viernes, 13 de marzo de 2015

pornografía

     Creo que la pornografía depende más de las palabras que de las imágenes. Y también estoy convencido de que redactar un buen porno es algo que no lo consigue cualquiera: hace falta tener una mente muy turbia y una pluma de arcángel. Todo el mundo sabe ya a estas alturas que los poetas y aforistas del siglo XXI se refugian en las trincheras online y en los departamentos creativos de las agencias de publicidad. Bien, pero, ¿dónde encuentran hoy acomodo los pornógrafos vocacionales? Pues, dónde iba a ser: en las multinacionales farmacéuticas. Valga como ejemplo esta suculenta obscenidad verbal: "Xxxxxxx es un medicamento que mediante el sinergismo de sus componentes rompe el círculo vicioso de los trastornos funcionales digestivos que cursan con aerofagia y meteorismo." Como puede verse, ya de entrada empezamos a lo grande: rompiendo "el círculo vicioso". Ni siquiera el divino marqués de Sade comenzó jamás ninguna de sus obras con semejante alarde de violencia verbal. Se estremecen los sintagmas y los esfínteres con solo imaginar ese rompimiento del círculo vicioso. Y eso no es más que el principio de la perpetración. Por si no habíamos tenido bastante, el libertino redactor del prospecto nos advierte de que la "cleboprida es una ortopramida provista de dos mecanismos", uno de los cuales serviría para evitar "la producción de aerofagia", así como la "acción peristaltógena gastrointestinal." Acto seguido se nos desvela que "la simeticona, de acción local directa, complementa la acción de la cleboprida absorbiendo las moléculas gaseosas que se encuentran en la luz gastrointestinal." Sí, sí: "luz gastrointestinal". Y ello sin necesidad de ingerir ninguna sustancia alucinógena. Es una lástima que ese remedio solo se sirva en cápsulas, y no en supositorios de diversos calibres debidamente lubricados. Nadie puede negar que todo esto nos remite a ese mundo oscuro y sugestivo de las parafilias más perturbadoras: coprolalia, candaulismo, fratrilagnia, hemotigolagnia... (tan del príncipe Carlos esta última) En fin, dejémoslo ahí. Pero, si todavía alguno se pregunta dónde están los poetas libertinos de ahora, léanse los prospectos de los fármacos habituales y en ellos se encontrará la respuesta. Con razón suelen advertirnos de que estos productos "se mantengan alejados del alcance de los niños." Bien está la precaución, pero, por otra parte, ¿cómo evitar que los niños se acerquen a la Tabla Periódica de los Elementos? Y es que, con semejante nomenclatura, ¿cómo no van a sentirse intimidados cuando se encuentren a solas en sus cuartos de estudio con Vanadio, Zirconio y Wolframio? ¿No es para echarse a temblar cuando un adolescente, inquieto por el examen de mañana, tras apagar la luz repase de memoria los nombres de Arsénico, Antimonio y Bismuto? Esa noche quizá tengan pesadillas -tanto ellos como ellas- y es posible que se despierten sobresaltados buscando sombras por los rincones, bajo la cama... Luego tratarán de convencerse a sí mismos de que Selenio, Teluro y Polonio no son lo que parece, sino solo tres elementos de la tabla periódica.