viernes, 13 de junio de 2014

romanticismo

     Mi amiga NP, siempre tan atenta a todo lo que se mueve, me habla de una exposición fotográfica titulada Nightscapes. Se trata de un particular recorrido nocturno por Calcuta y otras tres ciudades indias. Lo que se percibe en esas fotos es un mundo del que ha huido la vida, un paisaje urbano en abandono donde lo único que se escucha es el zumbido de los cables de alta tensión y algún perro lejano que ladra para nadie. Y sin embargo yo encuentro una cierta belleza en esa desolación. Quizá tenga ello algo que ver con la idea de que todo cuanto nace tiene un atisbo poético; y todo cuanto se acaba o despide, también. Es la vieja idea de que para que algo nazca, algo debe morir previamente. Véase, si no, ese párrafo tan romántico en que el conde Drácula le suplica a Mina que muera en su pequeña vida humana, para, de ese modo, renacer en la gran vida imperecedera que él le ofrece, y compartir así por siempre "el poder de la tormenta y de las bestias." Y por ahí entramos en el bosque de los bestiarios y de las criaturas fabulosas. Siempre me han fascinado esos templos abandonados en Camboya, en el Congo, en Yucatán, de los que se apoderaron la selva y sus jaguares, las charcas corrompidas, las emanaciones tóxicas... En Poeta en Nueva York hay cocodrilos de ojos glaucos ascendiendo por los rascacielos de Manhattan, y "negras palomas que chapotean en las aguas podridas." Así mismo, enormes edificios de un pasado esplendor en Detroit son ahora pasto de las ratas mutantes, laberinto donde el viento gime batiendo ventanas y puertas sacadas de quicio, haciendo rodar botellas vacías por el suelo. Y también están los cementerios de automóviles, los desguaces, las chatarrerías donde la misma lluvia sucia que oxida los metales hace crecer el jaramago entre las bielas, las hortensias más azules reventando los faros y el capó. Un teatro cerrado hace décadas es el escenario perfecto para recrear la ruina: butacas desventradas, termitas, goteras, desconchones de escayola por el suelo, paredes ennegrecidas por el humo de las hogueras de los mendigos. Allí, en algún momento estelar se desprendió del techo la gran lámpara, recorrió el vacío y se estrelló contra el pasillo central: mil lágrimas de vidrio salpicaron el patio de butacas, el proscenio, las plateas... Y todo ello sucedió para nadie en dos segundos de estruendo y belleza. Hoy solo habitan el viejo teatro algún yonki ocasional y dos o tres docenas de gatazos asilvestrados que salen cada noche en busca de ratas autóctonas. Se oyen chillidos entre bastidores. Pero haya paz. En alguna película creo haber visto una iglesia sin techo ni bóveda, quizá a causa de los bombardeos, recién acabada la guerra. Es de noche. Empieza a nevar mansamente en blanco y negro. Los fieles allí reunidos, recogidos, reciben la nieve en sus hombros como una bendición del cielo. Se sienten en paz y a buen recaudo al fin, pues saben que, cuando cese la nieve, verán, allá arriba, la bóveda más hermosa del mundo.