viernes, 7 de noviembre de 2014

los abrazos

     Una amiga me cuenta que ha asistido a un concierto envidiable para solo 20 personas, aunque, eso sí, de mucha espiritualidad. Pero mi amiga me deslumbra con una revelación insospechada: uno de esos devotos melómanos imparte al parecer 'cursos sobre milagros'. Y es ahí donde se me han encendido todas las velas, todas las lámparas. Hay momentos de miedo y momentos de vuelo. Para poder volar es preciso vencer el miedo. Pero el miedo está por todas partes, nos acompaña como la propia sombra. Necesitamos que suceda un milagro para desprendernos de él durante unas horas o días, alguna vez semanas enteras. Al final de la película Hook, hay una frase reveladora: "Garfio tiene miedo al tiempo, al tiempo que se va." Es ahí  donde debe aparecer el milagro. Pero, mientras aparece o no aparece, ¿qué? Para responder a esa cuestión central, cada uno se las arregla como puede: hay quien recurre a Dios bendito, o al estudio de la Metafísica, al subidón de adrenalina en deportes de alto riesgo, o bien directamente a la botella de bourbon de Kentucky. Láudano, morfina, cocaína, opio, absenta, drogas de diseño, éxtasis... Casi todo está justificado (perdonado) frente al miedo. Y lo sabemos, aunque ya sea un poco tarde para algunas cosas. Está bien, seamos realistas por una vez y rebajemos el nivel de exigencia: pasemos pues de los milagros a los prodigios, y de los prodigios a los abrazos. A los meros abrazos: algo tan simple, tan elemental, como es el estrecharse con alguien cuerpo a cuerpo y cerrar los ojos. Son esos momentos en que la temperatura de uno pasa al otro, y viceversa, y el miedo de Garfio se interrumpe, se suspende, queda neutralizado. Pero, claro, si echamos cuentas, ¿cuántos abrazos se requieren para combatir el frío de una noche entera, o un despertar desapacible? Y luego está la variedad, la diversidad. ¿Cuántas maneras de abrazarnos o de ser abrazados? Vale, demos por bueno que cada hombre y mujer tienen su propia letra y firma, y también su manera de andar y sus huellas dactilares. Así las cosas, doy por hecho que los abrazos dados o recibidos han tenido siempre un estilo propio, un sello personal, son y fueron alivio para el desasosiego. Porque es verdad que los abrazos nos alivian de algo. Aunque los hay que abrasan; y también lo hay que al deshacerse duelen de por vida. Yo no sé. El desconsuelo requiere un abrazo muy concreto. Y el desamparo, también. Llegar a la amanecida, tras dos o más horas desvelado, está pidiendo a gritos mudos un abrazo de pies a cabeza. Quedarse uno dormido abrazado a un cuerpo cálido y fragante de mujer es un regalo de Afrodita, no siempre merecido. Todo cuanto sucede sin remedio, el tiempo que nos lleva, el brillo de un instante, la belleza que nos sale al paso y nos deja temblando... Toda esa calamidad solo se alivia mientras dura el abrazo. Es  hermosa la vida, no hay duda, casi un milagro. Pero, sí, es cierto: a veces Garfio tiene miedo, y necesita que lo abracen.