viernes, 6 de febrero de 2015

roba algo para mí

     Nada es ya lo mismo cuando alguien ha pasado por allí. La mera presencia, el leve roce de un mano, transforman lo que había, alteran el estado de las cosas. Si alguien se asoma a un espejo un instante, ya nunca será el mismo espejo que un segundo antes de que esa mirada sucediera. Una mirada modifica siempre lo mirado, y se lleva algo al retirarse, pero también deja algo suyo. Quizá por eso las obras de arte que han sido muy observadas adquieren algo con el tiempo que parece como incorporado; aunque también percibimos en ellas la sensación de que hubieran sido erosionadas por millones de ojos. A ver cómo lo digo. Una mirada que se demora en lo mirado, es una caricia, sí, pero también tiene un sesgo como de apoderamiento, es posible que de apropiación indebida. Está comprobado que cuando volvemos de un viaje traemos en la expresión algo intangible que antes no teníamos. En esos casos, siempre hay quien se nos queda mirando unos segundos y no acierta a decir lo que ve, pero no puede negarse que ha visto algo que antes no estaba ahí. Nadie cruza la bahía de Estambul sin que algo indeleble se le quede en la mirada de por vida. Nadie sale del cine igual que entró, tras haber visto Encadenados, Sed de mal, Breve encuentro, El hombre tranquilo, Blade runner... Eso en el supuesto de que quedaran cines donde poder ver estas películas y otras semejantes. Pero no quiero distraerme. Decía, o iba a decir, que el viajero es un ladrón de joyas que luego regala a quien se las merece. Tengo una amiga a la que, cuando va a hacer algún viaje, le digo: 'roba algo para mi'. Ella sabe a lo que me refiero. A menudo se trata de cosas mínimas, apenas entrevistas, unos pocos segundos de contemplación o asombro. Qué sé yo... Una mujer leopardo caminando con swing por Madison Aveneu; un reflejo de oro candente arrancado a la cúpula de San Marco; un graffiti sutil o misterioso; algo que apenas sucedió durante un paso de cebra o ante un cuadro de Rothko, de Caravaggio... Esas cosas. Y eso es lo que traemos en los ojos y en las yemas de los dedos tras un paseo por el bosque. Y a propósito de miradas: hará como ¿25 años? triunfaba en el Teatro Español que dirigía Miguel Narros la obra de O'Neill Largo viaje hacia la noche, con Alberto Closas y Margarita Lozano. Pues bien, aquella noche, en un pequeño bar de copas cercano al Español, coincidí, a unos pocos metros de distancia, con la gran Margarita Lozano, rodeada de jóvenes faranduleros. Yo miraba su rostro amplio y despejado como quien mira un paisaje. De pronto, su mirada y la mía se encontraron. Dos, tres, cuatro segundos... Suficientes para no olvidarlo nunca. Aquella mujer de belleza madura y pelo gris recogido  me miró a los ojos con el color de la madera y de los muchos otoños vividos por ella en La Toscana. Así fue, o así recuerdo, aquella mirada cálida, acaso algo irónica, que me acogió durante unos segundos para siempre.
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