viernes, 20 de junio de 2014

de verano

     Supongo que nadie pondrá en duda que existen libros de verano, de igual modo que existen las canciones de verano, los amores de verano, las camisas de lino. Con las personas pasa lo mismo: hay quien siempre estará veraneando y quien tiene por nacionalidad irrenunciable el crudo invierno. Y no solo se trata de estética o de meteorología. El verano es mucho más que un trimestre: es un género literario y una predisposición al hedonismo, una siesta perezosa y un café con mucho hielo en alguna terraza a la sombra. En verano se habla más despacio, se camina más despacio, se sonríe más despacio, se ama de otra manera. Un amor de verano, como su propio nombre indica, no debe ir más allá del final de la vendimia, y esa es la condición para que dure siempre. Porque al igual que "los amores que matan nunca mueren", los amores de verano duran de por vida: son inmarchitables en la memoria, evocan días de vino y rosas, esplendor en la hierba, cuerpos tendidos, islas griegas, canciones de Abba, poemas de Cavafis. Pero esos amores, ya digo, deben despedirse a mediados de septiembre, no adentrarse nunca en octubre, porque de lo contrario se convierten en otra historia. Y entonces la cosa se complica y pierde la gracia. Cuando llegan estas fechas de junio, y ya hace semanas que nos salen al paso las vallas Summertine de El Corte Inglés, conviene adoptar los usos y ritos veraniegos, la ropa suelta, los colores claros, las comidas ligeras, las bebidas frías, la conciencia laxa... Sí, algo más laxa, porque llegado este tiempo los dioses están más permisivos con nosotros, y las ninfas más consentidoras, más joviales. Quizá sea debido a ello que en verano todo es generoso y abundante, incluso el exceso se acepta con una sonrisa indulgente. Si entornamos los párpados y dejamos que el sol los acaricie, veremos sin esfuerzo la espuma de las olas, la miel en los labios, las ensoñaciones en la penumbra de las siestas de agosto... Y entre los relumbres de la luz se irá filtrando la voluptuosidad dulce y espesa de la Niña Chole en la Sonata de estío, o el pecho de la bella durmiente dilatándose al respirar en el famoso cuadro de Frederic Lighton, o la escena aquella de La Luna en que Jill Clayburgh baila el twist a pleno sol en una azotea frente al mar. ¡Hay tantas escenas, páginas, canciones que llevan el verano dentro! En todas ellas parece como si esa belleza despreocupada fuese a durar para siempre. Y en cierto modo es así, pues con cada nuevo verano -la misma luz, parecidas sensaciones- llegan otros veranos ya vividos que la memoria guarda. Hay una canción perpetuamente joven que evoca como ninguna ese mundo, creo yo, y cada vez que suena se renuevan todos los veranos vividos y por vivir, todos los amores, bailes, helados de fresa, ventanillas bajadas, cabellos al viento... Al sonar ahora esta canción descubro que todo está por suceder, este mismo verano, aquella tarde... que aún no ha sucedido.