viernes, 20 de febrero de 2015

vivir para ver

     A esa hora de la tarde los termómetros marcaban cero grados en la calle Goya de Madrid y los escaparates de las tiendas de moda exhibían sin compasión a los ateridos maniquíes luciendo a contratiempo las colecciones de primavera/verano. Daba grima ver a esas criaturas de interminables piernas y figura andrógina apenas vestidas con unas blusas livianas y poco más, y ello sucedía coincidiendo con la ola de frío más cruda de los últimos inviernos. Días como ese invitan a comprar bufandas, guantes, gorros de lana, castañas asadas, prendas de abrigo, pero nunca muselinas y pareos. Semejante discordancia entre climatología y moda tiene algo de crueldad, o de sadomasoquismo, y suscita en el caballero andante de las aceras la loca idea -como en aquella canción de Serrat- de romper la luna del escaparate y llevarse a una de esas pobres chicas a casa, arropada bajo el propio abrigo (pero ahí empezaría otra historia, puede que el inicio de un relato). Otras veces son las diez de la mañana y, aunque luce un sol de primavera, las farolas de la calle siguen encendidas. Es una sensación extraña. ¿Qué hacer con esa luz superflua tan fuera de lugar, ese excedente sin motivo que ni alumbra ni decora ni cumple función alguna? Aunque la naturaleza tampoco está libre de pecado y tiene sus desarreglos. Por ejemplo, ¿qué demonios hace la Luna en todo lo alto ya bien entrado el día, tal como sucede a veces? Es algo semejante a ese trasnochador que a media mañana te lo encuentras en un banco de la plaza o del parque, fumando despacio, ajeno a todo afán, con una sonrisa floja de efecto retardado; esa sonrisa puede proceder por igual de una despedida de soltero que ha durado 24 horas... o de una timba en la que su dueño ha perdido al póker hasta la corbata. Nada nos desconcierta tanto como aquello que está fuera de lugar, que aparece a destiempo donde nadie lo espera. Es como si la realidad nos mintiera con verdades. ¿Qué hacemos con esas piezas de más que no encajan, que no nos encajan? ¿Cómo hacer soluble o al menos navegable un arrepentimiento? A menudo nos salen al paso cosas y hechos, vestigios, como restos de naufragio de otro tiempo, de otras latitudes, que nos interrumpen y nos desconciertan, y sin embargo hay belleza en esas apariciones súbitas, insospechadas. Todo aquello que excede, que aparece como recién llegado de otro mundo, de otros mundos, tiene un sesgo de belleza, acaso inmerecida, sí, pero cierta. "Escribir, por ejemplo, la noche está estrellada y titilan azules..." Ya sé que es un lugar común, un recurso fácil para poetas en declive o blogueros perezosos, pero esa luz que nos conmueve en la alta noche es probable que proceda de astros apagados hace siglos... O la semana pasada. Sin embargo, aunque llegue con demora o a destiempo, esa luz no es ilusoria: es verdadera luz de estrellas que ardieron en silencio para nadie, como las pasiones sin objeto. No, para nadie no: ardieron para que miles de años después lo vieran nuestros ojos. Y brillaran un instante. Vivir para ver.