viernes, 4 de julio de 2014

maneras de vivir

     Hay mañanas que con el primer café nos llega alguna palabra nueva dispuesta a nombrar algo que ya estaba ahí, pero que aún no tenía un nombre a su medida, o no del todo al menos. ‘Resiliencia’, ‘hipsters’, 'precariado',  'revocatorio', 'wasapear', ‘economía colaborativa'... Hace pocos días, una amiga generosa me regaló el término 'mindfulness', que significa algo así como tener plena consciencia del presente, aceptando su realidad a la vez que se percibe cada matiz de los instantes en que sucede. También puede definirse como "la capacidad para disfrutar de lo que estamos haciendo en cada momento." A mí eso me remite, cómo no, a Grecia. Estoy convencido de que el actual mindfulness ya estaba presente de algún modo en el jardín de Epicuro. Veintitrés siglos y medio después, la hermosa boca roja de Sara Montiel lanzó al mundo esta proclama o exigencia: "bésame, bésame mucho", pero no de cualquier modo sino "como si fuera esta noche la última vez." Y en el cómo de esos besos es donde está la cuestión: si le quitamos el teatral dramatismo a esa 'última vez', ahí aparece Epicuro de Samos sonriendo. La cuestión radica, creo yo, en perder el miedo y vivir alegremente, sin considerar siquiera eso que entendemos por 'eternidad'. O dicho de otro modo: si sabemos que la vida es breve, vivámosla de la mejor manera, con esa alegría redentora que conduce al hedonismo. Por mi parte, ya voy entendiendo que casi todo lo malo que nos pasa se debe muy a menudo al miedo, y también que muchas de las mejores cosas vividas las debemos a que el miedo no apareció por allí, a la imprudencia en algunos casos, incluso a la temeridad alguna vez. De lo contrario, ¿cómo explicar ciertas carcajadas hermosísimas que no estaban previstas ni nadie supo de ellas? ¿Y cómo entender si no algunos besos robados, aunque tiernos, suculentos, mientras amanecía? En otras palabras, el novísimo mindfulness es el viejo e irrenunciable carpe diem actualizado. Es aceptar que cada rosa, cada copa de vino, cada mirada... son irrepetibles. Se trataría pues de una actitud, entiendo yo, una disposición a dar por bueno aquello que nos regalen los sentidos o los dioses; a recibir con gusto las olas que reúnen la noche con el día; a contemplar sin prisa ni avaricia el oro de un cuerpo tendido. Así las cosas, ¿qué propongo? Propongo caer en la tentación y llevarse uno a la boca un pedazo de pan candeal; contemplar en silencio a una muchacha que pasa por la vereda en bicicleta; propongo il dolce far niente y café con hielo tras la dulce siesta; ver discurrir el agua en paz a la caída de la tarde en el Canal de Castilla; escuchar alguna vieja canción de Cole Porter; cerrar los ojos en medio de una fragancia; recordar una merienda de verano con natillas y muchas primas y primos... Confío así en estar preparado, disponible, para recibir los regalos que estén por suceder. Hedonismo, carpe diem, mindfulness... Distintas maneras de bailar el tango, o de ponerse y quitarse el sombrero. Como diría el gran Rosendo en inmortal canción: "maneras de vivir".   
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