viernes, 12 de diciembre de 2014

del inconveniente de ser siempre el mismo

     A pesar de las variaciones que lucimos y de los intentos de ser otro, al final siempre aparece el mismo en el espejo. Hace dos semanas publiqué aquí todos para uno, un post en el que divagaba acerca de las muchas variantes que todos llevamos dentro. Pero esa es la cosa, que por dentro somos legión, sí, pero por fuera somos sin remedio el mismo tipo de todas las mañanas. Sobre este tema versó parte de la conversación del pasado sábado al mediodía, entre vinos y tapas, con mis cuates el doctor Layna y el editor Higuera, sabios ambos, sin duda, aunque también algo gamberros y alegremente pesimistas. Pues bien, sin el menor esfuerzo coincidimos los tres en el drama cotidiano y persistente que supone el no poder cambiar de envase, de contenedor, de careto. Podemos cambiar de ideas, de gustos, de trabajo, de ciudad o de país, de pareja o de amores imposibles -de equipo de fútbol no, de eso no se cambia ni queriendo-, pero de cara y de cuerpo... no hay modo de llevarse una sorpresa, al menos una sorpresa agradable. Qué pesado nos resulta ese tipo que somos una y otra vez, y otra, y otras mil, y las que vendrán, querámoslo o no. ¿Quién no ha soñado alguna vez con despertarse siendo otro? Otro, sí, aunque de peor corazón pero de mejor aspecto, o al menos diferente. Yo he hecho castings de modelos tantas veces para elegir a quien iba a ser mañana al despertar... Y lo peor no es esa imposibilidad del empeño, lo peor es que aún no he conseguido descartar del todo la loca y vana idea de mejorar a ojos vista un día de estos, cualquier día. Sé que carece de sentido, pero hay noches en que antes de quedarme dormido me dejo acariciar por una suerte de pluma o abanico leve, un vaivén que no es una idea ni un propósito sino algo parecido a eso que nos mueve un instante a comprar lotería o a querer creer unos minutos en la vida eterna. '¿Y si ello fuera posible?', me susurro entre las fumarolas del duermevela. Aun en esos momentos de conciencia difusa, sé que me estoy haciendo -o 'consintiendo', que es un verbo que me gusta mucho- alguna trampa en el solitario. Aunque he de admitir que a veces echo de menos la posibilidad de tener en el desván o en el trastero un retrato de Dorian Gray; y no solo para endosarle culpas y vicios, crímenes horrendos, excesos, perversiones, sino para estar más bello con cada perpetración; y cuanto más canalla, más guapo y más incólume. Pero ya vamos viendo que nada de eso parece posible, y que les fleurs du mal solo florecen -y cada vez menos- en nuestras ensoñaciones o insomnios. Somos pues virtuosos a nuestro pesar, virtuosos por aburrimiento, de tanto insistir en ser el mismo. Y eso es lo que nos lleva a fantasear de madrugada con la idea de que unas pocas pastillas y acaso un buen masaje obrarían el milagro de  rejuvenecernos, de mejorarnos, y reaparecer con el cuerpo gentil y la belleza de otro. Amén.