viernes, 18 de julio de 2014

el tiempo que llevamos dentro

     Hace unos días mi mujer y yo asistimos a la boda de un familiar. Ni que decir tiene que los novios muy guapos y el banquete escogido y abundante. Muchos de nosotros, los invitados, nos vemos solo muy de vez en cuando, de boda en boda, y, por desgracia, también en algún funeral. Al encontrarnos, nos saludamos con afecto y nos decimos lo bien que nos vemos, y que estamos igual que la última vez. Y en algún caso es cierto, sí, pero, por regla general, desde la última boda ha transcurrido tiempo suficiente para haber cambiado. En momentos así, resulta inevitable examinarnos unos a otros y evaluar los efectos del paso de los años. En algunos casos, esas sutiles variaciones observadas nos parecen... digamos que 'aceptables'; sin embargo, en otros, el cambio resulta desalentador. Hay quien veinte años después permanece fiel a sí mismo, insistiendo en ser quien es, profundizando en su rostro y sus rasgos, pero sin sobresaltos ni traiciones. Yo siempre confío en ser visto como uno de esos afortunados a los que el tiempo respeta, más o menos. "¡Estás igual que hace diez años o más!", me dicen a veces (pocas veces). Lo agradezco desde lo más hondo de mi corazón y de mi vanidad, aunque bien sé que ello no es del todo cierto, pero al menos tampoco es un embuste escandaloso ni un cruel sarcasmo, creo. Ante esos halagos ocasionales suelo responder con gesto y sonrisa condescendientes, como quien acepta con resignación aunque de buen grado una pequeña mentira sin importancia, casi una verdad a medias. O sea, una cosa entre paño y bola. Pero lo que más me interesa y me inquieta de este asunto -este viejo asunto- es observar cómo el tiempo nos trabaja por dentro, nos transforma, igual que hace con los frutos y con los recuerdos. El tiempo vivido -y lo vivido en él- actúa sobre cada uno de nosotros de un modo singular: endurece o ablanda las facciones, suaviza o encabrona el gesto, amarga o dulcifica la comisura de los labios, pone algo de miel o de acero en la mirada, pesadumbre en los hombros, ligereza o pesimismo en la manera de andar con brío o con desánimo. El tiempo entra y se queda en cada uno, sí, y deposita su oscuro sedimento. Desde ese fondo ciego, el tiempo nos trabaja, nos madura o corrompe, nos otorga un sesgo divertido o melancólico, un brillo seductor o cínico al primer golpe de vista, algo en la voz que alude a las ganas de broma o a la disposición al juego, a veces también al drama. Todo eso está ahí, va apareciendo con los años. Caballero Bonald acertó de pleno al decir que "somos el el tiempo que nos queda." Pero no solo. También somos el tiempo que llevamos dentro. Y una cosa está relacionada con la otra: el tiempo vivido condiciona el que nos queda por vivir. ¿En qué medida? Quién sabe. Quizá en la misma medida en que el topacio está relacionado con el tigre, el cine con los sueños, el vino con las rosas, la personalidad con los andares. Pudiera ser.