonar algo en marcha tiene su punto romántico, no hay duda, aunque pueda percibirse como una forma caprichosa de infidelidad, o incluso de falta de compromiso. Y es posible que haya algo de eso, pero también hemos de aceptar que todo lo que queda inacabado adquiere un halo misterioso con el que nada de lo concluido puede competir. Abandonar ahora este blog sería hacerle un favor, tanto a él como a sus lectores, pues lo recordarían por aquello que no llegó a aparecer en él, pero que potencialmente estaba en su radio de acción. O de observación. En otras palabras: lo mejor, lo que más echarían de menos esos lectores sería lo que estaba por llegar, lo que cabía esperar de él. Por eso digo que con el cierre saldría ganando este blog, aunque de momento... Pero hay que admitir que todo tiene su período de vigencia, y debe acostumbrarse uno a ir acabando las cosas cuando estas lo requieren. O a darlas por acabadas. Otra posibilidad sería la de hacerse el desaparecido por un tiempo y reaparecer donde menos se le espera, como Leslie Howard en La Pimpinela Escarlata (que era un reaccionario de tomo y lomo, pero absolutamente encantador). Lo cierto es que la continuidad y la frecuencia nos vuelven previsibles, nos quitan capacidad de sorprender. Dicho de otro modo: me temo que este mirón lleva camino de fijarse solo en aquello en que sus lectores esperan que ponga la mirada; o donde él cree que esperan. Y en esto, como en tantas otras cosas, si no hay sorpresa... todo queda reducido a fidelidad; que no es poco, lo sé, pero no es lo mismo. La fidelidad suele ser un combinado de gratitud y costumbre. De acuerdo que se está bien ahí, que hay un agradable bienestar en ella, pero sin la fulguración o el arrebato de lo insospechado, de alguna lluvia repentina que nos sorprendió en plena calle en medio de algo irrepetible que la memoria guarda. Son esos momentos que nadie más ha vivido ni posee -esos no-, y que resistirán heroicamente en la memoria, antes de perderse y deshacerse 'por la oscura región de nuestro olvido', allá por el soneto XXXVIII del poeta Garcilaso.